Dos mapas del centro de São Paulo, superpuestos (1810–2016)

Dos mapas de São Paulo

Uniendo la ciudad moderna visitada y la ciudad antigua leída.

São Paulo (la ciudad que castellanizamos San Pablo) no es una elección obvia para unas vacaciones en Brasil: es una megalópolis de moles de cemento y gente que está siempre apurada para dirigirse a sus negocios, sin playas ni paseos reconocidos ni monumentos notables. O al menos eso dicen sus muchos detractores.

Pero yo creo que ningún lugar suficientemente grande y poblado puede ser aburrido, y me contento incluso con esa modesta clase de turismo urbano que consiste en caminar por avenidas notando detalles y diferencias (la forma de numerar las casas, las clases de flores que crecen en las macetas, la calidad y cantidad de los graffitis…).

En febrero de 2016 pasé, por tanto, seis días en São Paulo, en los cuales recorrí un ínfimo porcentaje de su inmensidad: la longitud de la Avenida Paulista, el Jardín Botánico, el Parque Ibirapuera, y un triángulo rectángulo más o menos delimitado por la estación de metrô de Sé, el comienzo de la Avenida São João y la Facultad de Derecho, más una escapada hasta el Mercado Municipal. Estas dos últimas incursiones fueron las menos satisfactorias del viaje, porque me llevaron al interior del centro bullicioso de São Paulo. Los puntos de interés que parecen cercanos en el mapa no lo están en la realidad, que es una trama confusa de calles sin escuadra, estrechas, repletas de gente que vende cosas a gritos, cercadas por edificios altos. Tal fue mi agotamiento al final del periplo que, sentado con mi esposa en una explanada sobre la Rua Líbero Badaró, decidí que no valdría la pena aventurarnos por Avenida São João para llegar a la mítica intersección con Avenida Ipiranga.

Días más tarde encontré en la Livraria Cultura en Av. Paulista un libro gordo de tapa blanda, A Capital da Solidão, de Roberto Pompeu de Toledo: una historia de São Paulo desde sus orígenes hasta comienzos de siglo XX. No fue sino hasta bien entrado el libro que comprendí cuánto me había perdido en ese paseo, que fue medio huida, a través del centro de São Paulo. Sin saberlo —o más bien, sin sentirlo— había estado caminando por calles tan antiguas como las más antiguas ciudades de la América colonial.

Hay un conocido mapa de São Paulo, fechado en 1810, cuya reproducción vi en algún lugar, y que luego encontré en internet con una excelente resolución. Orientado con el norte hacia la izquierda y centrado en el tramo medio de la actual Avenida Prestes Maia, cerca de la actual Praça do Correio, el mapa muestra una ciudad aún poco desarrollada, todavía concentrada en la colina donde tres siglos atrás los jesuitas habían decidido montar su misión, con el único criterio de encontrar un lugar alto para poder ver venir los ataques de los indios y que estuviese a la vez cerca de un curso de agua potable. Las calles marcadas en el mapa son ya antiguas en su época; no dejó de sorprenderme que tantas de ellas siguiesen existiendo. El gran cambio fue la transformación de la topografía. Pocas personas, imagino, podrían adivinar hoy sin ayuda que el centro de la ciudad descansa sobre una meseta de 25 metros de altura sobre el terreno circundante. Los bordes del Centro Viejo se desdibujan entre avenidas y viaductos. Las laderas antes escarpadas han sido alisadas; el sinuoso río Tamanduateí ha sido canalizado, rectificado y movido más al este, y nada queda de su afluente el Anhangabaú (al oeste de la colina). Donde estaban los terrenos pantanosos al sur de la colina y el llamado Largo da Forca (la plaza donde se encontraba la horca para ejecución de los criminales) se extiende el barrio de Liberdade, hogar de una multitud de descendientes de inmigrantes asiáticos.

Muchas cosas, sin embargo, siguen ahí, como levantando la cabeza entre las olas de urbanización a lo largo del tiempo: el hueco por donde la Avenida São João cruza el Corredor Norte-Sul, justo donde hace dos siglos un puente cruzaba el Anhangabaú; el monasterio de San Benito, al comienzo de la Rua São Bento; el antiguo monasterio de San Francisco, ya no lejos de convertirse (en la época del mapa antiguo) en la Facultad de Derecho; el Pátio do Colégio, donde se afincaron por primera vez los jesuitas y que fuera luego sede de gobierno y es hoy museo; las ruas São Bento y Direita, las únicas calles importantes en todo el centro viejo que son rectas y forman un ángulo recto en su intersección.

Recorte del mapa (girado 90°↷).

Superponer un mapa nuevo sobre el viejo, habiendo tantos puntos de referencia comunes, es en principio bastante sencillo: basta con efectuar las tres operaciones geométricas básicas de cambio de escala, rotación y traslación. En la práctica no es tan fácil trabajar con dos imágenes grandes y con multitud de detalles, como descubrí cuando se me ocurrió la idea de graficar estas transformaciones históricas. El resultado fue la imagen que encabeza este artículo. Se trata de un archivo JPEG de 3377×2589 pixels; la base es, como dije, el mapa de 1810, sobre el cual se proyectó una captura de un mapa moderno (obtenido de OpenStreetMap con gmapcatcher) al nivel máximo de zoom. El mapa antiguo tuvo que ser reducido a más o menos un 60% de su tamaño original; la imagen nueva fue girada 111° en sentido antihorario y recortada.

No todos los puntos coinciden a la perfección; no puede esperarse que la vectorización de un mosaico de imágenes tomadas desde un satélite respete las exactas proporciones de un mapa trazado a mano con herramientas de principios del siglo XIX. Pero los que sí coinciden son suficientes. En el mapa que encabeza este artículo están indicados con círculos de colores:

  • Rojo: Mosteiro de São Bento (Monasterio de San Benito)
  • Violeta: Ponte do Marechal (puente sobre el Anhangabaú, hoy parte de Avenida São João)
  • Azul: Pátio do Colégio (sede de la misión jesuita)
  • Naranja: Mosteiro de São Francisco (Monasterio de San Francisco, luego Facultad de Derecho)
  • Verde: Igreja da Consoloção (Iglesia de [Nuestra Señora de] la Consolación)

El mapa está alineado lo más precisamente posible con estos puntos y con São Bento y Direita, que están entre las muy pocas calles con nombre indicado (a posteriori y en lápiz) sobre el mapa de 1810. Se puede ver que la Rua Quinze de Novembro también está marcada (como “R 15”), pero no coincide con su trazado moderno; desconozco si esto es un error en el mapa o si realmente la calle fue vuelta a trazar. Notablemente, casi todas las calles que forman el centro antiguo son hoy peatonales, lo cual —¡problemas modernos!— me impide revisitar su recuerdo con ayuda de Google Street View.

Dudo mucho que el mapa doble sirva a un propósito práctico. Elaborarlo fue una compulsión mía, surgida de la notable impresión que el reconocimiento de la ciudad dejó en mi mente: la compulsión de transferir a un medio tangible, para fijarlo, la superposición entre ciudad moderna visitada en persona y ciudad antigua expuesta por la lectura. ¿Desatará en otra persona otra cadena de asociaciones?