Obviedades

Luego de contemplar su rostro, tras contarle que mi primer contacto con Internet se había dado en la conferencia de una universidad allá por 1999, arremetí a relatarle otras cosas que mantuvieran, a sus once años, esa expresión que claro decía: “Lo que me decís es inaudito”.

Entonces le conté que mi primer contacto con una computadora se dio cuando yo tenía 11 años — coincidentemente— y que solo la vi de lejos, pues en el colegio donde estudié, el laboratorio de computación era una novedad y había que pagar extra para que te enseñaran a usar unos pocos comandos de D.O.S.

Intenté explicarle qué era D.O.S. pero creo que no hice un buen trabajo.

No resistí la tentación y le mostré, en YouTube, el gameplay de Test Drive 1, un juego para PC con Copyright de 1987.

¡Oh nostalgia!

Tras eso le conté que de pequeño veía televisión en blanco y negro en una pantalla de 12 pulgadas, y que contaba con 5 canales nacionales que no transmitían las 24 horas.

Y que fue como a los 6 o 7 años que llegaron a instalar un teléfono en casa, seguido por un sermón de unas dos horas, que mi padre dio, donde explicaba lo importante de aquel aparato y la responsabilidad que debíamos tener al usarlo.

Obviedades

Las generaciones tenemos tantas diferencias entre una y otra, precisamente porque aprendemos a ser humanos en circunstancias distintas.

Las cosas que son “dadas” a los nuevos integrantes del mundo, son muy diferentes de las que tuvimos quienes venimos hace años.

No voy a hablar de la generación previa cuya novedad, entre otras tantas, fue la radio, porque no estamos acá para sentirnos viejos.

Solemos decir que los niños vienen cada vez mejores, pero solo es que crecen en un ambiente diferente, rodeados de más tecnología, aún si ésta es precaria o muy limitada.

Para las nuevas generaciones es normal y obvio que estemos tan comunicados, el servicio de Internet es impensable que no esté, y castigan muy fuerte a todo aquel entretenimiento que no llena sus expectativas.

La Felicidad

Generaciones pasan y seguimos cometiendo el error de considerar que la propia fue la mejor época, que todo se está arruinando, que los valores se están perdiendo y que la nueva generación no entiende cómo se debe vivir.

Martin Lindstrom, en su libro Small Data, menciona algo que llamó mi atención.

Cuenta que, según una nota del Harvar Business Review, llamado “The History of Happiness”, La idea de la felicidad como una expectativa no apareció sino hasta hace apenas alrededor de 250 años.

Cito

“Antes de eso, incluso en Occidente, la vida generalmente bordeaba lo austero. Fue solo a mitad del siglo XIX cuando la búsqueda de la felicidad evolucionó gradualmente hasta una meta legítima, y la infelicidad se convirtió en una lacra que evitar.”

Para nuestras generaciones se ha convertido en obvio entender como propósito de vida, la persecución de la felicidad, pero esa idea en realidad es reciente. Es obvio para nuestra época, no para tiempos pasados.

Quizá es que evolutivamente aún no estamos preparados para entender los caminos para alcanzar la felicidad y que por eso mismo nos cueste tanto definirla.

Quizá por eso inventamos métodos, atajos, conceptos, ideas, que nos ayuden a alcanzarla, siendo que mientras más se la persigue, más esquiva parece.

Si te levantas un día con la idea de ser feliz, quizá la pases muy mal, porque no suele ir bien cuando cimentamos nuestros actuar y sentir, en expectativas.

Internet, o más bien el uso que hacemos de él, complica aún más porque ahora tenemos más acceso a los estándares de vida de otros más favorecidos, quienes nos da la impresión de que sí conocen este asunto de ser feliz.

Quizá para lo que estamos preparados es para perseguir metas, pues ya antes estaba la de proteger a la familia y brindar sustento. Quizá nuestro enfoque debiese ir dirigido a crear cosas, a hacer cosas, y la satisfacción y felicidad solo sean consecuencias.

Quizá esa insistente búsqueda de la felicidad es la que hace que hoy día existan personas que encuentran satisfacción en mostrarse infelices, a modo de una extraña protesta contra la idea generalizada de buscar la felicidad, que al final se convierte en una carga.

Quizá por eso muchos que no son felices intentan mostrarse como si lo fueran, con tal de proteger un orgullo nacido de una fuente equivocada.

Y quizá seamos más felices cuando dejemos de ver como algo obvio la persecución de la felicidad y nos olvidemos de ese “mandato” de la sociedad que dice que debes levantarte con una sonrisa y acostarte con una sonrisa, porque tu tarea diaria es hacer todo para ser feliz.

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