Activismo en los Oscar: humillación y euforia

¿De verdad Hollywood tiene ganas de pelea?

Entre las nominadas a mejor película de habla no inglesa en los Oscar 2017 está la iraní El viajante, escrita y dirigida por Asghar Farhadi, quien ya ganó un Oscar en 2012 por Nader y Simin, una separación. Si vuelve a ganar, Farhadi no subirá a recoger la estatuilla: Irán está entre los siete países afectados por el veto migratorio decretado por la administración que preside Donald Trump. Pese a que el veto ha sido suspendido por la justicia de Estados Unidos, Farhadi no asistirá a la ceremonia en Los Ángeles en protesta por una medida que considera “humillante”. Gane o no, esta ceremonia está ya marcada, como quizá ninguna otra en las últimas décadas, por el activismo político. Hollywood tiene ganas de guerra.

Humillada y eufórica, aleación no tan extraña, debió de sentirse Hattie McDaniel, ganadora del Oscar a la mejor actriz de reparto en 1940 por Lo que el viento se llevó. McDaniel tuvo que hacer un largo camino hasta la estatuilla desde una mesa al fondo en la que tuvo que sentarse, separada de sus compañeros de película, debido a la política segregacionista del hotel donde se celebraba la ceremonia. Su discurso fue breve, agradecido y conmovedor. En caso de que McDaniel hubiese tenido alguna rabia que vomitar, lo habría tenido difícil: en los contratos de los actores, los estudios incluían clausulas de moralidad que prohibían ese tipo de liberaciones. Pese a ello, la concesión del Oscar a McDaniel ya fue en sí un acto de reivindicación política, como prueban las palabras de su compañera Fay Bainter al presentar el premio.

La tónica en la ceremonia de los Oscar hasta los setenta fue la de McDaniel: discursos breves, emotivos y nada controvertidos. Hollywood no quería problemas, como demostró el macartismo y su caza de brujas, que no alteró la levedad política de las ceremonias. El activismo era clandestino: en los cincuenta Dalton Trumbo, uno de los incluidos en la lista negra y vetado para trabajar en Hollywood, ganó dos Oscar al mejor argumento y ni siquiera sus seudónimos subieron a recoger las estatuillas.

En los sesenta, a raíz de la lucha por los derechos civiles, el activismo emergió a la superficie y estrellas como Harry Belafonte, Sidney Poitier y Sammy Davis Jr. usaron su fama para defender la causa, con gracia y discreción. Solo hay que ver la mirada afilada de Poitier al subir a recoger el Oscar al mejor actor en 1964 por Los lirios del valle; cómo el bueno de Poitier toma aire y luego exhala: “Porque ha sido un largo camino hasta este momento…”.

En la década siguiente, el activismo rompió aguas. En 1973, el sanguíneo Marlon Brando mandó en su lugar a Sacheen Littlefeather a recoger el Oscar al mejor actor por El Padrino, en protesta por el trato que recibían los nativos americanos. Dos años después, el productor Bert Schneider, galardonado con el Oscar al mejor documental por Hearts and Minds, leyó un telegrama proveniente de uno de los miembros de la delegación norvietnamita en las negociaciones de paz de París que celebraba la “liberación de Vietnam”, dándole las gracias a los manifestantes en contra de la guerra por haber ayudado a “traer la paz”.

A partir de entonces, y a lomos de un cine más reivindicativo y una mayor conciencia social, las estrellas de Hollywood se han convertido en activistas a tiempo parcial. Levanta una causa y encontrarás debajo una cara bonita. ¿Cambio climático? Leonardo DiCaprio. ¿Refugiados? Angelina Jolie. ¿Darfur? George Clooney. Nada que objetar, por supuesto: usar la fama para causas más filantrópicas que pagarle la universidad a tus hijos –acto noble, pero de reducido alcance global– es encomiable. Pero a veces se agradece un activismo más espontáneo, más gutural. En los Oscar ese momento feliz y reivindicativo es posible. Da igual lo que se defienda. Pocas causas más bellas que la de Roberto Benigni, cuando en la gala de 1999 defendió simplemente la vida.

Este año van a hacer falta muchos Roberto Benigni para hacernos olvidar que vivimos en un mundo más antipático, tras el ascenso al trono de Trump. Los Oscar 2017 serán, por tanto, furiosos o evasivos. La elección de maestro de ceremonias ya da alguna pista del camino que prefiere la Academia: el de un activismo simpático, amable, alejado de la acidez de Chris Rock. Jimmy Kimmel ha aclarado que no evitará el elefante naranja en la habitación, pero que tampoco lo cabalgará. ¿Y el resto de artistas, qué harán? ¿De estrellas? ¿O de activistas?

El escritor John Irving, ganador del Oscar en 2000 al mejor guion adaptado por Las normas de la casa de la sidra, afirma que hay que aprovechar los tres minutos de fama ante una audiencia global para plantar cara. “Con independencia del protocolo en los discursos de aceptación de los Oscar, el gremio de los artistas tiene una obligación: ser intolerante con la intolerancia”, sostiene Irving. Muchos en Hollywood parecen dispuestos a seguir su consejo, consigan o no la estatuilla. El ejemplo a seguir podría ser el poderoso discurso de Meryl Streep en los Globos de Oro, que merece la pena volver a ver.