El monstruo en los caramelos

El cuerpo es un punto cero. Como un tazón de caramelos. www.flickr.com/yvieyvonne

La nada es distinta al vacío. El vacío es una sustancia, no es la nada. Tampoco el cero es nada, es más bien un límite entre lo que está y lo qué no.

Es como el wuji, un estado primordial del universo. Sin diferenciación, sin polaridad. Sin tú ni yo. Antes de todo.

A veces es así. El cuerpo es un punto cero. Inútil, irreversible. Una oda o una patología.

Es como ese tazón de caramelos en la única mesa que está en la sala de espera.

¨Me podrías esperar, Darian aun no acaba”. La secretaria anuncia que hay que esperar. La sala es un rectángulo blanco, hay una gran ventana llena de luz frente a él.

El cuerpo es un punto cero. Como un tazón de caramelos

No es que no sean los caramelos una tentación, están allí. Un puñado de pequeñas bolitas multicolores, amarillas, rojas, azules, violetas. Ya puede escuchar el celofán entre sus dedos crashiando; amortizado por sus manos, entre sus manos, para no llamar la atención, y sin embargo no los toca. Languidecen allí en la caramelera. Inmóviles.

Como esa vez, que se quedó mirando el lomo del monstruo del charco. La pisada de alguien había modificado la superficie del charco. Y se quedó mirando sin querer, como las ondas se alejaban una tras otras, una tras otra de su predecesora, des-centrándose. A-lejándo-se de su quietud. Al revés de los caramelos, ellos estaban allí. Idénticos desde el comienzo de la sesión. En la mesa.

-Mjm, lo entiendo. Los caramelos no son el asunto de todas formas Nicólas.

Vayamos al punto. Qué es ese asunto del charco…

-No sé, no sabría decirlo, acaso, eso…eso mismo. El descentrarse…

-Es la especie de temor que tienes cuándo…

-A veces, ves, escuchas que es ese punto, donde todos hacen lo que cada uno debe, cada onda sigue a cada onda. Eso es todo. Eres lo que iba a ser, eso te da miedo, estar a las puertas de eso te da miedo…

-Y entonces…

Era como un bosón de higgs, ese momento inmaterial donde después de chocar se producía una partícula y su anti-partícula. Cada vez que te ves en el charco sucede eso. No hay manera de decidir que partícula eres.

Las ondas en el charco se repetían ancestralmente. Cada una desde siempre. Cada una, siempre la misma.


Ese monstruo acechaba allí, desde siempre, un satán azul.

yosha.tumblr.com

-Es una pollera azul, era azul, su pollera azul, que no bajaba más allá de sus rodillas.

-Ajá, entonces…

-Nos metíamos entre las farolas bajo las ramas y corríamos por un laberinto de luces y vitrinas que iban tonalizando su pelo casi blanco, hasta que nos alejábamos de todo.

-Para qué te alejabas?

-No lo sé, creo que la cosa tiene que haber sido, solo correr…que la cosa tiene que haber sido… solo correr.

El recuerdo de su piel mate. Jugábamos a olernos. Lo has sentido alguna vez… entiendes a qué me refiero? Necesitas eso. A veces las cosas, yo, tú, nosotros mismos debemos bajar a los sentidos. Con ella era olernos.

-En algún sentido animal…no?

-Sí, era cómo… pequeños monstruos infantiles.

-La palabra monstruo…vuelve a aparecer, qué sentido tiene para vos.

Los monstruos, los monstruos. Si buscas ahora, ahora mismo en el diccionario, creo que puedes ver que en el latín es una voz religiosa, que señalaba un prodigio, una especie de milagro, una suerte de suceso sobrenatural.

Monstruo, mons-truo, mons…de-mons-trare, mons-trar; mos-trar-se…Una especie de transmutación, no. Esta transmutación se apaga. Se enciende. Esto es la charca.

-Somos monstruos cuando nos mostramos, sería la moraleja?

-Somos monstruos cuando nos mostramos, sería la moraleja?

Así era, luego de olernos, ella solía salirse de sí. También se salía de mí. Se volvía a poner sus bragas y sus medias blancas. Se calzaba y se iba. A cualquier lado.

Se conocieron cerca de la costa. O nos conocimos cerca de la costa. Venía saliendo del bosque y la vió. Sus hermanos, dos tipos gordos y calvos se daban golpes entre sí y corrían en la arena. La dejó acercarse sin quitarle la mirada de encima y delante de él dibujó, en la arena mojada, un moño.

Cuando notó que la miraba, sonrío.

Esa tarde el mar estaba en calma.

Curiosamente de algún lado se escuchaba:

Your dress size with your wild lovely strides

And all along the street and lately the stories abound

They’ve dismantled the fun fair and they’ve shut down the rides

And they’ve hung the mermaids from the streetlights by their hair

And with wild lovely eyes you wave at the sky

And me at the high window watching the ride

The waves of blue and the waves of love

You wave and say goodbye”

El mar era como el charco. El tamaño de su vestido con sus pasos salvajes y preciosos era otro mar. Marejada.

Durante esa semana la buscó entre las plazas y parques, no volvió a la playa. No lo sabía entonces, pero ella tampoco lo había hecho.

Cerca de una feria, cuya atracción era una vuelta al mundo, que se iluminaba de azul al caer la tarde, sintió su perfume. En la calle, entre la gente. No sabía porqué, pero sabía que era su perfume. Sintió un vacío horrible. Se sintió convertirse de golpe en la charca. Sin sus ondas.

Luego. Varios días después, cuando menos esperaba encontrarla, la vio sentada en un café. Fumaba unos cigarrillos deformes y casi chistosos. Para ese entonces Susi era un mal recuerdo y la imagen del moño de arena se desdibujaba cada día entre las olas.

Pasó junto a ella y notó que la vez anterior había tenido razón, era su perfume.

Se sentó delante de ella, sin nada que decir.

La feria se desmanteló luego. Se fue el verano. Y eso pasó.

Ella dejó su vestido azul y lo cambió por unos jeans y una camisa. Su saco negro. Comenzaron las primeras discusiones. Ella se fue. Después volvió. Él se quedó sin trabajo. Ella se quedó entonces porque era una impiedad irse. El se acostó con una morena que vendía ácidos. Ambos comenzaron a consumir. La morena se mudó o algo así. Él se quedó con el negocio. Nick Cave perdió su hijo en un acantilado. La televisión no se enteró de todos ellos. Volvió la primavera. Ella, ahora se fue para no volver. Él comenzó a beber en la calle. Y no volver. El departamento se llenó de ratas, que se comían los libros viejos, que se acumulaban, ciegos, por ahí. Había uno en particular de tapas azules, una versión ecónomica de “Moby”. El charco abría su boca.

Afuera llovía. Hacía más de un año que no recordaban la playa.

Volvió el verano. No se porqué, él decidió, o fue cuando se lo llevaron detenido, que quiso volver a casa. Se reabrió la feria, la vuelta al mundo brillaba calle abajo.

Y ella volvió a su pollera azul. Y sus zapatillas bajas, sus medias blancas.

El tamaño de su vestido con sus pasos preciosos y salvajes se volvieron a ver en la arena.

El regalo se había perdido en la charca gigante, junto a las cabelleras de las sirenas.

De alguna manera ambos sabían que podían encontrarse en cualquier momento.

La sesión terminó. Nicolas, quieres un caramelo?

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