Macri. Discurso y prejuicio

Cuando Mauricio Macri anunció, tras la victoria de Horacio Rodríguez Larreta en el balotaje de la Ciudad de Buenos Aires, su decisión de mantener y mejorar la Asignación Universal por Hijo y de sostener la propiedad por parte del Estado de YPF y de Aerolíneas Argentinas hubo quienes comenzaron a señalar un viraje en su discurso. ¿Cambió de opinión Macri sobre estos temas? ¿se hizo kirchnerista? ¿no era un liberal fanático? ¿no era acaso un derechista insensible dispuesto a privatizar hasta lo que ya es privado?, ¿se transformó en un oportunista? La respuesta es no. Pero para saber por qué dijo lo que dijo hace falta entender un poco más la cabeza del probable futuro Presidente de la República.

En el relato del PRO no hay dogmas ideológicos. No hay un programa utópico que sirva como referencia histórica como ocurrió con los partidos políticos clásicos del siglo pasado y que algunos aun conservan, en muchos casos con un entusiasmo que va más allá de cualquier anacronismo. Postpolítico o no, en el PRO ninguna política pública es evaluada en función de su pertenencia doctrinaria a tal o cual dogma de fe, corriente o capilla. El gobierno no es el resultado de una formación ideológica preexistente sino de la evaluación precisa del impacto de sus acciones en la sociedad.

Lo práctico, lo concreto, el análisis de costos y beneficios, la evaluación de los resultados, la corrección de los errores, son elementos raros en una cultura política donde la conversación y el debate suelen apuntar a la construcción, la defensa o la estigmatización de retóricas ideologizadas. Entre nosotros, la AUH y la propiedad estatal de las compañías de aeronavegación y de hidrocarburos son vistas como tótems ofrendados al servicio de la ideología. No queda claro de cuál de todas, pero a los fines de las narrativas políticas da lo mismo. El concepto de lo estatal viene asociado desde hace décadas a elementos solidarios y positivos aun cuando existan evidencias notorias, como en el caso de Aerolíneas por ejemplo, de una proverbial incompetencia en su administración. El mundo de la propiedad privada, en cambio, pertenece al terreno del pecaminoso afán de lucro que señala con la insistencia de un cruzado nuestro compatriota en el Vaticano. Lo que hay son prejuicios, a un lado y al otro.

Para el modo de pensar de Macri y el PRO, la cuestión de la propiedad de las empresas es secundaria frente a la calidad de sus servicios. La pregunta a responder no es el carácter estatal o privado de sus accionistas sino la cuestión del buen o mal funcionamiento. De alguna manera, el ideólogo ha dejado su lugar al ingeniero. No se trata de adecuar la realidad a un libreto preestablecido sino de resolver un problema del modo más beneficioso posible para la comunidad. El tema es la necesidad de energía en el marco del crecimiento. El tema es la aeronavegación comercial en función del desarrollo de las economías regionales. El tema es la necesidad de reducir drásticamente los niveles de pobreza a través de la transferencia directa de recursos a los que más los necesitan.

El enorme esfuerzo dedicado a encuadrar ideológicamente al PRO y a Macri por parte de sus adversarios ha fracasado, entre otras cosas, porque sus políticas han sido esquivas frente a las definiciones clásicas. Incluso, porque ante la experiencia del error, en más de una ocasión giró sobre sus pasos para corregir sus políticas en un sentido completamente diferente del inicial. La lista de casos donde se manifestó la capacidad de reconocer el error durante sus ocho años de gestión en la ciudad de Buenos Aires incluye desde la política ambiental hasta la política de vivienda, entre otros.

Pero consideremos, aun a modo de hipótesis, que Macri y su equipo cambiaron de opinión sobre lo que es mejor en estos temas. ¿Sería esto motivo de críticas o de elogios? Cada uno tendrá su respuesta. La mía es que prefiero que los liderazgos democráticos sean capaces de evaluar, adaptar y modificar sus ideas sin que ello implique poner en riesgo su identidad. Mucho más cuando su propia identidad pretende constituir la expresión del cambio en la política argentina.

Por su parte, desde los sectores más radicalizados del antikirchnerismo se han escuchado voces denunciando la supuesta aproximación de Macri a la constelación K por su compromiso de mantener, mejorando, algunas políticas públicas de estos años. Enceguecidos por el odio y el rencor, los antikirchneristas fanáticos parecen actuar como guardianes y custodios de una revolución conservadora que no ocurrió ni ocurrirá. Sería impensable y catastrófico que cada cambio de gobierno implique la destrucción de todo lo realizado por la administración anterior en función de la purificación ideológica, sea de la ideología que sea. Del próximo presidente se espera que gobierne bien, no que destruya todo lo realizado en los últimos doce años, los últimos treinta o los últimos cien. La Argentina ya está harta de muchas cosas. También del péndulo que nos lleva a empezar todo otra vez ante cada cambio de signo político en el gobierno.