Bienvenidos al desierto de lo real: una explicación biográfica al #YoTeBanco

1.
Un instintivo pudor me aleja de las campañas de apoyo o rechazo a una figura política en redes sociales: dudo de su utilidad, me parece un gesto débil frente a la voraz fábrica de prejuicios que es Twitter, trato de ser respetuoso con amigos que piensan diferente (aunque ellos sean los French y Beruti del comunismo) y, esto es clave, hasta hace pocos años no sentía identificación real con ningún ser humano con voluntad de gobernar. Lo cierto es que, en estos días difíciles, sentí el impulso de subir la foto que encabeza este posteo para darle algo de sentido a esa conversación con uno mismo que es toda red social.
No sé en qué momento comencé a sentir simpatía por Mauricio Macri. Tuve una etapa, hacia el 2007, en el que lo imaginaba tal como lo imaginan hoy miles de personas: un millonario montado sobre un vacío oculto por toneladas de globos de colores. El desmadre kirchnerista, profundizado tras la falsa épica del “conflicto con el campo”, transformó a mis amigos en un vasto e interminable Komintern en el que los prejuicios más extraños sobre la economía y la política se consolidaban. Cerrar las importaciones, anular el comercio exterior, ponerle un cepo al dolar, tolerar la inflación más alta del planeta, destruir la estadística pública, consolidar a un tercio de la población bajo la línea de la pobreza, subsidiar la luz y el gas de los departamentos de Recoleta, pagar fortunas para transmitir Godoy Cruz-Aldosivi a cambio de propaganda agresiva contra la oposición, entre otras cientos de cosas, eran fatalmente naturalizadas por universitarios y personas que, en otros aspectos de su vida, me resultaban inteligentes. ¿Por qué? La respuesta es compleja pero arriesgo irresponsablemente cuatro razones a las que puedo llegar siendo yo también, fatalmente, argentino: la legendaria seducción del nacionalismo (esa teoría importada de Escocia), la fluidez de un dinero sin valor, el rol del estado como agencia de empleo y una visión infantil de la economía, muy arraigada en una cultura nacional proteccionista que siempre ve en los “poderes concentrados” a los líderes en las sombras de una vasta conspiración contra el país.
Buenos Aires, la ciudad, comenzaba a mejorar su infraestructura, su transporte y la calidad de vida de sus barrios otrora periféricos. Escuché a Macri en algunas entrevistas en las que explicaba detalladamente su visión sobre el país y, para mi asombro, me sentía totalmente identificado con sus ideas. Hay que decirlo, no eran nada extraordinarias: un país liberal que gaste en relación a lo que gana, que pueda competir con el mundo, que tenga una agenda progresista y en el que el estado sea un medio para que las personas hagan cosas geniales y no un fin en sí mismo.
Recuerdo una reunión de amigos en La Plata, en septiembre de 2015. Para los que no conocen esa ciudad, juntarse con personas de 30 años criadas al calor de la universidad debe ser similar a un asado con Bulganin, Trotsky y Lenin. Deslizar que votaría a Macri era ir contra un sentido común muy afianzado y generó una suerte de estupor. De nuevo, ¿por qué? Quizás valga la pena abandonar, por unos momentos, el ejercicio banal de la sociología y volver a la historia con el riesgo de parecer pretencioso. Me ayuda la sombra de Antonio Escohotado, uno de los mejores filósofos de economía del mundo, que dice que la alegoría de la caverna de Platón es el inicio de una vasta discusión de occidente: una utopía controlada que recorta libertades o una libertad que nos enfrenta a la dura posibilidad de perderlo todo. Atenas contra Esparta, Adán y Eva saliendo del paraíso, Jim Carey pegándole a una pared que imita al cielo en The Truman Show. Escohotado dice que los países pendulan una y otra vez entre libertad y orden, realidad y utopía, dos impulsos atávicos que luego se disimulan bajo toneladas de burocracia.
Argentina está en un trance utópico hace décadas. El país es un sueño en el que la soja nos financia un progresismo del primer mundo mientras, a 10 minutos del Congreso, más de un tercio de la población no tiene cloacas o agua corriente, la educación es una catástrofe y guardar el auto de tu casa después de las ocho de la noche incluye la posibilidad de un corchazo. La cercanía o la distancia a ese sueño de clase media no se mide con kilómetros sino con el precio del dólar, cruel metáfora de nuestra baja autoestima. “Bienvenido al desierto de lo real” le dice Morfeo a Neo en Matrix, haciendo referencia a la obra platónica en el preciso momento en el que el héroe escapa de la ilusión y afronta la cruda verdad que, en el cíclico caso nacional, llega cada 10 o 15 años y luego se sepulta bajo toneladas de billetes de alta denominación y bajo valor, como nosotros.
