¿Y si Gal Gadot es Wonder Woman?

Aviso: lo que viene a continuación es una valoración totalmente personal y como fan. No pretendo convencer a nadie sobre si una decisión de casting estuvo más o menos acertada.

Una vez leí que los fans de Spiderman no estarían satisfechos con ningún Peter Parker de imagen real hasta que Laurence Oliver volviera de la tumba para interpretar al superhéroe de Queens. En parte es cierto, por otro lado hay que reconocer que las elecciones de casting para encarnar al trepamuros han sido, por lo general, bastante cuestionables. No es un asunto sencillo el de encontrar una opción de carne y hueso de un personaje con el que el público tiene tal conexión, menos todavía si esa conexión es visual, como ocurre en el caso de los personajes de cómic. En los últimos 17 años, en lo que podríamos considerar la Era del Cine de Superhéroes Moderna, las múltiples representaciones en imagen real de los héroes de tebeo se han enfrentado siempre con un público reacio a permitir que nadie sea el personaje de sus sueños.

Con tanta experiencia acumulada, podemos hablar de los supuestos en los que la cosa sí encaja. Yo destacaría dos: cuando el actor se convierte en el personaje y cuando el personaje se convierte en el actor. Solo en estos supuestos ha aceptado el aficionado medio a un actor para interpretar a un personaje conocido. Como tercer supuesto podríamos afirmar que funciona cuando el personaje es un desconocido incluso para el lector de tebeos promedio, siendo el caso paradigmático el equipo de Guardianes de la Galaxia, muy alejado de sus encarnaciones en papel previas a la película, pero que debido a que ninguno teníamos demasiada idea sobre el equipo nos pareció más que bien gracias, también, al buen hacer del resto de elementos de la película.

Vayamos al primer caso: cuando el actor se convierte en el personaje. El mejor ejemplo reciente está en Chris Evans, al que muchos ya no podemos mirar sin ver al Capitán Steve Rogers. Esto se debe a varios factores: un físico muy apropiado (su elección parece perfectamente lógica en cuanto a su aspecto, y su trabajo para adquirir la forma física necesaria está fuera de toda duda), un arco emocional estupendo que ha hecho conectar a millones de personas con su personaje y ha permitido que traslademos ese afecto a la persona que lo interpreta, unas buenas películas que han evitado que aborrezcamos la encarnación del héroe que él representa y una entrega definitiva del actor por el personaje. En buena medida todos estos elementos son azarosos y, lo más importante, están profundamente alejados de las capacidades interpretativas de los actores. Otro caso reciente es el de Ryan Reynolds con Deadpool, donde la entrega del actor ha sido decisiva para que los fans disculpen su tropiezo inicial con el personaje y le demos una segunda (y más que bienvenida) oportunidad.

El segundo caso es que el personaje se convierta en el actor. Tenemos otro caso paradigmático en el Universo Cinematográfico Marvel: Robert Downey Jr. ES Tony Stark. No es cierto, claro, el personaje de Ironman ha tenido muchas interpretaciones y en la mayoría se parecía bien poco al actor, pero eso no ha importado. El actor lo ha hecho suyo hasta el punto de que la editorial se ha visto empujada a trasladar los cómics paulatinamente hasta asimilarlo. Por eso Stark está tan desubicado en Civil War: el Ironman de Civil War, el que se enfrenta con el Capitán América, es un personaje muy distinto al de Downey Jr. Normalmente esta asimilación necesita de un personaje de segunda fila, conocido pero cuya personalidad no esté en el foco del público general, y sobre todo de un actor con una historia y un carisma personal en el imaginario del público. Esta personalidad no tiene que ser necesariamente la real del actor, puede ser la de su interpretación más conocida antes de fichar para hacer de superhéroe, como es el caso de Benedict Cumberbatch, cuyo Dr. Extraño nos encaja como un guante porque es el Sherlock de la serie de televisión, que es la personalidad que para muchos de nosotros tiene Cumberbatch en realidad.

