Nuevas tecnologías, una mirada a la pantalla.

Trabajo presentado en la reunión Lacanoamericana de Montevideo 2015

El psicoanálisis en numerosas ocasiones me ha enseñado que una buena pregunta es significativamente más enriquecedora que una simple respuesta.

A veces, nos cuesta acercarnos a un determinado fin de una problemática particular, donde la demanda a dar soluciones nos incitan a responder perentoriamente. Condición opuesta a la enseñanza del psicoanálisis, la ciencia y la tecnología se centran en darnos respuestas más rápido de lo que podemos formularnos las preguntas.

Freud en “Malestar en la cultura” nos abre una senda por la cual comenzar a vislumbrar la pregunta que abre este trabajo: ¿Por qué la tecnología? En la obra citada, se puede leer como, la ciencia y la técnica son los trabajos (junto a la religión y al arte) que el ser humano tiene para sobreponerse de los “hartos dolores, desengaños y tareas insolubles” que la vida nos impone. “Desde tres lados amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, que, destinado a la ruina y la disolución, no puede prescindir del dolor y la angustia como señales de alarma; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras; por fin, desde los vínculos con otros seres humanos.”

Es en este punto donde el autor luego de hacer un recorrido por la forma religiosa, señala a la tecno-ciencia como la vía para intentar un rodeo y evitar esos dolores y desgracias.

Es así, que en ese afán de eludir aquello que nos aqueja como seres humanos, en esa intensa búsqueda de la felicidad (siguiendo el mandato del Principio del placer) es que el hombre se vale de los productos de la tecno-ciencia que él mismo ha creado para acercarse cada vez más a lo que cree es el fin de la desdicha. Dice Freud: “En tiempos remotos se había formado una representación ideal de omnipotencia y omnisapiencia que encarnó en sus dioses. Les atribuyó todo lo que parecía inasequible a sus deseos — o le era prohibido — . Es lícito decir, por eso, que tales dioses eran ideales de cultura. Ahora se ha acercado tanto al logro de ese ideal que casi ha devenido un dios él mismo. Claro que sólo en la medida en que según el juicio universal de los hombres se suelen alcanzar los ideales. No completamente: en ciertos puntos en modo alguno, en otros sólo a medias. El hombre se ha convertido en una suerte de dios-prótesis, por así decir, verdaderamente grandioso cuando se coloca todos sus órganos auxiliares; pero estos no se han integrado con él, y en ocasiones le dan todavía mucho trabajo.”

La imagen que pergenió tan agudamente Freud de este dios-prótesis, me remite al desvalimiento en el cual el niño se encuentra en el estadio que Lacan denominó del espejo. Allí, el infante es llevado a ubicarse en un plano imaginario, a reflejarse en una imagen que le devuelve una completud ficcionada, simulada. Es así como dice Lacan: “el estadio del espejo es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación; y que para el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se suceden desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad y hasta la armadura por fin asumida de una identidad alienante, que va a marcar con su estructura rígida todo su desarrollo mental.”

El intento incesante del hombre en el progreso de sus creaciones tecnológicas tendría por objeto suturar esa fragmentación que en la emergencia aparece como angustia, y que de algún modo es la expresión de la falta inherente en el hombre.

No parece fortuito que la frase que inaugura el drama humano por la falta, en la religión judeo-cristiana sea: «Seréis como dioses» (Gen 3,5). Ese fue el argumento decisivo que utilizó el demonio para que el primer hombre cayera en la tentación. Tentación de una completud que es a todas luces inalcanzable.

Llegados a este punto no parece casual que entre los grandes avances de los últimos tiempos, aquellos que denominamos nuevas tecnologías, de lo que se trate sea de la proliferación de pantallas.

Lo escópico ocupa un lugar preponderante en esta relación imaginaria con lo divino. Hoy no se trata solo de ser un dios sino verse como uno. Verse en una completud sin faltante alguna.

Lacan con el concepto de mirada, introduce aquí una hiancia entre el acto de ver y el objeto. Habla Lacan: “Desde un principio, en la dialéctica del ojo y de la mirada, vemos que no hay coincidencia alguna, sino un verdadero efecto de señuelo. Cuando en el amor, pido una mirada, es algo intrínsecamente insatisfactorio y que siempre falla porque… nunca me miras desde donde yo te veo. A la inversa,… lo que miro nunca es lo que quiero ver… la relación entre el pintor y el aficionado que evoque antes, es un juego, un juego de trompe l’oeil, un juego para engañar algo.”