Para Argentina, en el 2018, llevar a cabo un agenda de cambios perfectamente lógica y necesaria es equivalente a desembarcar en Normandía durante el legendario dia D. ¿Por qué? “El gasto se consolida” dijo hace poco un compañero de trabajo. Cuando el error se vuelve negocio, cuando la incapacidad se transforma en un modo de subsistencia, cuando el proteccionismo es menos una estrategia que un seguro contra terceros, el problema ya no es solamente económico sino social y cultural. Estamos totalmente dispuestos a esconder un I Phone X en la valija cuando viajamos a Grecia pero nos parece demencial poner 500 pesos mensuales para que mejore la Universidad, que hoy subsidia a la clase media alta mientras los resultados de la escuela primaria (a la que asisten las personas más vulnerables) son los peores del continente. Estamos totalmente dispuestos a ahogar con impuestos a las empresas que, por ende, dejan de crecer y generar trabajo, para subsidiar a la gente que no tiene trabajo. El sentido común nacional es un misterio que se celebra en Instagram y se llora en Twitter. Por suerte, no son pocas las personas que entienden que es necesario hacer un cambio radical y evitar el “hecho maldito argentino”, las crisis cíclicas y la permanente sensación de naufragio. El país gasta un caudal de dinero que no logra generar y que se fabrica vía deuda o inflación. La solución de la izquierda a estos problemas es previsible. Otros piensan, me incluyo, que hacer un largo esfuerzo por el bien de todos, empezar ese famoso ajuste que nadie menciona como los judíos temerosos no mencionaban el nombre de Dios y lo bautizaron Yahvé, puede ser una salida.
2.
No hay que pedirle ajuste al famoso 30%, por supuesto. Su existencia fue primero negada por funcionarios cuyo nombre no quiero recordar y luego aceptada a regañadientes por una sociedad que comenzaba a ver muy cercano el final de la revolución imaginaria. Para el resto quedan pequeñas acciones de una micro política posible: pagar 20 pesos más por el colectivo o poner 1000 pesos más para la luz y acercar la tarifa local a la que se paga en el resto del universo sin que eso genere un llamado a las armas. En el interior eso ya sucede hace años, por supuesto, pero en en un bar de la calle Lavalle están los que toman decisiones a dos mesas de los que las critican y eso genera una suerte de inmunidad. Es probable que el ajuste nos quite poder adquisitivo pero con una moneda estable tal vez sea más fácil tomar créditos y comprar una casa, ese mandato de nuestros abuelos que ellos pudieron cumplir con trabajos muchos menos buenos que los nuestros.
Es probable que muchos piensen, mientras leen este texto, que ese sacrificio que nadie pidió hacer ya se está sintiendo en los salarios de docentes, el precio de la nafta y otros cientos de temas. Es verdad. Algunos sindicatos demoran el cierre de la paritaria para desgastar el salario y la imagen del gobierno, otros tienen los sueldos atrasados hace muchos años, subsidiar el precio del petróleo implica transferirle dinero a las petroleras en lugar de ponerlo, por ejemplo, en obras de infraestructura. Como puede verse, áreas vastas y gigantescas de la economía y el trabajo dependen del estado o, mejor dicho, reclaman el dinero del estado para sobrevivir. Pero, ¿quién pone el dinero? Leí hace pocos días un artículo de opinión de Marcelo Zlotogwiazda en la que expresa algo que parece un lugar común de la inteligencia local. Después de que el presidente Macri anunciara impuestos a las exportaciones del campo, la minería y los servicios, el analista dice que “en los hechos, lo que van a aportar los que en la Argentina tienen más capacidad es tan poco, que las palabras del Presidente pierden buena parte del sentido”. Decir esto es ser completamente ignorante al modo en que trabajan las empresas y las personas, que siempre tienden a cuidar su dinero y a sacarle la mayor rentabilidad posible. Frente a la inflación, la volatilidad del dólar y los altos impuestos, en el marco de un mundo globalizado, es fácil para cualquier compañía instalarse en Paraguay o Uruguay y operar lejos de un país que pide tributos más altos que sus vecinos. Es increíble que recetas que fracasaron desde los tiempos de Roma sean expresadas en un siglo XXI al que Argentina no termina de llegar.
El ajuste no es únicamente una variable de la economía, es la comprensión de que los gobiernos administran el dinero pero no lo fabrican. John Kennedy lo expresó a la perfección en un discurso inaugural convertido en cliché: “ask not what your country can do for you — ask what you can do for your country”. Lo cierto es que, si esa frase fuera parte de un discurso presidencial, sería repudiada por las mentes brillantes del progresismo. El ajuste es dejar de pensar que el estado es la solución mágica a todos los problemas. Aunque la política económica tiene una influencia innegable, también es falso que, si a una empresa le va mal, la culpa es de un remoto presidente. Terragene, IPH, Dimare, Tel Mec, Cintolo y cientos más que conocí en estos años superan las crisis cíclicas porque su horizonte es el mundo. ¿Por qué pensamos que deberíamos tener el poder adquisitivo de un ciudadano estadounidense si producimos catastróficamente menos? Si se toma el valor de todos los bancos argentinos más todo YPF, más todo Aluar, más todo Loma Negra, más Edenor, todas esas empresas juntas valen menos que Snapchat.
