19s una crónica personal

Mi nombre es Mauricio González, nací en México el 22 de abril de 1991. Seis años después del sismo de septiembre 19. Esto es importante porque desde que cursé el pre-escolar cada año teníamos al menos tres simulacros.

Se nos enseñaba dónde escondernos, cuando salir, cuando no salir, a qué paredes pegarnos. No grito, no corro, no empujo.

Ahora entiendo que uno de los mensajes que vienen en estas acciones es: “No te preocupes, el edificio va a aguantar. Es más seguro que caer por las escaleras. Todo va a estar bien”. Eso y que la alarma sísmica tiene cierta cualidad de que cuando estás en una rutina normal no recuerdas como suena pero en el instante en el que la escuchas entras en un estado de alerta diferente. Casi Pavloviano.

El primer sismo que recuerdo me tocó en la escuela, habría estado entre cuarto y tercero de primaria. Quizá menos, recuerdo que mi salón estaba en el primer piso y nosotros a penas íbamos a subir de receso cuando empezó a temblar, así, sin más, sin alarma y sin aviso y estábamos en las escaleras. Lo menos seguro de todo lo seguro en un momento así.

Así que corrimos hacia abajo y nos sentamos en el patio a esperar. Y recuerdo con claridad que el sismo hacía que los grandes bloques cuadrados que componían el suelo del patio, líneas en el concreto, se abrían y cerraban durante el sismo. Y no pasó nada. Nos llevaron a las casas pero al día siguiente todo normal porque no había pasado nada. Estaba bien, el 85 nunca iba a volver a pasar.

Y es que en cada sismo que he vivido en la ciudad de México eso siempre era verdad: Ningún derrumbe, ningún muerto, todo bien. Siempre todo bien. Y luego, justo en el momento en el que estoy por ser papá, se repite. Y mi esposa en su salón y yo en el mío. Yo no sabía en qué salón estaba. Nosotros en la universidad, nos asustamos, pero no pasó nada.

La encontré y luego de poder pensar en otra cosa que no fuera encontrarla puse la radio en mi celular. Otra escuela, una primaria, se había caído muy cerca de ahí.

Me quedé helado, era la 1:30, a esa hora primarias y secundarias siguen en clases.

Varios amigos fuimos a que rescataran a su gata de sus edificios y de ahí, mi esposa, un amigo y yo, fuimos a mi casa. Quería ver que todo estuviera bien y también recoger a mi gata. Mi amigo se llevó mi bicicleta para revisar a su perro y su casa. Nosotros revisamos la casa, tomamos las cosas que ya tenemos preparadas para los sismos, metimos a la gata a su transportador y salimos a la calle a esperar a mi amigo.

Esa podría ser cualquier historia de los medios tradicionales, centrada en mi y mis pequeños problemas. Así que es necesario que sepan que desde que escuchamos la noticia del Colegio Rebsamen y lo replicamos entre los universitarios que estábamos desalojando en conjunto todos mis amigos los marihuanos respondieron al instante “TENEMOS QUE IR A AYUDAR” y no la dudaron. Se fueron a Coapa, a Galerías, al Colegio Rebsamen y en los lugares llegaron antes que cualquier ayuda del gobierno y no se detuvieron ahí.

Es necesario que visualicen que mientras nosotros caminábamos hacia La Cebada (esa colonia de Xochimilco en la que vivo) el resto de mis vecinos venían de allá. Todos con bicicletas o palos y picos o mochilas con víveres o medicamentos. Nadie salía con las manos vacías. Los bicitaxis estaban dando servicio gratuito a las mamás y papás que fueran aras recoger a sus hijos. Y lo que más veías eran jóvenes. Gente de mi edad y quizá cuatro años más grandes.

Veías moverse a todos a los que nos dijeron que no iba a volver a pasar. Que las casas aquí son seguras, que estamos haciendo lo que tenemos que hacer para estar seguros. Y el mismo día del simulacro, llega el real. Hasta metafórico podría parecer. El suelo se movió y sin pensarlo, sin siquiera contemplar otra opción se fueron a ayudar, a ayudar a esa gente que como nosotros creímos que no iba a volver a pasar y que le fallaron, como a nosotros mismos.

La historia que ahora tiene fotos de los chavos limpia-parabrisas que al instante dejaron su semáforo para ayudar. Los viejitos, el chavo en silla de ruedas, la perra Frida y todos los otros perros de rescate. Los de los tacos de pastor, los narcos, la marihuana en la caja de galletas.

Las botellas de agua pavimentando las calles de los acopios. Tanta agua, tantísima que parecía el mar, en envases de 500 mililitros.

La historia ahora tiene fotos de los diez minutos de ayuda de Anahí y de las dos toneladas de víveres que compró Alan Pulido, de quien sabemos que lo hizo porque alguien le tomó una foto en el supermercado.

Mientras tanto a mi me empezó a entrar una frustración que he visto que le surge a muchos de mis amigos y amigas que no tienen una forma de ayudar moviendo escombros. Una culpa terrible de sentir que podrías “estar haciendo más”, ese “me siento inútil” que se te queda atorado en la garganta que te atormenta y te dice que eres una mala persona por no estar haciéndolo. Entonces una voz dentro de mí se pasaba el rato dicéndome que era un egoísta por no agarrarme los huevos y dejar sola a mi esposa para ir a ayudar, que ella iba a estar bien. Pero no, yo quería y tenía que estar con ella. Es mi prioridad y mi familia.

Entonces nos acostamos, con la gata a un lado. Nos acostamos y dormimos. Quizá fue más el querer no estar despierto, quizá fue querer poder despertar para decir “todo fue un mal sueño”, quizá fue el bajón de adrenalina pero caímos rendidos. Dos horas que se sintieron como una eternidad.

