Los enemigos de la Paz

por Daniel Bello (@dbello1) y Pablo Bello (@pablobello)


El periódico The Guardian y la cadena de noticias Al Jazeera han iniciado la publicación de más de 1.600 documentos relacionados con las negociaciones de paz mantenidas por Israel y Palestina, con la activa participación de Estados Unidos, durante los últimos 10 años.

Es evidente que dichas negociaciones han fracasado, al menos hasta el momento, y que por el contrario, su estancamiento ha dado respaldo a los grupos más extremistas de ambos lados.

Como muestra un reciente estudio de World Public Opinion, la organización Fatah -identificada por los palestinos como un “partido de paz-” obtiene mayor respaldo público cuando las negociaciones con Israel parecen ir por buen camino, mientras que el movimiento islamista Hamas -identificado como un “partido de resistencia” (y señalado por Estados Unidos como un grupo terrorista)- se posiciona de mejor forma cuando las negociaciones fracasan.

Durante los últimos 10 años, Hamas y otros grupos radicales se han hecho más fuertes en Palestina, mientras en Israel la extrema derecha -representada actualmente por una sui géneris coalición de nacionalistas laicos y religiosos ortodoxos- se ha hecho del poder. El resultado es más violencia, más terrorismo e intransigencia desde ambas partes, conjuntamente con el debilitamiento de las posiciones moderadas y tendientes al diálogo representadas principalmente por Fatah en Palestina y el Partido Laborista israelí.

Es importante tener en cuenta que la radicalización de posiciones al interior de Israel, y la creciente importancia de partidos políticos de derecha -laicos y religiosos- se explica en gran parte por las transformaciones sociales, culturales y demográficas que ha experimentado el país desde su creación (1948), producto de la constante afluencia de nuevos ciudadanos provenientes de la Diáspora. Como bien señalaba Rafael Aguirre Monasterio en un artículo publicado en 1986 (El nuevo sionismo), el proyecto sionista (el proyecto de creación del Estado de Israel) estuvo marcado en sus orígenes por teorías y corrientes de pensamiento “occidentales” (nacionalismo laico, socialismo), y sus impulsores y realizadores fueron judíos europeos “askenazíes”, quienes tuvieron -a través del Partido Laborista- una indiscutible preponderancia política hasta 1977. Pero a lo largo del tiempo dicha preponderancia fue mermando por el crecimiento de las comunidades sefarditas ortodoxas -agrupadas en torno al partido Shas-, y por la llegada de inmigrantes (judíos) desvinculados del idealismo político de Herzl y Ben-Gurión, muchas veces procedentes de países sin tradición democrática -como el propio ministro Avigdor Lieberman cuyo partido, Yisrael Beiteinu, representa a la extensa “comunidad rusa” (16% de la población de Israel)-.

Actualmente el Partido Laborista es la cuarta fuerza política detrás del centrista Kadima, el derechista Likud y el ultranacionalista de derechas Yisrael Beiteinu. El sionismo es cada vez más un proyecto religioso-mesiánico o ultranacionalista que busca la expansión de los territorios de Israel hasta los límites de Erets Yisrael (el Israel de las escrituras).

Los documentos -conocidos como “the Palestine Papers”- que se han conocido son de altísimo valor para la comprensión de lo que han sido las fallidas conversaciones de paz y las posiciones que cada una de las partes ha defendido durante los últimos años, no solamente para valorar la Historia en su justa dimensión, sino que especialmente para considerar las perspectivas reales de algún posible futuro acuerdo.

Hemos creído, o nos han hecho creer, que la Paz era un sueño imposible. La verdad es que alcanzar un acuerdo tiene dificultades prácticas evidentes como consecuencia de los asentamientos ilegales que Israel ha emplazado en Cisjordania luego de la Guerra de los Seis Días. Como se puede apreciar en la infografía que publica The Guardian, la dificultad práctica radica en la ubicación de los asentamientos israelíes, que carecen de continuidad territorial y que se internan profusamente en Cisjordania. Como legítimanente señala el negociador palestino Abu Ala en uno de los Documentos, “No queremos vivir en enclaves”.

Sin embargo, lo que demuestran los Documentos es que con creatividad y buena voluntad, por la vía de compensanciones territoriales, habría sido posible encontrar un acuerdo que sea al mismo tiempo razonable y práctico.

A partir del reconocimiento de las fronteras de 1967, como correctamente señala en uno de dichos documentos Condoleeza Rice, el problema que habría que abordar es el de los territorios que las partes aceptarían que Israel anexara y las compensaciones territoriales correspondientes.

En las reuniones tripartitas de 2008 quedó acotado el problema de “anexamientos y compensaciones” a menos de 10 ubicaciones específicas.

La voluntad política de Abbas por lograr un acuerdo razonable y justo con Israel ha quedado de manifiesto en los Documentos. Arriesgando su base de apoyo político, el líder de la Autoridad Palestina ha realizado ofertas audaces y pragmáticas, incluso renunciando a legítimas aspiraciones históricas del pueblo palestino, a cambio de la paz.

