LA VIUDA DE NAIM
(Lc 7, 11–17)
Meditamos esta semana sobre un acto lleno de amor y misericordia como lo fue con la viuda de Naim.

¿Cómo se habrá, sentido Jesús, rico en misericordia, ante esa viuda que enterraba a su hijo, en Naim?
A esta pregunta responde el Papa Francisco:
“Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. Cuando encontró la viuda de Naim, que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte (cfr Lc 7,15).” ( Misericordiae Vultus, 8)
La mujer estaba golpeada en lo más hondo de su ser, ante la pérdida de su único hijo. ! Enterrar a un hijo debe ser uno de los dolores más grandes que una madre puede experimentar. Es como arrancarle algo de su propia persona!
Esta mujer, como dice la Sagrada Escritura, se hallaba rodeada de “un gentío considerable de la ciudad”. En medio de tanta gente, vivía la soledad más absoluta. Había enterrado a su esposo y este era su hijo único.
Este drama humano, impacta profundamente al Señor. Nos dice el Evangelio inspirado: “Al verla el Señor, le dio lastima y le dijo: `No llores´”.
Hoy el Señor se topa como mucha gente quebrada como consecuencia de la realidad del pecado, causa y origen de todos los males que se suscitan en medio de nuestro mundo.
Vive el dolor humano y se conmisera en el corazón de una madre desgarrándose Él mismo. Esto es preámbulo de su propia pasión, en el altar de la cruz. Percibe ya el corazón de su madre penetrado por la espada del dolor. Y también como anticipo de su propia resurrección, va al ataúd y dice: ¡Muchacho, a ti te digo levántate!
Y aquel que experimentaba la muerte, nace a la vida: “El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre”.
Una vez más palpamos el triunfo de la Vida, que nos trae el Señor, sobre la muerte del pecado. En nuestro mundo dolido aparece la esperanza que adquiere un horizonte distinto ante la promesa de la Eternidad.