Despertamos cuando el sol empezaba a marcharse. El miedo de nuevo. Desde el sismo no había luz y no volvió mientras dormíamos. Guardamos a la gata en su transportador. No íbamos a quedarnos aquí, solos, sin luz. Tomamos las mochilas que seguían listas, tomamos a la gata y llegando a la esquina, sin dudarlo fuimos primero a casa de mi mejor amiga Nancy. Nancy es nuestra vecina, vive a tres cuadras de nuestro departamento y ni mi esposa ni yo queríamos dejarla sola. Nancy es de Chihuahua y vino aquí a estudiar la carrera de Arquitectura.

Nancy nos tiene a nosotros y nosotros a ella. Es como una hermana para mi, así como César es mi hermano. César es mi mejor amigo también. César desde el primer minuto estuvo recorriendo y ayudando en todos los puntos de la ciudad a los que podía accesar con su coche. (Días después se aventó una semana viajando a estados afectados).

Llegamos a su casa e inmediatamente salió cuando tocamos. Le expliqué que veníamos por ella para que se fuera a quedar conmigo en casa de mi abuela. Entró por sus cosas y nos fuimos. Caminamos en la oscuridad total, puesto que no pudimos ganarle al tiempo. Estaba tan oscuro que podías ver las estrellas.

Así en la oscuridad, caminamos. Caminamos hasta la avenida y luego hasta el puente. Cruzamos el puente y todo seguía en penumbra. (Coincidentemente en la radio decían que el 40% de la ciudad se había quedado sin suministro eléctrico). Ahí, dónde siempre están pero creí que no estarían, había un camión a Metro San Lázaro, que es el camión que nos lleva directamente a casa de mi abuela.

Este país es surreal y permite el surrealismo. Imagina una tortuga enorme de acero que dentro de su caparazón permite ingresar a cuantos pasajeros quepan y cuando ya no quepan, aún entran cinco más. Esa tortuga de acero tiene montada en el cuello a una especie de niño permanente. Pueden aparentar cualquier edad, pero en su realidad … lo que conducen es un auto de competición.

Ahora imagínela corriendo en la oscuridad más rápido que cualquier rata de ciudad.

La luz eléctrica se veía restablecida por partes, algunas partes cerca del Tribunal Electoral sí tenían, luego algunas más no. En la bajada para casa de mi abuela no había luz eléctrica. Seguía la travesía y cuando vamos entrando a la colonia que nos gritan de una azotea “¡GUARDEN SUS COSAS, ANDA UN CABRÓN ROBANDO MÁS ADELANTE!” y ni modo, faltaban aún seis cuadras para su casa.

La acera frente a casa de mi abuela no tenía luz. La acera de su casa sí. (Les digo que a veces mi vida tiende a parecer mala telenovela del dos, pero es totalmente cierto, de su lado de la colonia la luz regresó pronto, el resto seguía en tinieblas y desde las tinieblas la casa se veía iluminada cual iglesia en La Rosa de Guadalupe).

Me gustaría que ahí hubiera terminado. Pero no. Siguió la farsa de Frida Sofía, la niña inexistente del Colegio Rebsamen que cual Timmy O-Toole, se comunicaba desde dentro de los escombros según Danielle Dithurbide. Esa niña que se convirtió en la cortina de humo perfecta para no hablar de la corrupción que llevó al colegio a derrumbarse, para no hablar de las mujeres indocumentadas que estaban atrapadas en el edificio derrumbado de la obrera, para no hablar de todos los que sí se estaban salvando gracias a los voluntarios en Álvaro Obregón, para no hablar de todos los daños en San Gregorio (ese pueblo en Xochimilco que quedó casi totalmente destrozado y al que Televisa no mandó cobertura sino hasta una semana después.

Siguió el “quién sabe cuándo regresamos a clases de la UAM Xochimilco” y todos esos alumnos que siguen yendo a la escuela exclusivamente por un papel y que no se dan cuenta que si se pierde un trimestre por ayudar no es tiempo “perdido” y que un papel no va a avalar todo lo que ya están haciendo por su país; siguió el dolor, siguieron los derrumbes, los rescates, los acopios. Siguieron los temblores, las alarmas sísmicas, seguirán los simulacros, las farsas y los juegos en los que las casas no se caen y todo va a estar bien. Seguiremos creyendo que esto no va a volver a pasar y que tenemos que seguir adelante.

Siguieron los partidos (y los que los obligaron a seguir) con sus comunicados en los que “renunciaban” a tal o cual porcentaje de su presupuesto (empezando por el PRI que renunció al 25% y sus peñabots instantáneamente alabaron el suceso), siguió el querer seguir como si nada, como si media ciudad no estuviera a punto de desmoronarse y luego en plena tragedia la propuesta maravillosa de “Quitar a los diputados plurinominales” para poder recuperar dinero para ser usado en la reconstrucción. Esos diputados plurinominales que actualmente impiden que el PRI tenga el 61% de representación en las cámaras.

Porque “#MexicoEstaDePie” y quiere que internacionalmente sepan eso: que en una semana ya estamos de vuelta en lo nuestro, que el terremoto no nos hizo nada. Pero nuestros políticos son pendejos y no se dan cuenta de que su simulación y nuestra realidad esta vez coinciden, sí podemos y ahora no tenían que inventarse nada, pero si no juegan a las máscaras no son políticos mexicanos y no podían quedarse con las ganas de quedarse con más: más atención, más dinero y más aplausos.

Sí podemos porque todos juntos estamos haciendo que se pueda. ¿Quizá también podamos darnos cuenta de que si los políticos tienen miedo es porque ellos ya se dieron cuenta que no los necesitamos?