Estad preparados

(Lc 12, 32–48)

En la Epístola a los Hebreos, el Apóstol de Gentes, nos muestra, lo que es auténticamente la fe. Nos enseña: “La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve”.

Como Abrahán, que parte sin saber a dónde va; así también, noso­tros debemos ser peregrinos hacia la Patria Eterna. Mediante la fe, ponemos nuestra confianza en el Señor. Como Santa María en la Anunciación, procuremos nuestra vida sea un “hágase” y confiemos en el Señor.

El Señor Jesús nos invita en este Evangelio a mantenernos firmes y vigilantes. En estas cuatro parábolas, aprendemos a que siempre debemos permanecer alertas, pues el día y la hora no la conocemos.

En esta invitación encontramos diversos simbolismos. Jesús usando figuras semíticas nos proclama: “Tened ceñida la cintura y encendi­das las lámparas; vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda para abrirle apenas venga y llame.

Con las ropas sueltas el judío contemporáneo a Jesús descansaba, tenerlas ceñidas es estar preparados para el trabajo. El mismo significado tiene el hecho de permanecer con las lámparas encendidas durante la noche, que implica tener una actitud vigilante.

¿Estamos preparados, para cuando nos llegue la muerte?

Si comparamos nuestra vida terrena, con la eterna, poco es el tiempo que nos queda, para convertirnos y responder al Señor. El día de mañana, para algunos es probable que no llegue: hoy es el momento de responderle a Dios.

Como nos dice la Escritura, el Señor, se aparecerá delante de nosotros como el ladrón que llega de noche. Por todo ello es que nosotros, deberíamos estar en gracia, “porque a la hora en que menos pensemos vendrá el Hijo del hombre”. El Señor debe encon­trarnos, siempre preparados para cuando Él llegue. Al final lo que cuenta es la grandeza de nuestro amor.

Tal es la solicitud que debemos tener; que el Señor compara a los que están alertas, con el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas.

Debemos mantenernos, siempre cumpliendo con el Plan de Dios. Nuestra entrega debe ser generosa en las cosas de Dios. Los detalles y las pequeñeces si importan. Si somos infieles en lo poco, también lo seremos en lo mucho. Si el Señor nos encuen­tra, haciendo el bien, cuando venga, nos pondrá simbólicamente al frente de todos sus bienes. Ese bien será la vida eterna. Por otro lado, tenemos, también, que recordar, que “al que mucho se le dio, mucho se le exigir; al que mucho se le confió, mas se le exigirá.”

En ese sentido es muy bello lo que nos muestra el Salmo 32:

“nosotros aguardamos al Señor:

El es nuestro auxilio y escudo;

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

Como lo esperamos de ti”.