El Padre Amoroso

Lc 15,1–3.11–32

En el Evangelio de este domingo se nos manifiesta de una manera preciosa la imagen de Dios Amor. En esta parábola que meditamos, aparece simbólicamente, el Amor que Dios Padre Celestial, nos tiene a nosotros los hombres.

Es sorprendente el amor que nos tiene el Padre. Que increíble la figura paternal, buena y bondadosa, en la parábola del “Hijo Pródigo”. No se trata de un padre despreocupa­do; sino por el contrario, está siempre pendiente de ese hijo que había dejado el hogar por irse a un país lejano. Cuando lo ve regresando, corre al encuentro de su hijo, lo llena de besos y lo recibe en su casa.

Tanto es el amor que Dios nos tiene, que no quiere dejarnos por ningún motivo desamparados. Quiere que vivamos el mismo amor que Él vive. Nos creó para que participáramos de esa comu­nidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo. Hemos sido creados por el amor y para el amor. Como bien afirma el Papa Francisco: “Dios no espera sino “da”, no habla sino “reacciona”. No hay sombra de pasividad en el modo en que el Creador entiende el amor por sus criaturas. Dios, nos da la gracia, la alegría de celebrar en el corazón de su Hijo las grandes obras de su amor. Podemos decir que hoy es la fiesta del amor de Dios en Jesucristo, el amor de Dios por nosotros, el amor de Dios en nosotros.” (Homilía en la casa Santa Marta el 27–06–2014)

A pesar de saber, que somos seres, para vivir en comunión y participación con Dios y con los hermanos, nosotros los hombres, haciendo mal uso de nuestra libertad, optamos por el pecado; que en buena cuenta es la negación del amor. Nos volvemos necios y emigramos a “un país lejano”, entrando así, en la tierra de la desemejanza. Vivir lejos del amor de Dios y los hermanos, nos destruye y nos hace perder el sentido, de nuestra vida. Como en la Parábola del Hijo Pródigo, nos “animalizamos” y vivimos la angustia de no estar en la casa del Padre.

Hoy el Señor nos está llamando, para que, de la misma forma que el “Hijo Pródigo”, entremos en nosotros mismos y descubramos que ya no podemos seguir viviendo en la tierra del pecado. Tan sólo ser un jornale­ro de la casa del Padre bastaría; pero el Señor, no quiere eso para nosotros. Nos recoge desde nuestra iniquidad y nos invita a que gocemos de las maravillas de su amor.

El Papa Francisco explica este Evangelio, destacando la bondad entrañable del Padre:

“El Padre ve al hijo de lejos porque lo esperaba. El padre, agregó, “subía al terraza todos los días a ver si el hijo regresaba. Esperaba. Y cuando lo vio, corrió” y “se le abalanzó al cuello”. El hijo había preparado las palabras que iba a decir, pero el Padre no lo deja hablar: “Con el abrazo le tapó la boca”:
 Éste es nuestro Padre, el Dios que nos espera. Siempre. ‘Pero, padre, yo tengo tantos pecados, no sé si Él estará contento’. ‘¡Prueba! Si tú quieres conocer la ternura de este Padre, ve hacia Él y prueba, luego me cuentas’. El Dios que nos espera. Dios que espera y también Dios que perdona. Es el Dios de la misericordia: no se cansa de perdonar.” (Homilía de Santa Marta. 28–03–2014)

De la misma manera que lo realizó con el Pueblo judío, Dios quiere darle una casa digna a quien peregrina a su encuentro.

La sola consideración de vivir la experiencia del amor, y participar de la casa de Dios, debe hoy, llevarnos a dejar todo pecado: que es la muerte para nosotros. Como la Bienaventurada Virgen María, hagamos de nuestra vida un “hágase”. Ella nos muestra lo bello que es gozar del calor de la casa eterna.

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