Muchas personas suponen que el problema nacional es el exceso de políticas liberales. Nada es más falso. El problema es justamente opuesto: tal como entona la marcha peronista, estuvimos durante muchos años combatiendo el capital y nos ha ido muy bien en esa obstinada misión.
El problema de no hacer un ajuste es que ese ajuste terminará sucediendo, tarde o temprano. Eso estamos experimentando en estos meses. La dependencia del crédito para pagar nuestras cuentas nos dejó expuestos a la guerra comercial entre Estados Unidos y China, que lleva a la administación Trump a elevar la tasa de interés y golpea especialmente a los países emergentes como Turquía, Sudáfrica y, por supuesto, Argentina.
3.
“El gobierno cometió errores”. La frase es verdadera, por supuesto. Hay algo en la organización interna de los gobiernos liberales y su laxitud que pide a gritos algo del verticalismo militar del peronismo. Los recursos humanos de este país son menos sofisticados de lo que pensamos y repartirlos en tres organizaciones gigantescas (ciudad, nación y provincia) generó que muchas personas poco capacitadas llegaran a cargos demasiado altos. Por otro lado, el optimismo de los primeros meses creó, a la distancia, una expectativa que nunca se pudo cumplir y que hoy pesa como una sombra sobre la gestión.
No son pocos los que pidieron un ajuste inmediato. Respeto su posición pero pienso que es equivocada, aún con este horrible diario del lunes y el dólar a 39. Achicar bruscamente el estado, dejar a un grupo enorme de personas sin trabajo, propiciar el cierre de empresas poco competitivas, subir las tarifas de un día para el otro, sería posible si los inversores llegaran de inmediato a generar empleo y recuperar el ciclo de crecimiento. Entiendo que eso no hubiera pasado, primero porque tras años de inestabilidad incluso los más optimistas hubieran esperado un tiempo prudente, luego porque gran parte de la masa laboral argentina no está calificada para trabajos del siglo XXI y eso también es un esfuerzo conjunto y paciente. El gradualismo era frágil, como se demostró, pero a su vez parecía la única opción posible.
Estamos en un momento muy importante para la historia argentina. No hacer las correcciones necesarias para que el país crezca sin depender del exterior implicaría un retraso fatal en un momento histórico en el que la tecnología y la ciencia crecen de manera exponencial. Dos años perdidos hoy son demasiados años de atraso en el futuro. Mauricio Macri enfrenta un dilema que tendrá el próximo presidente, sea él mismo o Pichetto, Massa, Solá, Rossi, Urtubey, Fernández o Duhalde. Todos deberán pensar que hacer con el gasto y con la agenda exigente que la tecnología y la ciencia le imponen al siglo XXI. Chile, Perú, Paraguay, hicieron las correcciones necesarias y, aunque la vida sigue siendo dura, lograron estabilidad. Dormir tranquilo no tiene precio.
4.
“Las últimas décadas en la Argentina se han caracterizado por cambios muy bruscos y muy frecuentes de la política económica que muestran una oscilación pendular entre dos corrientes antagónicas: la corriente expansionista o popular y la ortodoxia o el liberalismo económico. La corriente popular refleja las aspiraciones de las grandes masas de la población. Sus ideas en materia económica reconocen la influencia del modelo keynesiano y del nacionalismo económico. Sus principales objetivos son la distribución progresiva del ingreso y el pleno empleo. Se recurre al manejo de los grandes instrumentos -fundamentalmente del tipo de cambio y de las tarifas de los servicios públicos- en función del objetivo prioritario de evitar que aumente el costo de vida. El segundo objetivo se logra asegurando un alto nivel de demanda. Las etapas expansionistas suelen comenzar con el aumento de los salarios reales, el crédito barato, el incremento de la actividad económica y una euforia en el sector industrial y comercial. Sin embargo, en la mayoría de las veces esta etapa no dura mucho. El déficit fiscal crece, la balanza comercial se desequilibra, aparece el desborde sindical, surge el desabastecimiento y se acelera la inflación. El proceso culmina en el agotamiento de reservas en el Banco Central y en una crisis de balanza de pagos. La expansión se detiene y sobreviene una situación económica caótica. A medida que pasa el tiempo aumenta la oposición de los estratos influyentes de la sociedad y, finalmente, sobreviene la caída del equipo económico del gobierno.
