La guerrita civil española (I)

Debo de ser de los pocos españoles vivos que ha visto la guerra civil con sus propios ojos. Fue solo durante unos segundos, en casa de mi abuelo paterno; segundos que no duraron una eternidad, como suele decirse. Duraron lo que tenían que durar: lo que dura, por ejemplo, zambullirse en agua helada. La imagen tampoco se me quedó grabada a fuego en la memoria, por usar otro cliché, pues el recuerdo se emborrona y disipa con los años. Un reducto de recuerdo, sin embargo, permanece, y lo decoro con mimo, convirtiéndolo en literatura para que no desaparezca. Lo más extraordinario de todo es que nací en 1982. Como a cualquiera, la guerra civil me pilla lejos.

Mi abuelo participó en la contienda, con los rebeldes. Nació en febrero de 1917 en Jerez de los Caballeros, Badajoz, y allí lo alcanzó la guerra con diecinueve años y medio. El 18 de julio de 1936, Extremadura amaneció partida en dos: Cáceres, al norte, pintada de azul; Badajoz, al sur, de rojo. Aquella división duró apenas un mes largo. A mediados de septiembre, los sublevados habían conquistado toda la región a sangre y fuego.

Me imagino a los pacenses con la boca seca, durante el mes de agosto, recibiendo las noticias sobre los avances de la columna de Yagüe. El general rebelde marchaba implacable desde Sevilla, rodeado de legionarios y regulares, devorando pueblos y ciudades por la antigua Vía de la Plata. Monesterio, Zafra, Almendralejo, Mérida. Badajoz. En aquella campaña no se hicieron muchos prisioneros.

Enrolado en el ejército sublevado con los flechas negras (frente a la peseta y media de la infantería nacional, los flechas negras cobraban dos pesetas y media al mes), mi abuelo participó en la campaña del Norte y se fue a pique, con un disparo en la pierna derecha, el 3 de mayo de 1937 (un lunes), en el monte Sollube (684 metros). Según cuentan los cronistas del ABC de Sevilla, tras la toma de Bermeo (30 de abril) hubo tres días de tregua en el frente vizcaíno. Los leales, que mantenían la cumbre del Sollube y dominaban Bermeo desde las alturas, lanzaron una contraofensiva aquel fin de semana: lograron bajar hasta Mundaca, pero los flechas negras italianos y españoles resistieron en Bermeo y contraatacaron, llegando a las estribaciones del Sollube.

Según mi tío Manolo, a mi abuelo lo hirieron en mitad del baile: nada más abandonar un muro que utilizaban de parapeto, una bala le atravesó el muslo de la pierna derecha de lado a lado. La bala no hizo una salida limpia y le destrozó el cuádriceps, plantándolo en tierra de nadie. Un oficial italiano –cuya tarea era esa: recoger a quienes, tras abandonar aquel muro monte arriba, caían heridos– llevó a mi abuelo de vuelta a territorio amigo. En mi familia estamos muy agradecidos a ese flecha negra, del que no sabemos nada, ni falta que hace. No duró vivo mucho tiempo, al parecer.

Según el boletín de información del cuartel general del Generalísimo del 4 de mayo de 1937, en el frente de Vizcaya se llevó a cabo “una rectificación a vanguardia de nuestras posiciones en el frente de Bermeo, ocupando las enemigas con poca resistencia. En la mayoría de los sectores, fuego de fusil y cañón, comprobándose las voladuras que lleva a cabo el enemigo para dificultar el avance”. Jornadas preparatorias, decían los columnistas del ABC de Sevilla. ¿Preparatorias para qué? Para el asalto al cinturón de hierro de Bilbao, batalla en la que mi abuelo, claro, no participó (si quieren más detalles, lean a Ramiro Pinilla).

Mi tía Carmen dice que cada 3 de mayo mi abuelo celebra su segundo cumpleaños, ¿por qué no? Aquel 3 de mayo de 1937, a mi abuelo lo llevaron a un hospital de sangre, a las puertas del quirófano, donde lo dejaron tirado una semana; los heridos en el vientre o en la cabeza tenían prioridad. La herida se gangrenó, se llenó de larvas de mosca. Las monjas que lo cuidaban las dejaron hacer: la terapia larval se había popularizado a principios de la década y en la pierna de mi abuelo, al parecer, funcionó: decenas de gusanos limpiaron la herida, comiéndose el tejido muerto. Cuando por fin le tocó pasar a quirófano, los médicos quisieron amputarle la pierna, pero uno de ellos discrepó, diciendo que a un zagal de 20 años aquello le destrozaría la vida, y mi abuelo conservó la extremidad. Desde entonces, Manolo Colomer Gordillo es cojo, pero sin extravagancias.

Bilbao cayó el 19 de junio. Luego lo hicieron Cantabria y Asturias. Las bajas rebeldes de la campaña del Norte fueron altas, con 30.000 caídos, entre ellos 4.000 muertos. Una tasa de mortalidad que los historiadores consideran escasa.

Mi abuelo nunca habló mucho de la guerra, pero con los años comenzó a soltarse. Un día, con mi hermano y yo acompañándole en el salón, nos contó parte de su experiencia. Imberbes bélicos con un sinfín de historias de guerra a las espaldas –de ficción y no ficción–, mi hermano y yo enmudecimos, incómodos, respetuosos. No recuerdo de qué nos habló exactamente, pero como era inevitable la historia desembocó en su herida y en la guerra de los hospitales, de la que ahorro detalles para no perturbar a las almas sensibles. Recuerdo que nos contó que cuando lo trasladaban en ambulancia a retaguardia viajaba con dos superiores, quienes se pusieron a gritar el himno de la Falange para espantar los miedos. Mi abuelo los acompañó, a gritos también.

En un momento dado, mi abuelo nos llamó a su lado: estaba sentado en un sillón, con la pierna derecha apuntalada en un reposapiés. Iba vestido con un pantalón oscuro, verdoso o marrón, y una camisa de color claro –o quizá también fuese oscura– con una rebeca gris por encima. En realidad no recuerdo cómo iba vestido, pero dentro de mi cabeza mi abuelo siempre viste igual: ropas hurañas de pueblo, de castellano viejo; prendas pardas, sencillas, delibescas. Sin ceremonias, mi abuelo se arremangó la pernera derecha del pantalón y nos enseñó su muslo. O el fantasma de su muslo. Un amasijo de cicatrices acampaba en aquel trozo de pierna tiesa, que parecía un terreno destripado por las bombas. Intenté no apartar la mirada, por respeto, y se me revolvió el estómago, me angustié. Fueron solo unos segundos, pero ahí estaba la guerra civil española: descarnada, mal enterrada, atrincherada en la pierna seca de mi abuelo. Expuesta sin paliativos.

Mi hermano y yo somos unos privilegiados. O unos desgraciados, según se mire. Tal vez las dos cosas. Cuando pude dejar de mirar, cuando mi abuelo volvió a cubrirse, a esconder aquella mutilación –aquel muslo en retirada–, respiré aliviado.

A la guerrita civil española no se le aguanta tan fácil la mirada.