El cielo sobre Berlín

Oswaldo Toscano
Feb 18, 2018 · 3 min read

Ángeles que pueden observar el mundo y pueden escuchar los pensamientos de la gente, pero no tienen posibilidad de emancipar a la humanidad. Ese es el resultado de la colaboración de Pete Handke en el guión de la película «Der Himmel über Berlin». Handke es uno de esos intelectuales dispuestos a opinar sobre política sin poses ni corrección. En especial sobre los asuntos públicos de Europa. A pedido de su amigo y admirador director de cine Wim Wenders, participó de ese proyecto junto a Richard Reitinger.

Damiel y Cassiel deciden rastrear la psicogénesis de la conciencia posguerra. Observan, desde las alturas, Berlín, aún dividida por el muro y en cierta forma atormentada por los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial. Largos travellings aéreos se combinan con la mirada inmortal de los seres celestiales. Bellos tonos grises representan la mirada de los ángeles, mientras los colores quedan para la mirada desde la perspectiva de los humanos.

Los ángeles ofrecen consuelo y se compadecen de las heridas que pululan en medio de la alternancia entre planos fílmicos y versos que emparentan cine con poesía. La cámara queda subordinada a la intimidad de los personajes. Los diálogos son escasos a causa de los constantes soliloquios de los humanos y los ángeles. Dice Wim Wenders, «los pesonajes debían pensar de forma poética». El genio de Handke entra en escena:

“Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.”

Con toques tan extraños, como la presencia del mítico Columbo, «Der Himmel über Berlin», ofrece un espacio para la reflexión a la vez estética e ideológica. Entre los blancos y negros de una nueva infancia que está por empezar para la ciudad. La película se estrenó en 1987, un año y meses antes de la caída del Muro de Berlín.

La escena de la Biblioteca Estatal de Berlín atestada de ángeles es electrizante y significativa. Una biblioteca siempre es un lugar de convergencia del pensamiento.

No en vano, es ahí donde aparece el viejo poeta llamado Homero. Con paso lento y cansado, se lamenta: “Si la humanidad pierde al narrador, entonces también perderá la infancia”. Y tal como los poemas épicos colmaron las primeras ciudades de Occidente, Homero es el testigo del nacimiento del nuevo Berlín bajo una nueva arquitectura que pretende olvidar cualquier vestigio del pasado.

“Mis héroes ya no son los guerreros y los reyes, sino las cosas de la paz, todas iguales entre sí: las cebollas que se secan tan valiosas como el tronco del árbol que atraviesa el pantano. Pero nadie ha logrado aún, cantar una epopeya de la paz. ¿Qué tiene la paz como para no entusiasmar a la larga y que casi no se pueda narrar sobre ella? ¿Debo renunciar ahora? Si renuncio, entonces la humanidad perderá su narrador. Y si alguna vez la humanidad pierde su narrador, al mismo tiempo habrá perdido su infancia”

Quizá por eso la insistencia de Wenders con los planos de la ciudad. Está registrando las huellas del pasado que pronto serán borradas por nuevos edificios.

En un paseo por la ciudad, Damiel encuentra un circo. Conoce a Marion. Se enamora de ella. El resto es una historia de amor convencional, excepto por la presencia de Nick Cave & The Bad Seeds, banda underground de post-punk de los años ochenta. Su presencia le otorga un tono obscuro y sensual a las escenas de amor. Sin duda una película ícono del Nuevo cine alemán.

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