Crónica de un asesinato

Lo he matado. Tenía que hacerlo.

Si hubieras estado en mi lugar también lo habrías hecho. O al menos, pienso que deberías haberlo hecho.

Nació el mismo día y creo que a la misma hora que yo.

Me ha acompañado en casi todos los momentos clave de mi vida. Siempre estaba ahí para recordarme lo poco que soy y lo mucho que él es. O era.

Cuando comenzaba en el colegio, ahí estaba él para recordarme que siempre me iría mal. Los trabajos de primaria siempre me saldrían mal. Y a él siempre bien.

En la secundaria pensé que por fin acabaría con su compañía. Esa larga relación que había minado mis primeros doce años de vida.

Pero no, volvió a aparecer. Pese a que hice algunos cambios que podrían haber funcionado. No cambió nada.

En el bachillerato hubo momentos en los que pensé que se había apartado de mí para siempre. Pero un verano, al poco de terminar el curso escolar, apareció de nuevo. Y está vez para no desaparecer nunca.

Le hablé de que o cambiaba su actitud y forma de tratarme o jamás podríamos ser amigos.

Siempre he sido un hombre de paciencia. Con todas las personas a las que he tratado me he comportado con pausa y atención.

Pero él, no.

En la Universidad casi consigue venderme. Luchamos en numerosas ocasiones. Nunca llegamos a las manos, no es su estilo. A él le interesa más la sugestión y el duelo de palabras.

Terminé mis estudios y comencé mi vida laboral. Ahí estaba él.

Muchas veces tuve ocasión de entrar al debate dialéctico. Pero siempre lo rechazaba.

Pasaron los años y aunque a veces la tentación de volver a tratar de cambiarle volvía con mucha fuerza, tomé la decisión de no oírle.

Hasta el año 2016. Se pasó tres pueblos. Me dijo cosas que nadie merece oír. Ni en sus días más míseros uno merece semejantes reproches.

Y me dejó casi tumbado.

He de decir que me levanté y aunque por poco me vence, conseguí distraerle con palabras que ya conocía. Quizá él pensó que había ganado. Que volvería a tenerme en su terreno y que haría conmigo lo que quisiera.

Y desde fuera podría pensarse que así era.

Pero yo tenía preparada la última y, espero, definitiva batalla.

A los que acuden con argumentos lógicos y diatribas de naturaleza fría y calculadora hay que tratarlos con fuerza y sin miramientos. Volver al calor del corazón para que sus indeseables tormentos, casi inhumanos, nos dejen en paz.

Y ayer lo maté.

Si, he matado al hombrecillo gris y pesimista que me ha acompañado estos treinta años de mi vida.

Las heridas de la batalla siempre estarán ahí, pero serán la marca que me recuerde que siempre hay que estar alerta y prestar batalla.

Te cuento esto porque quizá a ti también te haya acompañado ese hombrecillo frío y calculador, el pesimista que todos llevamos dentro.

Para que te hagas un favor. Mátalo.

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