Salís a la calle para ir al chino. Vas a comprar un pedazo de queso, unas aceitunas, escarbadientes… La lista no dice nada más.

Vas a improvisar un poco, que es lo que hacés siempre… recorrer las góndolas, saludar al chino que acomoda las latas de arvejas, mirar en el fondo el televisor viejo, que se ve muy mal…

Antes de llegar, en la esquina de la avenida, mirás las nubes. Sentís el aire… hay algo raro a tu alrededor… Te cruzás un tipo que viene mirando para tu lado y no te mira. El tipo no-te-mira pero viene mirando justo para donde estás vos… Pasás por al lado, sentís la mirada, te das vuelta y el tipo no-te-mira.

Llegando a la esquina ves la verdulería, a la que irás después de comprar las cosas en el chino, y están cerrando. Ya es tarde. Esta vez colgaste hablando por teléfono y es tarde. Vas a tener que comprar mañana esas manzanas que estaban tan ricas el otro día.

Y mirás de nuevo al cielo… las nubes quietas, parecen latir… La humedad de Buenos Aires está viviendo uno de esos días. Uno de esos días. Antes de cruzar, vienen muchos autos y pasa el 135 a pleno, volvés a mirar el cielo… O es el cielo que te está mirando. Algo tiembla, hay una vibración en el aire. O quizás sos vos… Imposible saberlo. Cruzás la calle cuando ya no viene nadie.

Comprás las cosas, te llevás de yapa unos chicles y un queso rallado, sobre chico, “el más barato” le decís a la china. Ella te mira a medias, mientras espía a través de las rayas del televisor. Está jugando Atlanta, contra no sabemos quién. A la china le encanta el fútbol, se lo preguntaste la última vez.

Salís a la calle, caminás por la avenida, cruzás y encarás por un pasaje. Si te acordarás el nombre… son tantos y algunos todavía te falta conocer… Volvés a mirar las nubes, parecen estar más bajas, más densas que hace un rato. La humedad helada, se te mete por debajo de la campera.

Y de repente, está empezando a llover…