EL LLAMADO

(Lc 9, 51–62)

En este domingo meditamos sobre el dinamismo entre el llamado y una respuesta que cada uno de nosotros debemos de brindar, un llamado que nos exige una vida radical por el Señor.

Puedan sonarnos, un poco duras las palabras del Señor Jesús. Seguir a Jesús es vivir como Él vivió. No se trata de acomodar el cristianismo a nuestra propia medida, sino de responder como nos enseña nuestro Maestro. Es bueno la autenticidad aunque implique la exigencia y es claro que no podemos arrancar las páginas incomodas del Evangelio.

En la Palabra inspirada, vemos como el Señor Jesús, se aproxima a Jerusalén. Ir a la ciudad santa, significa afrontar la muerte. Él sabe lo que le va a suceder y sin embargo no se amilana; y así nos enseña lo que es la radicalidad en la vida del cristiano.

Las lecturas que meditamos el día de hoy nos hablan de las distintas actitudes que podemos tener frente al llamado que nos hace el Señor. El primero que se le acerca al Señor, muestra una gran decisión de seguirlo. Le dice: “Te seguiré‚ a donde vayas”. Ante, este acto de generosidad, el Señor lo acepta como discípulo; pero antes le advierte: “los zorros tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Como bien nos enseña, el mismo Señor:”el discípulo no puede ser más que su maestro”. Lo que le está diciendo, es que si quiere ser su seguidor, tendrá que tener una disponibilidad total. Optar por el Señor, significa desapegarse, de todas las cosas que nos alejan de Dios.

El segundo, caso, es distinto al primero. Es el mismo Señor Jesús, quien lo convoca. Le dice: “Sígueme”. En este situación, responde, el convocado: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”. De esta respuesta podemos, deducir dos posibles actitudes.

La primera, es la de poner excusas, para no seguirlo. En realidad, a lo mejor este hombre no quería seguir a Jesús. No estaba dispuesto a no “tener donde recostar su cabeza”. Su apego por las cosas de este mundo, era tal, que pone a lo mejor excusas contundentes; como la de “ir a enterrar a su padre”. Aquí vemos reeditada la misma actitud del joven rico; pero sin su franqueza. El joven rico, por lo menos le dijo al Señor francamente que no quería seguirlo.

En esta respuesta también podríamos encontrar otra actitud. Es posible que este hombre quiera seguir al Señor, pero no en ese momento. Se trata de los que posponen el seguimiento. Son de aquellos que se dan licencias para no responder al Plan que Dios tiene. Quieren seguirlo, pero, en un tiempo posterior. Lo que no se da cuenta este hombre, es que a lo mejor no llegue ese tiempo. Los motivos pueden ser muchos. Puede ser, que más tarde, no tengamos la disposición interior para acogerlo, pues todo tiempo de negación de Dios, inevitablemente nos endurece el corazón; o sencillamente nunca tengamos el tiempo para responderle al Señor. Cuando Dios nos convoca, es ese precisamente, el momento en que tenemos que responderle.

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