EL INTERRUPTOR

Julio condujo la carretilla llena de escombros y los vertió en el contenedor situado en la calle.
Sophie revolvía entre cascotes y cristales rotos. Extrajo un interruptor de porcelana del que colgaba medio metro de cable trenzado y forrado de tela. Lo levantó hacia el cielo y esgrimió una gran sonrisa, como si hubiera encontrado un tesoro.
Julio se quedó extrañado al comprobar que aquella chica mostraba tanto alborozo por viejos e inútiles objetos que él tiraba antes de empezar con la reforma de la vivienda.
 -Es basura. No funciona -dijo Julio.
 -Lo sé -contestó Sophie.
No contenta con su botín, continuó explorando. Julio la vio tan interesada en los desechos de obra que se ofreció a ayudarla.
 -Si quieres más "antigüedades” puedes venir a las seis y llevarte lo que quieras.
 -Oh, muchas gracias. Aquí estaré.
Julio advirtió que Sophie hablaba un castellano agarrotado, como si las palabras pasaran a través de los peines y engranajes de una cosechadora antes de salir de su boca. Dio por sentado que era francesa.
A las seis en punto Sophie apareció con una mochila a la espalda, una media sonrisa y las manos anudadas sobre el ombligo.
Julio le mostró las habitaciones donde podía hacer acopio de más basura y objetos inútiles.

Mientras él se quitaba el mono, Sophie llenó la mochila de trozos de moldura de escayola, tiras de papel pintado, pomos, bisagras oxidadas…
A Julio le pareció una caso flagrante de síndrome de Diógenes. Al parecer también se daba en personas jóvenes. La chica le gustaba sobremanera pero padecía un trastorno psíquico notorio. A Sophie le parecía Julio un muchacho muy atractivo y simpático aunque había decidido que aquel verano mantendría su corazón sin sobresaltos amorosos.
Sophie había llegado a la casa en bicicleta pero la pesada mochila le impedía pedalear. Julio se ofreció a llevarla en su furgoneta.
El cuarto de hora que medió entre la obra y la casa de la chica transcurrió con los sentimientos bajo control por ambas partes. En su lugar, una estéril conversación sobre la creciente presencia de franceses practicando barranquismo en el valle. 
Nunca más se volvieron a ver desde aquella tarde.
Unas semanas después, Julio leyó una noticia en el periódico que le dejó perplejo y triste: “La artista francesa Sophie Meurier, máxima representante del movimiento artístico conocido como ‘escultura de la basura’, expone su obra en la Fundación Renacimiento.”
La imagen que ilustraba la noticia mostraba el interruptor de porcelana en posición de apagado y con una manecilla de madera que invitaba a ser girada.