Por eso ocurren extrañas disonancias cuando actores muy conocidos fichan para hacer papeles de este tipo. Por ejemplo, cuando la explosiva stripper de Sin City (Jessica Alba) fichó como Sue Storm, un papel muy alejado de aquel rol y en el que los espectadores la sentíamos incómoda (aunque puede que no lo estuviera). En cambio, a todos nos pareció estupendo Patrick Stewart como Profesor X, porque ya le habíamos visto dirigir a un grupo de jóvenes variopintos como Picard en Star Trek. Estas cosas pueden salir bien o salir muy mal, especialmente si corres el riesgo de que el público no reaccione bien a que determinado actor fagocite al personaje que debería interpretar, algo que, por ejemplo, ha dividido al fandom marvelita respecto a Loki.

Quizá el caso más acertado, y más a caballo entre ambos supuestos, es el de Hugh Jackman como Lobezno. Por una parte, Jackman ha devorado al Logan original y lo ha reinventado, anulando su aspecto físico y moldeándolo a su imagen y semejanza durante casi dos décadas en los tebeos. Por otra parte, su dedicación al personaje (nada menos que 9 apariciones interpretando al canadiense) y el mimo con el que se le ha tratado en las películas de la franquicia, al menos en relación al resto de mutantes, le ha ganado un cariño incondicional que ahora que se retira ha supuesto un duro golpe para los intentos de mantener viva la franquicia que ha girado a su alrededor durante 17 años.

En ese sentido, DC no ha estado muy fina. Pasando por alto Green Lantern, el Batman de Bale ha sido siempre un elemento anecdótico y prácticamente nadie ha establecido vínculos serios entre el actor y el personaje, ni el aspecto de Bale ha dejado demasiada huella en el resto de encarnaciones del personaje, salvo un montón de chistes sobre su forzada voz de “dar miedo”. Su Superman ha sido una oportunidad perdida en toda regla, principalmente por la incapacidad del público de conectar con el personaje, que, como decíamos, es un elemento imprescindible para casar bien a actor con personaje. Y el Batman de Affleck, reconocido por muchos como “lo mejor de la película” de Batman v Superman, tiene todavía que demostrarle cosas al público, aunque nuestra percepción de Affleck es perfecta para el (terrible) Batman del DCEU.

Respecto a Escuadrón Suicida, además de que es insoportablemente mala, me parece que hay un buen acierto y un grave fallo. Por una parte, el acierto de Margot Robbie, una cara lo bastante desconocida como para poder implantarle la personalidad de una Harley algo más comedida de lo habitual y explosivamente sexual, lo único con lo que podíamos asociar la carrera de Robbie, cuyo papel más conocido antes, en El Lobo de Wall Street, era básicamente eso. Por contra, Will Smith como Deathshoot es un garrafal fallo, al ser una cara demasiado conocida y que, para el público general, está muy lejos de la personalidad de tipo duro que tiene su personaje, y más ligada a su papel en televisión o su personaje en 2 Policías Rebeldes (otro día hablamos de como Michael Bay NUNCA comete un error de casting).

¿Y Gadot como Wonder Woman? Pues resulta que muy bien. Valoraciones aparte sobre la película, Gadot logra hacer que veamos más allá de ella y podamos disfrutar del personaje de Diana en pantalla. No vemos a la actriz, vemos a la amazona. A eso ayuda el entrenamiento físico de la actriz para lograr el parecido físico que muchos no acabábamos de ver cuando se anunció su fichaje, sus rasgos exóticos que encajan a la perfección con su origen mediterraneo, y ahora, que tiene el mejor arco emocional de las 4 películas que llevamos en este Universo Cinematográfico.

No sé hasta qué punto una ex-soldado israelí con declaraciones a favor del genocidio palestino tiene la capacidad de convencernos de que es Wonder Woman, pero sí creo muy posible que ella consiga trasladar su lectura de Wonder Woman al personaje y que, poco a poco, pueda conquistar junto con Hugh Jackman, el trono como mejor elección de casting del mundillo pijamero.

(Otro día hablamos de Ian McKellen como Magneto, que me he quedado con las ganas).

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