Verseros

Recuerdo cuando era chico y conocía unos cuantos pibes que todos teníamos identificados como “verseros”. Pequeñas personitas que básicamente hablaban mucho e inventaban. Inventaban hechos, historias, evidencia. Siempre tratando de llamar la atención, sobre todo. Sin importar la verdad y a veces sosteniendo sus afirmaciones más ridículas con más y más historias inventadas.
Pero eran inofensivos, porque todos los conocíamos. Porque se deschavaban enseguida, diciendo algo que uno sabía que era mentira porque era demasiado obvio, o porque contradecían a los padres de uno, o a los maestros, figuras de autoridad y sabiduría. A partir de ahí dudar de su palabra era natural.
Sin embargo, hoy me llamó la atención darme cuenta de que en mi mundo adulto, aún conociendo muchísimas más personas de las que conocía cuando era chico, y aún siendo más “conocedor”, incluso mas escéptico, me cuesta más pensar en que una persona pueda ser “versera”.
No estoy seguro todavía de por qué esto es así, pero hay dos observaciones que se me vienen a la cabeza, posiblemente relacionadas con esto.
La primera es que a medida que uno crece la “verdad” se vuelve más compleja. Las afirmaciones se vuelven más abstractas o más lejanas, y más difíciles de comprobar. La evidencia concreta es cada vez más difícil de obtener, y la abundancia de fuentes e información contradictoria hace posible validar o refutar casi cualquier sentencia, sea verdadera o no. Reconocer entonces a un versero es más difícil, sobre todo si el verseo es justamente sobre estas verdades complejas y difíciles de comprobar.
La segunda es que el versero también creció. Esto puede tener implicancias diversas, pero en particular se me ocurren dos casi contrapuestas que me gustaría comentar. Una posible implicancia es que al crecer el versero reconozca que su estrategia puede ser dañina para él y para otros. Puede resultar en su aislamiento, en la perdida de relaciones importantes o en accionares mal informados que deriven en daño. Asumiendo buenas intenciones del versero, éste decide dejar de mentir compulsivamente, y eventualmente lo logra. Otra posible impliancia es que al crecer el versero mejore también su arte. Considerando también la observación anterior, el versero puede volverse tan bueno que llegado cierto punto no se lo pueda distinguir de los no verseros. Y es que todos mentimos en algún punto, o todos nos equivocamos. Decir (en apariencia) unas pocas falsedades no nos hacen verseros.
Todo esto viene a colación porque me parece que estamos en la era de los verseros. De a poco están encontrando la manera no solo de pasar desapercibidos sino de aprovechar al máximo su poder, su capacidad inventiva. La famosa posverdad de la que todo el mundo habla hoy en día es una tierra fértil en la que estas personas crecen y se desarrollan. En donde las mentiras que un versero puede inventar pueden arraigarse y crecer hasta llegar a la mente y boca de millones de personas. Y es una pena, porque el verseo a este nivel ya no es inofensivo.
