Alegoría rioplatense: reflexiones sobre una realidad posible

Con fraternal afecto por la querida Colonia del Sacramento

Este es un texto que escribí en junio de 2015.

Le preguntaron al Dalai Lama qué era lo que más le sorprendía de la humanidad y respondió:

“El hombre, porque sacrifica su salud para ganar dinero. Y cuando lo consigue, sacrifica su dinero para recuperar la salud. Y está tan ansioso por el futuro que no disfruta el presente. El resultado es que no vive ni en el presente ni en el futuro; vive como si nunca fuese a morir, y entonces muere sin haber vivido nunca realmente”.

Hermanadas tanto por la cercanía geográfica y humana como por compartir el mismo río que baña sus costas, Buenos Aires y Colonia tienen al menos un aspecto que las diferencia.

Caminando por el casco histórico de Colonia, la visión del río es atrayente, sobre todo si se piensa que es la misma que existe desde la fundación del lugar.

El contorno definido de la ribera, la relación natural entre el asentamiento humano y el espacio que lo circunda generan una sensación de bienestar, de nítida comprensión de la situación personal y social dentro del entorno.

Uno puede sentir que es parte del ambiente, un componente más en consonancia con la naturaleza del lugar.

Buenos Aires, o Ciudad de la Santísima Trinidad, tal como fuera bautizada, ha optado por el contrario por modificar su naturaleza, comenzando por su nombre, que como es sabido pasó a ser el de su puerto (que también mutó, en este caso de lugar).

Al ver fotografías antiguas de la ciudad se puede observar hasta dónde llegaba el río, y una vez que se toma contacto con esa realidad es imposible no tener presentes esas imágenes cada vez que se recorren ciertas zonas, sobre todo las más representativas o emblemáticas.

Esta diversa situación puede llevar a sacar varias conclusiones.

Una podría ser que, tomando como base la platónica Alegoría de la Caverna, prescindiendo por un momento de las características físicas del espacio allí aludido, ambas ciudades, en cuanto ámbitos habitados por seres humanos, ofrecen a sus habitantes una visión opuesta de la realidad.

Mientras Colonia refleja un estado de naturaleza que hace pensar en la serenidad, Buenos Aires, más allá de lo cuantitativo, es un lugar que de por sí produce una sensación de enajenamiento, de falta de identificación, de incertidumbre, de visión de algo impostado.

Uno no puede saber desde lo sensitivo si el lugar está en la ribera de un río o en el medio de una llanura.

Pareciera que alguien, desde concepciones políticas que hablan de la necesaria resignación de parte de nuestra libertad en pos de nuestra protección (Hobbes) o de la necesidad de morigerar los inconvenientes del estado de naturaleza, aún con una mirada contractualista (Locke), buscó protegernos y darnos lo necesario para nuestra vida de relación, afectando nuestra percepción de la realidad.

Así se puede decir que tuvimos momentos más Hobbesianos, como podrían ser los gobiernos de Rosas, los del primer Perón y otros que hicieron foco en la seguridad nacional e incluso el momento actual, cuando se plantea la necesidad de blindarse contra los enemigos de la Patria; y otros más contractualistas, como los tiempos posteriores a nuestra organización constitucional o los del radicalismo en todas sus variantes, más respetuosos de lo institucional en general.

Si prestamos una atención amplia sobre nuestra historia, podremos advertir que todos los intentos por adoptar decisiones o posturas deterministas terminaron chocando contra la ineludible realidad, que puede a veces expresar reclamos sociales genuinos, y otras ser la manifestación de factores de poder que buscan inclinar la balanza hacia el otro extremo, pero siempre se trata de componentes de lo real, que no puede eludirse de manera voluntarista.

Hoy asistimos a un esquema político complejo, que está en movimiento permanente, gestando nuevas identificaciones, pero que tiene como aspecto consolidado el mantenimiento de las reglas de juego básicas, que dicen que se vota el gobierno cada cuatro años y que no hay cortes institucionales a mano para torcer el rumbo.

El contractualismo quizás sea una buena base para mejorar, un marco lógico que permite ir reacomodando las piezas dentro del esquema que nos contiene a todos, y justamente por tener esa base asegurada, y para darle aún más consistencia, sería bueno pensar en aquello que los esquemas que desde lo racional buscaron proveer a la sociedad han ido relegando: nuestra vinculación espiritual con la realidad.

Lo espiritual no identificado con lo religioso (aunque es un buen complemento para el que tiene fe), sino con nuestra vida interior en contacto con lo que nos rodea.

Ese vínculo puede parecer algo secundario desde el análisis teórico, pero la realidad es que se suele soslayar el hecho de que como toda sociedad, la constituímos seres humanos, que vivenciamos de modo diferente lo que nos afecta en común, pero que compartimos experiencias que pueden verse positivamente afectadas dándole al entorno un carácter benevolente hacia nuestra vida, y que de ese modo puede modificar nuestra conducta, nuestra visión, nuestro sentido de pertenencia, nuestra voluntad y la creencia en nuestras potencialidades y en la posibilidad de modificar nuestro destino como sociedad.

Ojalá podamos revertir esa sensación de lejanía que la modificación de nuestro vínculo con el río expresa de un modo bien tangible.

El lugar común que compartimos puede ser el punto de partida para que sintamos el deseo de mejorar y de crecer, como país y como personas, libres, pensantes y solidarias.

Buenos Aires, 14 de mayo de 2017

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