MEDIAS PERSONAS.

Todos los días conozco a medias personas. Seguramente ustedes también. Y si no, probablemente sean una de ellas.
Son radiantes, brillantes e intensas. Vibran diferente, pero nunca dejan de hacerlo. Son personas que están, que laten, pero que están hechas de personas que se fueron.

Las medias personas son seres que se fueron con alguien que se fue, que desprendieron su otra mitad en una pérdida. Que se fueron en dolor, en lágrimas, en desesperación.

Medias personas fuimos, somos o seremos todos. Nadie está exento de partirse en un adiós.

Lo que vemos, lo que somos, es un remanente. Un restito. Un pedacito que sobró después de habernos dejado amar por ese ser que tuvo pasaje en un vuelo anterior al nuestro. Y que cargó en su equipaje con la mitad de nosotros.

Duele. Duele el alma, duele el cuerpo, duelen las cosas, las fotos, la ropa, la casa. Duele el amor. Como concepto, como acción, en la carne, en los huesos, en la mente. Duele.

Cuando pienso en los que se fueron, lo cierto y real es que yo no sé. No sé cómo ni por qué la gente se va.
Se van. Así nomas. Te aman, te cuidan, te enseñan, te ayudan, te crean y después se van. Tajante. Definitivo. En seco. Sin explicar. Sin avisar. Sin dejarse abrazar por última vez.

Desaparecen. De la vista, del olfato, del gusto, del tacto, del oído.

Vidas paralizadas.

Cada vez que alguien se va, nace una media persona de las que les contaba.

Nace una media persona porque una gran parte de nosotros nunca sale adelante. No lo hace simplemente porque en ese sentido, en esa dirección, el otro no está más. No quiere recordarlo, no se conforma con mirar para atrás. Se queda ahí. Se instala en el dolor. Se hace uno con ese instante de partida. Se estaquea en esa fecha, y abandona al otro medio ser que hace lo imposible por continuar.

Ese otro ser, esa media persona que cierra los ojos, no escucha, no nada, camina enceguecido para adelante buscando algo que le ayude a creer. Algo a lo que aferrarse. A creer que las personas, nuestras personas, esas que la vida nos arrebata, siguen estando. Ahí, adentro suyo. En su familia. En su mascota. En el aire, en ese olor, en esa canción. En ese chiste, en ese dicho, en esa receta. En esa novela, en ese deporte, en ese actor. En ese gusto de helado, en ese libro marcado en esa página, en ese color. Está. En esa gente que besa y abraza haciendonos sentir protegidos como lo hacía el que se fue.

Las medias personas entienden que el dolor los curte, pero no los coarta. Pueden mirar al cielo y llorar, llorar a los gritos, pero también reírse, porque están vivos y porque conviven con el desafío de dar a conocer al que se fue, constantemente. Porque si algo nos dejan nuestros seres amados cuando se van, es el deber de que cada vez que alguien nos conozca, conozca un poquito de ellos a través nuestro. Y eso... eso se llama amor.

Para todas las increiblemente fuertes medias personas que la vida me puso en frente. Y las que no también.
Por la valentía que implica el solo hecho de seguir viviendo.
Para mi mamá especialmente.
Gracias por la fuerza.
Te amo abuelo.

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