Se me subió el muerto.

Hace un año, un día, murió Juan Gabriel. Hace un año, un día, sentí que el alma se me venía encima. Como el muerto que se te sube a veces y te paraliza el sistema nervioso sin dejar que te muevas. La cosa es esta. A Juan Gabriel yo lo amo. A Juan Gabriel le atribuyo parte de la magia que ocurre en esta ciudad, en Ciudad Juárez. Un hombre, un espíritu ahora, que logra homogeneizar a toda una comunidad; ricos, pobres, muy pobres, muy ricos y clasemedieros que somos los más. Que superpone cualquier tipo de clasificación social y lo convierte todo en fiesta y lentejuelas moradas.

En fin. La cosa sigue siendo esta. Trabajaba yo en el periódico impreso y digital más importante de Juaritoz. Editora de la versión digital rezaba el directorio. Uno de esos domingos que parecía ir como de costumbre… muertote de breaking news y noticas jaladoras, cliqueras y de cualquier otro tipo, dos minutos antes de terminar mi turno, y a punto de que me llevaran comida luego de una cuasi cruda dominguera, muere Juan Gabriel. No es reclamo.

Estrés y todo, en el momento reaccioné bien, fuimos de los primeros en ‘soltar’ la nota, el muerto todavía no se me subía. Reacciones, comentarios, ¡sitio caído!, llamadas por teléfono, lágrimas de editores, notas de antaño rescatadas, un micrositio, un especial, otro especial, un multimedia, una portada del sitio especial, una transmisión en vivo, otra, un amante que descubría toda la verdad, un hijo perdido, una directora editorial histérica, un jefe de operaciones devastado, unas fotos perdidas, un reportero que no contestaba su teléfono, un factchequeo “¡rápido, porque no hay tiempo para eso!”, flores muchas flores, lágrimas muchas lágrimas.

Los números en ese momento no mentían, este suceso nos iba a rescatar de quedar en números rojos el mes de agosto. Los clics parecían bastos y bonitos, pero el lunes por la mañana, en la junta web semanal, se demostró casi lo contrario. Salimos verdes, pero apenitas. “Más especiales, más transmisiones en vivo, más micrositios, más videos, más galerías de fotos, más historias”… más histerias. Los jefes pedían más. Pedían que explotáramos más la muerte de Juan Gabriel. Más números, más dinero. Trabajo, trabajo, trabajo.

Ambos días llegué tardísimo a casa, con ojeras, mal comida y con el cerebrito hecho trizas. Comprendí que estar en las noticias así es hacer historia a través de un monitor, no es reclamo.

Lo que sí es, es que la muerte de Juan Gabriel me pegó hasta días después. A él, que tantas historias me ha dado, le lloré tarde.

Historias como la de la noche que un amigo muy querido y yo terminamos en el departamento de unos brasileños desconocidos tomando cachaça y explicando el fenómeno cultural y antropológico que es El Divo para Ciudad Juárez.

Como la del día que con ese mismo queridísimo amigo canté desafinada “Querida” ante una audiencia karaoquera de unas 80 personas borrachas en la Ciudad de México en una noche surreal que comenzó conmigo con un calendario de Klimt en la mano sentada en una cantina gay clandestina compartiendo una caguama con otros tres batos y que terminó conmigo dormida en el sillón de un departamento de misioneras cristianas extranjeras.

Como la del día que lloré toda la noche con la versión LP de “Me Gusta Bailar Contigo”, un sonido dulce y lleno de pelusa que se desprendía de un vinilo que me costó 20 pesos en la nevería Acapulco.

Como la del viaje de secundaria en una combi azul destartalada hacia la Sierra Tarahumara en la que las cinco estudiantes y los dos profesores encaminados cantábamos con lágrimas en los ojos “Amor Eterno”, mientras intentábamos detener la puerta de la combi que se caía de vez en vez.

Fue ahí cuando se me subió el muerto, días después, cuando me di cuenta de que Juan Gabriel se había ido. Se me subió el muerto y el muerto era Juan Gabriel.

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