Aunque la corriente popular admite algunos errores y excesos, tiende a minimizar su importancia, y como justificación principal de su fracaso alega la insuficiencia del poder popular para manejar los resortes clave de la economía y la resistencia de poderosos grupos económicos. La caída de la corriente popular provoca siempre un brusco vuelco hacia la ortodoxia económica basada en la teoría neoclásica de la economía, tal como ésta se enseña en las universidades del mundo occidental.
Por estar identificada con lo ‘serio’ en la economía, la ortodoxia resulta afín al pensamiento de lo que puede considerarse como la ‘opinión ilustrada’ nacional e internacional, incluida la de las instituciones financieras internacionales y de los principales medios de difusión. Es así que las políticas ortodoxas reflejan el pensar y el sentir del sector agropecuario, del financiero, del exportador tradicional y, algo paradójicamente, de una gran parte del industrial. El acento se ve puesto sobre el orden, la disciplina, la eficiencia, el equilibrio del presupuesto, el ahorro, la confianza y la atracción de los capitales del exterior y las virtudes del sacrificio popular.
En general, la respuesta de los ortodoxos frente al problema son paquetes de medidas que involucran una brusca devaluación, un aumento de los ingresos agropecuarios, una caída de salarios, restricción monetaria, recesión y un deliberado esfuerzo de atracción de capitales extranjeros. De acuerdo a las afirmaciones de la ortodoxia, la recesión y la caída de los salarios reales no serían más que perjuicios momentáneos que corresponderían a un período inevitable de sacrificio, necesario para ordenar y sanear la economía. Gracias a tal sacrificio, se crearían las bases para el despegue y el crecimiento en un beneficio del conjunto de la población.
Hasta ahora este despegue nunca concretó. Puede haber ciertos éxitos al comienzo. La inflación, que siempre aumenta inicialmente a raíz de la devaluación, más adelante suele disminuir; los capitales financieros afluyen del exterior y los salarios reales en parte se recuperan. Pero en algún momento del proceso sobreviene una crisis de confianza. El flujo de capitales se invierte. Los préstamos que habían ingresado comienzan a huir. Se produce una fuerte presión sobre las reservas de divisas, una crisis en el mercado cambiario y una brusca devaluación. Caen los salarios reales, disminuye la demanda, la tasa de inflación otra vez aumenta vertiginosamente y se vuelve a caer en una recesión, más profunda aún que la anterior.
La reacción de la ortodoxia frente a su falta de éxito ha sido siempre similar a la de la corriente popular. Aunque admite errores, atribuye siempre su fracaso a la insuficiencia del poder político para efectuar el saneamiento necesario en la administración pública para eliminar las empresas ineficientes y para mantener los salarios deprimidos por un tiempo suficiente como para que se genere un proceso de autosostenido crecimiento”.
Un amigo me envió hace algunos días este texto de Marcelo Diamand escrito en 1983. Recuerdo haberlo leído durante mis años universitarios por recomendación de un profesor de la facultad de derecho, Gabriel Di Marco, uno de esos silenciosos conservadores argentinos, cultos y educados, encorsetados por el pudor que les da vivir en este país que grita. El título del libro es demasiado ilustrativo: El péndulo argentino, ¿hasta cuándo?
5.
A pesar de las injusticias que prevalecen, todos los datos indican que el mundo nunca fue un lugar más confortable desde la salud, la alfabetización o la pobreza. La solución al drama nacional no es encerrarse y culpar a los fantasmas de la oligarquía, a los banqueros o cualquier otro personaje construido por la paranoia nacional. Entre los progresistas locales está muy extendida la idea de que el liberalismo es imposible en Latinoamérica. No coincido. La economía es una ciencia social, es decir, es el reflejo de lo que hacemos todos nosotros. Llevamos en nuestras manos una ventana al universo que vuelve inútil todo intento por hacer prevalecer la tribu por sobre la gran sociedad conectada. Nuestro país tiene recursos humanos extraordinarios que no deberían intimidarlo frente al resto del mundo. Es casi una cuestión de autoestima: la Alemania de 1930 probó que todo nacionalista es un tipo con el ego destrozado.
Muchos odian a Mauricio Macri porque es sencillamente millonario, otros porque es un monumental aguafiestas, otro porque viene a decirnos con su rostro pétreo que lo que se rompe se paga. Macri, acaso por última vez, es el tipo que nos puede despertar del sueño que subsidia películas sobre la pobreza mientras crea pobreza. En la medida en que haya libertad, toda experiencia democrática va a ser felizmente caótica. Macri es un dique de contención frente el avance cíclico de aquellos que dicen estar en contra de la globalización porque, en verdad, están contra las repúblicas más o menos formales.
Bienvenidos al desierto de lo real.
