PESCADORES DE HOMBRES

(Jn 21, 1–19)

Hoy meditamos, sobre la tercera aparición del Señor a sus discípulos, luego de la Resurrección.

Se manifiesta el Señor también a nosotros en medio de la frustración de nuestras noches oscuras e infecundas — como sucedía con los discípulos luego de no haber pescado — . El está ahí a la orilla de nuestra vida alentándonos y mostrándonos esperanza.

Nos relata la Sagrada Escritura, que los discípulos salieron a pescar de noche y no pescaron nada. Jesús se presenta a la orilla y les pregunta: “Muchachos ¿tienen pescado?” Como no habían pescado durante la noche, la respuesta fue negati­va. Jesús los invita a echar sus redes y pescan tanto que “no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces”.

Muchas veces en la oscuridad de la noche, de nuestra existencia, vivimos la soledad y el abandono. Al no tener horizonte nos llenamos de desánimo, como ocurría con los apóstoles. La presen­cia del Señor Jesús, cambió sus vidas y los que vivían en la oscuridad descubren el amanecer. Descubren en la esperanza un camino para sus vidas. Como aquellos discípulos, vivamos llenos de la alegría Pascual que nos trae el Señor Resucitado.

A los que pescaron peces que morirían; ahora Jesús, les da una misión, la de dar la vida, a tantos que habían optado por la muerte. Jesús conocía las debilidades de Pedro y de sus discípulos. A esos hombres frágiles, los escoge para la misión de pastorear. Igualmente, también a nosotros nos llama el Señor al apostolado.

Muchas veces cuando la Iglesia nos recuerda que debemos ser apóstoles de Jesús, ese llamado nos parece extraño o que sólo lo pueden seguir los sacerdotes o los religiosos. Pero esa apreciación responde más a una visión mediocre de lo que es la vida cristiana y el mensaje reconciliador del Señor Jesús. Ser apóstoles es expresión de nuestro compromiso con el Señor, pues sólo si realmente creemos podremos dar testimonio de aquel que dijo de sí mismo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. (Jn 14,6).

Por otro lado, nos olvidamos de la gracia que el Señor brinda para esta misión. En efecto, con nuestras solas fuerzas no basta.

Como María, respondamos con amor al Plan que Dios tiene para nosotros y sepamos responder como Pedro, si nos sentimos débiles o frágiles, respondamos con sinceridad, abiertos a la gracia.