Entre otras renuncias históricas, vale destacar que Abbas ofrece limitar significativamente el retorno de los palestinos desplazados por la Guerra de 1948 y que siguen viviendo en condición de refugiados bajo la protección de Naciones Unidas, los que se estiman entre 5 y 6 millones de desplazados. La negativa de Israel a permitir el retorno de los Refugiados Palestinos (la propuesta de Olmert, entonces Primer Ministro de Israel era de permitir el retorno de 5.000 refugiados y los negociadores palestinos hablaban de 10.000) resulta una cruel analogía con la propia formación del Estado de Israel y la Ley de Retorno que ha incentivado la repoblación de Israel por los judíos de la Diáspora. Lo que subyace a la negativa de Israel es evitar que se invierta la ventaja demográfica con la que actualmente cuenta.

La propuesta de la Autoridad Palestina para Jerusalén es también muy favorable para Israel, entregándole el control de todos los asentamientos de Israel en Jerusalén Este, con excepción de uno. En palabras del negociador palestino, “les estamos ofreciendo el mayor Yerushalayim (Jerusalén en hebréo) en la Historia”. Israel y Estados Unidos rechazaron este ofrecimiento.

Seguramente como parte de su estrategia para entorpecer lo avanzado de las conversaciones de Paz, Hamas intensificó el año 2008 el lanzamiento de misiles y morteros desde la Franja de Gaza bajo su control hacia el sur de Israel. La respuesta militar de Israel significó la ocupación de Gaza, la muerte de 1.400 palestinos y el bloqueo económico que continúa hasta el día de hoy. La Misión Especial de Naciones Unidas concluyó que Israel cometió “serias violaciones a los Derechos Humanos y a las leyes

humanitarias” y que tanto el Estado de Israel como los grupos armados palestinos cometieron crímenes de guerra y posiblemente crímenes contra la Humanidad. Esas acciones siguen impunes.

A partir del Conflicto de Gaza solo han habido retrocesos. El proceso de Paz impulsado por el Presidente Obama no ha logrado siquiera acercarse al punto en que quedaron las conversaciones el año 2008 durante el gobierno de Sharon. Por el contrario, la radicalización del gobierno de Netanyahu en alianza con el partido ultranacionalista de Liberman y el ortodoxo Shas han derivado en que la posición de Israel sea cada vez más lejana a cualquier posibilidad real de acuerdo. De hecho, como informa Haaretz, el canciller Liberman propondrá en los próximos días un acuerdo territorial “provisional” que signifique el reconocimiento de menos del 50% de Cisjordania para Palestina, lo que evidentemente es inviable tanto para los palestinos como para la comunidad internacional.

Es evidente la responsabilidad del Gobierno de Estados Unidos en que no se haya alcanzado un acuerdo viable a la fecha, y que una solución hoy parezca más lejana que tres años atrás. La debilidad de la administración Obama ante el Gobierno de Israel es manifiesta, seguramente por la presión del lobby israelí y su impacto en la política interna de los Estados Unidos. El haber fracasado en la mantención del congelamiento de nuevos emplazamientos en los territorios ocupados y el dar por “creíble e imparcial“ el informe exculpatorio realizado por Israel sobre el Ataque a la Flotilla del 31 de mayo del 2010 son expresión de la rendición incondicional de Obama ante Netanyahu y el lobby de AIPAC.

El discurso oficial de Israel en términos que ha carecido de contraparte para negociar la paz se diluye al absurdo con los documentos revelados. Israel ha tenido un más que dispuesto negociador al frente, como bien señala el artículo de Jonathan Freedland en The Guardian y el optimista editorial de Haaretz.

Pero Israel optó por la intransigencia, lo que en definitiva se traduce en desacreditar a Fatah y a la Autoridad Palestina. La derecha israelí ha preferido el lenguaje de la guerra, de los asentamientos ilegales y de negociar indirectamente con Hamas a golpe de misiles, asesinatos y terrorismo. Estados Unidos ha sido cómplice de este camino.

Como señala la Editorial de Haaretz del 25 de enero, “si Israel sigue insistiendo en la expansión de los asentamientos para fortalecer su posición como Estado, vamos a perder los últimos posibles aliados palestinos que podrían impedir su perpetuación (Israel) como un Estado aislado de la comunidad internacional”.

El esperable debilitamiento de Abbas y Fatah como consecuencia de la publicación de estos documentos, la consolidación de la extrema derecha de Israel en el poder y la debilidad de la comunidad internacional para actuar, especialmente por la complicidad de Estados Unidos con Israel, no permiten ser optimistas sobre la paz en el mediano plazo. Al menos ya tenemos claro quienes han sido y son los enemigos de la Paz.

Mientras tanto, nuestros parlamentarios “pro Palestina” y “pro Israel” turistean por Oriente Medio.

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