El odio es un sentimiento parásito

El día que mi papá se fue de la casa —y del país—, mi mamá se dirigió en silencio, llorando, a ver el atardecer. Durante los próximos años habló solo un par de veces, e incluso con la lluvia más torrencial, se iba al parque, unos minutos antes de que el sol se pusiera. Nadie podía detenerla.

Una vez, mientas sostenía un paraguas sobre su cabeza para que no se mojara, le pregunté si odiaba a mi papá por habernos dejado. «El odio es un sentimiento parásito», me respondió tras unos segundos. «No vive por sí mismo. Se alimenta de la envidia, del miedo, del amor. Yo amé tanto a tu papá, que habría sido imposible arrancarme ese sentimiento del cuerpo de un momento a otro. Por eso entiendo a quienes odian. Cuando el amor va dejando tu cuerpo, poco a poco, te lastima, como si te estuvieran sacando un aguijón de la piel. Es más fácil cubrirlo con odio. Ponerle una capa tras otra hasta que lo cubres, y solo eso ves. No ves el amor que hubo, los recuerdos, las noches juntos, las risas. Yo amé tanto a tu papá, que preferí dejar que el amor se me fuera de a poco y dejara sus cicatrices en mí. Porque son cicatrices de momentos felices».

Después de eso, señaló a un árbol donde gritaban unos pájaros. «¿Los oyes? Ayer murieron tres. El canto es diferente». Ella podía distinguir, con solo escucharlos, cuándo un pájaro de la bandada se había muerto, cuándo habían nacido pichones. Pasó tantas tardes escuchando que podía decir su número exacto sin titubear. Y el día que derrumbaron ese árbol para hacer un hotel; ese día ella se derrumbó también.

Podría jurar que esa tarde, se podía escuchar a un pájaro más cantar.

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