República ocupada

Hace unos días leía textos de Carmen McEvoy sobre la historia de la ocupación chilena en el Perú, en la Guerra del Pacífico.

Más allá de concentrarse en los datos históricos que son de mayor conocimiento popular, la historiadora pone su atención en la resistencia silenciosa que, determinadas instituciones republicanas, bajo el liderazgo de peruanos de cuyos nombres debemos hacer mayor esfuerzo en conocer, hicieron frente a la presencia militar chilena en territorio patrio.

Salta el caso de la Corte Suprema que en una carta dirigida al Almirante Patricio Lynch, jefe de la ocupación chilena, manifiesta su admirable entereza para “defender los derechos de la soberanía nacional, dignidad para no consentir que sus fueros sean atropellados sin miramiento y sin ninguna autoridad”.

Mc Evoy nos recuerda (y cita) que, con la ley en la mano, la Corte Suprema se plantó ante el intruso y le hizo saber que existían instituciones republicanas que trascendían la inmediatez de la guerra y que debían ser respetadas por corresponder a principios de la civilización y el derecho.

Casi 140 años después, la República se encuentra ocupada nuevamente, por casi 17 años. Esta vez es un intruso, con diversas caras, que pretende subvertir el orden republicano y el imperio de la ley para implantar un orden social, político y económico relativista, en el que todo vale.

La corrupción que hoy inunda a la casta política es un signo de la degradación moral de la sociedad, es un producto de ese relativismo político; el mismo que las fuerzas progresistas intentan implantar en nuestro país.

Como con los chilenos, el relativismo político pretende desarmar ideológicamente a la República: ha tomado los medios de comunicación, silencia y/o discrimina a quienes no comulgan con la bandera progresista, busca el control de la academia y las universidades, pretende adoctrinar por medio del sistema educativo, etc.

A diferencia del ocupador de 1881, los múltiples rostros del relativismo político, son nacionales, están entre nosotros y nos han gobernado desde tiempos del ex Presidente Paniagua.

Estuvieron en la puerta de Palacio tras salida de Fujimori del poder y Paniagua se las abrió, de par en par. Ahí estaban Villarán, García Sayán, Rubio, entre otros, en el Gabinete Ministerial de aquel entonces.

No contentos con eso establecieron una comisión para encontrar una “verdad”, su verdad, que hasta hoy no ha generado ninguna “reconciliación” dado su evidente intención de deconstruir la Nación y re escribir la historia bajo sus signos ideológicos.

Con Toledo, hoy prófugo, coparon silenciosamente el aparato público y sentaron las bases para la invasion que hicieron con Humala, hoy con prision preventiva.

Son los que lavaron banderas, se pusieron la chalina verde, fungieron de garantes y vendieron a la ciudadanía la jura de San Marcos como carta blanca para que el Foro de São Paulo terminara de hacer sus corruptos negociados en el país.

Ahora tienen al Pdte. Kuczynski de espaldas a los grandes intereses populares y ciudadanos. Hoy tienen a Palacio de Gobierno capturado y concentrado en el lobby y la gran agenda ideológica que sectores como Justicia, Educación, Mujer, Salud y la misma PCM vienen implementando.

Todos ellos, los diversos rostros del progresismo, tienen la República Ocupada y, de cara al Bicentenario de la República, más que nunca se necesita una gran fuerza ciudadana desacomplejada para hacerle frente desde las ideas; para competirle y recuperar los espacios políticos; para disputarle espacios en las sinergias sociales llevando nuevas narrativas.

En suma, una fuerza ciudadana dispuesta a construir un nueva hegemonía cultural transformadora para salvar la democracia, para recuperar la República. Ese es el llamado de la juventud humanista.

El reto está servido.

    Oscar Miguel Escalante

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    Perú / Ciencia Política / Activismo ciudadano / Coord. @FrenteJovenPE / Opiniones personales en @osescalante

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