El casco

Soy ciclista desde hace siete años, creo que es el mejor medio de transporte para ir al trabajo, hago treinta minutos a la oficina, diez menos que cuando me voy en metro. Llego oxigenado y nunca hago corajes por el tráfico como todos los automovilistas que descargan sus ansiedades con el claxon.

También es lo mejor a la hora de pasear. Salir en la bici sin destino específico o recorrer la ciudad siempre deja algo nuevo. Prácticamente no hay dos viajes iguales.

Me han robado tres bicicletas, conozco la impotencia de saber que simplemente se esfumó y algún malandrín la venderá en un barrio por mucho menos de lo que costó.

Pero durante los siete años me había negado a usar casco. ¿Por qué? Porque creo que en caso de un accidente grave no te salvará la vida como dicen los promotores de estos accesorios. Incluso lo he hablado con médicos neurólogos y me lo han confirmado: con un casco tal vez no mueras pero quedarías vegetal.

Pero hace unas semanas, luego del aumento en el número de ciclistas atropellados y muertos en la Ciudad de México, un problema grave que es mezcla de la ineptitud de muchas personas, decidí comprar un caso, el primero en mi historia.

Lo compré en Amazon, pagué la mitad de los precios abusivos de las tiendas para ciclistas, es color salmón o naranja rosado. Un color “chillante” para que se vea en la noche.

También le puse reflejantes a la bici, que por cierto debe tener un nombre como indican los cánones del biciclista: Stamatina.

Ya he salido a pasear con el casco puesto, al principio es raro pero parece que es cuestión de acostumbrarse. No lo usaré para todos mis viajes y espero que cuando lo porte no tenga que probar si realmente te salvan la vida.

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