La odisea de Pin y los villanos jariosos

Pin es la mujer que todo hombre jarioso tiene en la cabeza. Alta, curvilínea, piernas largas, pelirroja. Gordibuena. Usa lentes de marco grueso y redondo. Sus dientes grandes se escapan de su sonrisa y, a veces, se adornan con una risa espontánea y contagiosa. Sus tatuajes son discretos pero atractivos, sus ojos pequeños hacen destacar sus pestañas rizadas por naturaleza. Su nariz, también pequeña, lleva una argolla que quizás solo está ahí para anunciar que sí hay nariz.

Camina derecha, con confianza. Trae su vestido favorito, es blanco con rayas negras. Todos los vestidos los usa 10 centímetros arriba de las rodillas porque Pin mide un metro y ochenta centímetros. Este se amarra alrededor del cuello y deja una parte de la espalda descubierta, por eso revela sus pecas acentuadas por tantas caminatas diarias bajo el sol de Guadalajara. De su casa al camión, del camión al macro, del macro a la universidad. De la universidad al macro, del macro al camión, del camión a su casa.

En la avenida México, un bigotón sin otro remedio que dejar escapar la panza por debajo de la camisa, maneja un tsuru blanco, que anuncia a una empresa de seguridad privada. Es uno de los jariosos. Baja la velocidad, para ir al paso de Pin. Se asoma por la ventana y la mira de arriba abajo, con la desfiguración en la cara. Ella lo ignora, y sigue, derecha, mirando hacia el frente, con los audífonos puestos. El Bigotes la sigue varios metros. Asecha. Babea. Espera que las miradas se crucen. Mientras, él ve las piernas largas de ella. Ella sigue hacia adelante. Él sonríe, se lame los labios, cierra la ventana y se va, en la seguridad de su tsuru. Ella voltea los ojos y llega a la parada. No olvida la mirada que atravesó su ropa. Nada de seguridad privada.

Pin salió de su casa por la mañana, se puso sus audífonos y caminó por la avenida México con la confianza de todos los días, pero también con la expectativa de algo que parece ya estar escrito en su trayecto cotidiano.

El bigotón no fue el primero. Hace apenas cinco minutos otro, al que no vio, le había coqueteado: “Buenos días, güerita. ¿A dónde tan temprano?.” Pin no dice nada. Ya se sabe la maña. Lleva puestos sus audífonos diminutos. Al menos así puede difuminar el ruido de la calle y perderse en una canción mientras espera el camión. La verdad es que aunque no diga nada, Pin ya está cansada.

La calle por la que camina Pin todos los días tiene grabado en el concreto “Ni una menos”, porque ahí, en el 2015, mataron a una mujer de 18 años a balazos porque le negó el noviazgo a su pretendiente. Una bala le dio en la cara. Esto pasó en la colonia Ladrón de Guevara, en el cruce con Avenida México, a unos metros de la casa de Pin.

Aquel día ella escuchó los balazos y sintió miedo. Ahora camina por esa calle y mira el letrero todos los días. Ni una menos.

Unas horas más tarde sale de la universidad y sube al camión que la lleva a su casa. El termómetro marca 27 grados, el clima perfecto para usar vestido en un camión lleno de gente… O tal vez no.

Una vez más se pone los audífonos, para distraerse de las miradas morbosas. Se baja del 632 cuando llega a su parada y camina, otra vez, por la avenida México hacia su casa.

Cruza la calle y pasa por un Seven Eleven. En la esquina la espera uno con cara de llamarse Leovigildo y facha de ser borracho. Es moreno, más chaparro que Pin, con pelos de zanahoria. Anda con pants y tenis. Anda seguido por ahí. Pin y el cara de Leovigildo ya se habían visto antes, de lejos, y los ojos de él siempre se ponen vidriosos cuando la ve venir.

Ella se da cuenta de estos ojos y desea con todas sus fuerzas vomitar, pero antes, que no toquen ninguna parte de su cuerpo. Decide entrar al Seven Eleven para no tener que pasar cerca de él. Cuando sale, con una botella de agua en la mano, se da cuenta que Leovigildo está sentado en la banqueta justo a un costado de la tienda, por donde ella está pasando. Él hace una contorsión y tuerce el cuello para ver bajo el vestido de Pin. Hizo un movimiento con tanta facilidad que parece una maña vieja.

Los ojos del tal Leovigildo se abren tanto que parece que se van a estrellar. Mira de arriba a abajo las blancas piernas de Pin. Las analiza. Las desea. Sube la mirada para buscar la ropa interior de la joven. Parece que espera que el viento le haga un favor y levante más el vestido. Sonríe. Misión cumplida.

Los ojos de Pin se aprietan furiosos. Sin voltear atrás sabe lo que acaba de pasar. Otra vez. Camina vencida y con asco, ya no tan derecha. Agacha la cabeza, lee “Ni una menos”. Ya no quiere volver a usar su vestido favorito.