Dice Harari: “De una forma u otra se establece una relación de asincronía, esto es, de desajuste, de no reciprocidad. Se produce un efecto de insatisfacción, de no completud, donde no se obtiene lo pretendido.”

La paradoja (que parece necesaria) es que en ese acto elusorio se da por sentado aquello que se quiere eludir. A partir de la mirada del Otro que muestra una imagen de cierta completud deja al descubierto la fragilidad que se quiere encubrir. Engaño que en cierto sentido tiene que ser descubierto, precisamente para ser denominado engaño. Como un velo que cubre sin tapar, como el indicio de algo que será otra cosa…

Hoy las pantallas nos dejan estupefactos e inmutables por la espectacularidad que nos dan a ver. Pantallas que por momentos nos engullen para sumergirnos en otros mundos (realidad virtual) o incluso que toman nuestro espacio circundante y nuestro cuerpo y lo modifican al antojo del programador (realidad aumentada). Pantallas que parecen querer mostrarlo todo y de espectadores que ansían verlo todo. Haciendo caso omiso a los velos de la mirada. Sostenidas en la fantasía de que todo es posible. De la suspensión de una lógica temporal que evite el antes y el después para mantener un constante ahora. No es otra cosa que reivindicar la idea Borgeana del aleph. En el Borges describe a uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos, donde allí puede verse todo lo que hay en el orbe, desde todos los ángulos y todo al mismo tiempo!

La tecno-ciencia parece habernos llevado a la idea de que todo es posible. De que si existe un límite, este puede ser continuamente corrido.

Hoy se asiste al espectáculo y a la necesidad de la totalidad. Siguiendo a Zizek: “En la medida en que los aparatos de realidad virtual (RV) pueden crear una experiencia de la realidad «verdadera», la RV socava la diferencia entre realidad «verdadera» y apariencia. Esta «pérdida de realidad» no se da solo en la RV creada por ordenador, sino que, en un plano más elemental, se encuentra ya presente en el «hiperrealismo» cada vez mayor de las imágenes con que nos bombardean los medios de información: cada vez percibimos más los colores y los contornos, pero menos la profundidad y los volúmenes: «Sin un límite visual no puede haber, o casi no puede haber, imaginería visual; sin cierta ceguera, no hay apariencia que se sostenga». Como dijo Lacan, sin un punto ciego en el campo de visión, sin ese punto escurridizo desde el que el objeto devuelve la mirada, no podemos «ver algo»; el campo de visión se reduce a una superficie plana y la propia «realidad» se percibe como una alucinación visual.”

Ahora cabe preguntarse si de lo que se trata hoy es de “eludir” la castración o de querer abolir sus alcances. Cuando estamos frente a una pantalla que nos demanda, que nos “pide” con cierta literalidad que realicemos una acción nos somete en el mejor de los casos a una operación de renegación. Utilizando la frase de Mannonni: ya sé que eso es una máquina pero aun así… Las experiencias inmersivas, de las cuales muchas de ellas hoy son moneda corriente, nos exigen como mínimo esa frase. El cuestionamiento hoy tiene que ver con que esa inmersividad, ese vínculo con la interface tecnológica se hace cada vez más realista y la renegación en ocasiones parecería no alcanzar. Las coordenadas que delimitan la ubicación del sujeto se diluyen y “la realidad” es cuestionada y puesta en duda por esas realidades alternativas. La cultura de la simulación ofrece la vivencia de experiencias, prometiendo una “alta fidelidad” con lo representado pero ocurre que en ocasiones lo que aparece es solo una sustitución de realidades.

Las preguntas que se formulan Zizek junto con cientos de cultores de la ciencia ficción sobre la interacción del hombre con la maquina parecen tener relación con esto.

¿Cuál es el límite de lo humano? parece preguntarse el protagonista de la película Blade Runner en la ambigüedad de tener que poner fuera de servicio a algunos androides y enamorarse de otro.

¿O cuál es la realidad? se preguntan en el film Matrix, cuando toda la “experiencia” humana es inyectada con neurotransmisores como vehículo.

Entonces;

¿Puede el discurso científico intentar no ofrecernos la continua posibilidad de eludir la castración? ¿Puede el hombre finalmente ser esquivo a su fatal destino?

¿Dónde se encuentra el límite?

Tal vez la labor del psicoanálisis sea la de escrutar estas modalidades de goce que están dejando de ser nuevas y que hasta cierto punto ya no tienen nada de lo novedoso sino más bien pasan a formar parte de la construcción de la cultura y por tanto del sujeto que las atraviesa.