Dejaré el voto en casa
Hasta hace bien poco, a mí me apasionaba la política. Y recuerdo los lugares donde compré mis libros con los que me inicié en la filosofía política con afán de alimentar mi espíritu crítico. Unos en Marbella, otros en Madrid, un puñado en Pamplona y un último en Coruña. Desde Aristóteles y Platón, pasando por Hobbes y casi acabando con Weber, aunque siempre rematé la tarea con comunistas. O bien Marx, o bien Gramsci. Para buscar un propósito político, decidir qué hacer con un papelito cada cuatro años, quería tener un especial criterio. Una opinión propia que también venía con la información actual de cada día a sus espaldas. Y todo eso, cada día que pasa, me da más desesperanza. Me quita las ganas de votar.
Las ideologías ya no me denotan ningún sentido. Me suscitan el mismo problema que la cuestión del huevo y la gallina. ¿Qué fue antes, el individuo que cosechó las ideas para una causa o las ideas que cosecharon individuos para su causa? ¿O una causa que se justificaba al individuo inventándose ideas? Por eso me olvidé de esos trazos de óleo azul, rojo, naranja, morado y verde que siempre tiñeron el espacio político. Porque es muy cansino ver siempre todo del mismo tono. Porque yo quiero un lienzo nuevo, pinturas nuevas, más gama cromática y una brocha bien gorda que borre el fantasma de un Dorian Gray que parece inmortal en el Congreso de los Diputados.
Por eso, decidí ser práctico. Con perspectiva, escuchando, analizando y exteriorizando las cuestiones del Estado, sociales o relacionales, veía las cosas con más claridad. Me abstraía de mí para ver más adelante. Y no es que en mi cabeza habitara un juez que repartiera consentimiento a partidos o sistemas de ideas. Había un arquitecto, con otra visión, que no gustaba a nadie. Porque mezclar estilos en este país no gusta. O purismo o barbarie. Y esa filosofía me repugna. Me repele, no puedo evitarlo.
No pretendo ser un mesías, esto no va a ir de soluciones. Si es lo que buscas, querido lector, fuera de este texto hay infinidad de cosas mejores que puedes hacer. Cierra esto. Escribo en días previos a unas elecciones para decir que ya basta. Que aspiramos a más. Que nos merecemos más.

Se me quitan las ganas de votar porque me agotan los debates electorales, las tertulias, las campañas y el puto marketing. Sabemos de qué va cada quién, la gente no es imbécil. Sé que, si eres liberal, vas a querer ganarme con una bajada de impuestos y, desde la espalda, el socialista me tentará con servicios públicos e impuestos altos, mientras los extremos me zarandean con palos y antorchas. Os conozco a todos, y ninguno me gustáis, porque sois ganadores.
El síntoma del ganador es claro. Ganas, haces lo tuyo y te vas. Y el próximo que venga, hará lo mismo. Y así hasta la saciedad. Nada es estable, con la cantidad de problemas que eso acarrea. Cuando descubrí que en Dinamarca tenían un sistema fiscal consensuado y enarbolado por la totalidad de los partidos políticos, no me lo podía creer. Bien es cierto que el otro aspecto común de los daneses es el rechazo extremo a la inmigración no europea, ¿pero os imagináis un solo punto positivo que nos una a todos? ¿Tan inviolable como los impuestos daneses para su consecuente uso en unos servicios públicos excelentes? Ni de coña, porque los daneses son competidores. Frente a nuestro sistema de constantes cambios según quien habite la Moncloa, ellos optan más por, con lo que tienen, ver quién es mejor haciendo política.
Es como el reciclaje de papel. Un día es esto, mañana será otra cosa. Y tal asunto me lleva a pensar que, de cara a Europa, donde somos fuertes, nunca seremos competidores. Porque nos faltará un proyecto común que nunca verá la luz por la constante apatía frente al diferente, la infinita superioridad que creen tener algunos impresentables en lo moral y en lo laboral, y porque somos un ganado muy triste.
