Esa mañana — desde un punto de vista compositivo
había algo que termina a destiempo
y funciona.
No exactamente un ensayo fotográfico sobre edificaciones abandonadas en la playa de Ciudad Madero.
Y no, no estoy hablando de una simetría natural entre la retórica de los artificios obligatorios
y la razón.
No sé que quieres que te diga — últimamente la razón me la pone como casi todo lo que suda o cuesta o se suspende
en una corriente de aire.
No, no es eso.
No se trata de agitar a la bestia mediante la repetición de estructuras sintácticas con tal de descifrar lo que quiero decir.
No, no mames.
Tampoco me refiero a poder recordar otra época en la que despertábamos con la sensación de haber conceptualizado el dolor
como un contacto.
No sé por qué dije eso pero apúntalo en mis grandes hits.
Que son tres.
Que son como las notas al margen de Lucía
en un libro de Sor Juana.
No, qué te digo.
Si insisto en una voz fechada, en tensión — pero en un formato kitsch y tropical
es porque sigo sin escucharme.