Peones negros y autocrítica

Un par de años antes de la victoria de Zapatero en las elecciones de dosmilcuatro, mi colega Bruno y yo nos liábamos un petardillo en la Puerta del Sol. Lo hacíamos por vicio, el descojone era escuchar a ZP aquello de “somos la mayoría” pero ahí estábamos en la Huelga General que le hicimos a Aznar y era un éxito. De hecho, Aznar se metió su decretazo por el orto unas semanas después porque, como todo el mundo sabe, las huelgas no sirven para nada.

A ese maravilloso día le siguieron muchos otros: las movilizaciones contra la LOU con los antidisturbios sobándonos bien el morro y sus “Pilar del Castillo es nieta del caudillo; las del “No a la guerra” con Madrid a reventar como nunca antes lo había visto y una semana y otra y qué alegría que por fin sale la gente a la calle y qué cojones hace una batucada aquí; la gestión del Prestige y pedir días libres en el curro y buscar una forma de ir y qué malditos y el puto ministro de cacería.

Porque aunque no lo creáis, antes del 15M, también nos manifestábamos.

El domingo de las elecciones, Madrid amaneció triste, jodida y con doscientos vecinos menos. Los malnacidos ministros del PP (tampoco esa condición es nueva lo siento de veras) querían que los muertos se los contabilizaran a ETA como si así nos fuesen a doler menos y por primera vez en mi vida ví a mi viejo ir a votar, “A mi ya me la clavó Felipe”­solía decir.

En los barrios de la periferia no hay demasiada peña que corriese delante de los grises como nos cuentan por la tele que si libertad y democracia y mierdas de ese estilo. “Cuando se aburrían venían en un furgón lleno y nos corrían a hostias” aquí hubo represión y palos y hambre y la gente estaba demasiado preocupada por sobrevivir como para preocuparse de esas cosas. El recuerdo al miedo de aquella época era la cara de mi madre viendo el recuento. La derecha perdía y yo me iba a brindar con el Bruno y los demás y mi vieja que “hijo, que se va a liar, que estos tienen muy mal perder” y seguro que se acordaba de su padre.

Fue una victoria agridulce, mucho más agria que dulce. Yo ni siquiera había votado a ZP, nadie en aquella casa en la que abríamos cartones de Don Simón a cascoporro como si no hubiera un mañana lo había hecho, pero era una victoria.

La derecha no se tomó demasiado bien aquella derrota y es que, estaba claro, ZP y la orquesta mondragón y los putos perroflautas (tampoco inventaron ese término por vosotros) se habían confabulado para robarles el gobierno con un atentado atroz que cambiara el curso de la historia de España. Y así nacieron los inefables Peones negros que pedían verdad y justicia y no sé cuántas polladas más. Entendiendo por verdad todo lo que les saliera a ellos de los cojones con tal de no admitir que la nefasta gestión del partido al que, casualmente, todos los peones negros había votado les había hecho perder las elecciones mucho antes de la masacre de los trenes. Un auténtico despropósito.

El caso es que el domingo pasado el miedo no cambió de bando pero los peones negros ahora son morados y las teorías de la conspiracíon judeomasónica en contra de la nueva izquierda post15M se multiplican en relación directamente proporcional a la ilusión vendida por los partidos/producto del cambio: que si pucherazo, que si gerontofobia, que si los rojos, que si es que estos rebañaprepucios no nos votan porque son gilipollas. Una serie de lindezas dignas del mejor de los fascismos.

Llamadme loco, si veis que tal, pero es que hace dos años que no hay una gran manifestación en todo el estado, va para cuatro años que no hacemos una Huelga General (con la que nos ha caído esta legislatura), se viene un recorte de ochomil millones de euros y esta nueva izquierda sólo muestra que decía estar muy preparada, preparadísima, y seguramente lo estaba. Para todo menos para la derrota que eso es muy de pobres.

Y como esta nueva izquierda reniega de todo lo obrero, de todo lo que huela a pobre, también reniega de la autocrítica.

Estas han sido las terceras elecciones generales después de aquel 15M que sacó por primera vez a la calle a toda una generación y esta es la tercera vez que la derecha gana las elecciones.

Llamadme loco, ya os digo, no me importa una mierda pero mientras esta nueva izquierda sigue a lo suyo con sus autofelaciones, algunos recordamos que una vez estuvimos en la calle y al menos pudimos brindar una noche por el trabajo bien hecho, aunque el vino nos supiese a mierda.

Pero como queráis, podemos dejarlo para después del verano, que ahora hace mucho calor. Y pasar calor es de pobres.

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