No hay de otra
Una manera fácil de perder mi respeto e interés es responder “No hay de otra” a preguntas cómo “¿Cómo va el trabajo?”.
Cada vez soporto menos a la gente que cree que su falta de expectativas es algo digno de compartirse. Sé que para millones de personas realmente no hay de otra, especialmente los más pobres o quienes están inmersos en condiciones con resistencias tan grandes que una persona no puede cambiar.
Pero la mayoría de las personas que veo y con las que tengo interacción a diario fueron a la universidad, al menos algunos semestres. Tienen la posibilidad de salir a buscar un trabajo e incluso elegir cuándo irse de un empleo que no les gusta.
Creer que no hay de otra es un grave síntoma de mediocridad que no deberíamos tolerar. Los jefes deberían despedir a todos los que piensan así para obligarlos a saber que sí hay de otra.