Nadie en este nuestro país se ha dignado a hacer políticas originales. Siempre son las mismas. Más censura o menos censura, unos contratos u otros, esta ley que deroga a la anterior u otra más porque no sabemos legislar… siempre el mismo reciclaje. Y el reciclaje tiene a veces un punto de vista un poco negativo pero que, favorablemente, aplicaré aquí, y es que muy frecuentemente se ve como basura. Y así veo las directrices de nuestros líderes (si es que se merecen ser llamados así), como basura. Porque en estos tiempos, echaré de menos partidos que hablen seriamente, por poner ejemplos, de ecología para contener la enfermedad del mundo y evitar que sea más agresiva, planes culturales para que no nos comamos un Notre Damme 2.0 con nuestro extenso y rico patrimonio y que se pueda promocionar y disfrutar como merece, un plan de acción contra mafias de inmigración cooperando con los países de origen, la docencia en nuevas tecnologías obligatoria para su uso responsable y ético, debates biomédicos… y no veré nada, porque nos vendaron los ojos y nos enseñaron que no necesitamos más. Pero queremos más. Hacen falta nuevos debates, nuevas cuestiones y un exacervado espíritu exigente para que ello exista.
No quiero decir que no hay que procurar el bienestar en materias económicas, sociales y de inmigración, pero sí quiero señalar que me parece insuficiente. Que podemos aspirar a mucho más. Ignoro el momento en el que nos enseñaron a dejar de soñar con algo mejor y que no podemos con todo. Con la cantidad de funcionarios del Estado que se dedican al gobierno de este territorio, que mantenemos con nuestros impuestos, qué menos que exigirles más, porque para algo se dedican a la política. Y si no, que hubieran buscado otro oficio. Pero si decides defender y representar a los ciudadanos, creo que hacer presentes las peticiones y los sueños que tengamos es una obligación que debería marcar toda agenda.
A mí ya se me ha pasado la tontería del nacionalismo, el patriotismo y la madre que los parió a todos. Porque sin un gran proyecto, sin un gran sueño y una gran esperanza, los colores que lleve alguien en la bandera con la que quiera dar golpes en el aire me da exactamente igual. Esa bandera está vacía de cualquier símbolo, y la persona que la blande será una carcasa política que todos los partidos estarán ansiosa de llenar con su basura, si es que no lo han hecho ya. Creo que es hora de dejar de pensar en qué hacer en España y empezar a fijar horizontes más grandes. Somos uno de los grandes países mundiales, estamos en el top 10, y quien crea que no podemos aspirar a más se equivoca. Pero es hora de que los pusilánimes suelten las riendas y las cojan los héroes que estén dispuestos a dejarse la piel no ya por su país, sino para contribuir con el planeta. Porque no estamos solos.
No voy a votar el próximo día 10 porque estoy harto de que me digan que, por lo menos, escoja al mal menor. Y ya es hora de decir basta, porque no voy a ser cómplice de la perpetuidad de un sistema obsoleto que no ayuda a nadie. No voy a permitir que la perennidad de lo mediocre sobreviva, porque es una enfermedad, y las enfermedades hay que curarlas. Porque no quiero que me sigan vendiendo el oro y el moro, porque ya no me lo trago. No voy a ser la sonrisa de Casado ni el orgullo de Iglesias, y mucho menos las marionetas de Rivera y Sánchez. Ni que decir tiene que tampoco seré el legionario de Abascal. No votaré porque aspiro a más, porque no dejo que me engañen y porque el poder de cambiar las cosas pasa por un cambio tremendo que no se divisa en el horizonte. Y mientras nadie me ofrezca más, no votaré. Y si nunca llega ese momento, siempre diré que más se perdió en Cuba y volvimos cantando.
Siempre veré más útil, en los tiempos que corren, el no votar. Si ellos quieren que les demos trabajo, que nos den más. Es hora de exigir, no de otorgar por las buenas. Mi voto es muy valioso, como el de todos mis conciudadanos. Y eso se gana. El último paso lo damos nosotros, y para darlo, hay que apretarles las uvas, sacarles todo el jugo. Y si el vino que vamos a beber es malo, no hacemos nada con el. Que fermente de nuevo hasta que sea exquisito. Y una vez lo sea, entonces elegiremos beberlo. Mientras, yo seguiré con mi caña de siempre.
