Estrés por eructo.

Entre los aeropuertos y yo siempre ha existido una relación de amor y odio.

Los amo por qué puedes comprar cosas baratas, el tax free. Los odio por qué siempre hay gente corriendo para todos lados o gente perdida y con poca coordinación para manejar una maleta tan grande, encima van caminando rápido. Vaya combinación.

También los odio por qué es muy difícil encontrar buena comida, hasta el Carl’s Jr. del aeropuerto sabe peor que un Carl’s Jr. en cualquier otro lado.

Naturalmente, cuando escuche que mi vuelo estaba retrasado entre en pánico, lo que menos quería era pasar más tiempo en ese lugar del que ya tenía previsto. Más tiempo en el aeropuerto era menos tiempo de vacaciones.

Hable con una de las chicas del mostrador y pregunte muy sutilmente cuál era la situación, como no queriendo saber, me he dado cuenta que así es más fácil que te digan las cosas.

Por fin, después de algunas evasivas, llego la respuesta verdadera. Todo estaba bien, el avión estaba listo, cargado y cumpliendo todos los requisitos, hasta las maletas ya estaban adentro.

El problema era el piloto, me dijo la chica del mostrador. ¿Que tipo de problema? El piloto tenía aire en su estomaguito y estaba haciendo un papelón.

Lloraba como el bebé que era, gritaba, pataleaba y se le salía la baba sin darse cuenta. Le dije a la azafata que yo podía arreglar eso, bastaba un par de palmaditas en la espalda y listo, y si eso no funcionaba, haríamos ejercicios con sus piernas mientras está acostado.

Ya, es que es un piloto muy joven, me dijo apenada aquella chica del mostrador. Les daré su recomendación y en seguida regreso.

Pasaron unos minutos y regresó muy apresurada esa chica del mostrador. Me buscó entre la gente y dijo, Santo remedio, pueden pasar.

Después de este estrés por eructo sucedió mi segunda cosa favorita de los aeropuertos. Amo esas cosquillas que te dan cuando empiezas a levantar el vuelo.

Disfruto mucho poder ver una ciudad desde esa perspectiva.

Las ciudades se ven tal y como son. Sin oportunidad de disfrazar. En esta ciudad en particular había un tráfico terrible, miles de cochecitos de plástico, lleno de bebés al volante.

Ente el caos, se veía un muy lindo patrón colorido de toldos de miles de coches little tikes haciendo filas interminables en el periférico de aquella ciudad en particular.

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