El que murió no está

Un día, sin querer, yo maté a alguien y desde entonces digo

Matar a alguien es abrir un hueco por donde se escapan los días, los recuerdos felices, la comida favorita, el sueño de hacer algo por el mundo o de ser reconocido.

Matar a alguien quiere decir escuchar voces decirte que no seas feliz, que no lo pienses, que no imagines siquiera que todo volverá a ser como antes.

Matar a alguien es abrir un hueco por donde entra el polvo que ensucia cualquier gala, la de diario, la de tu boda, la pijama para dormir. Es un hoyo por donde entra un río desbocado que arrasa con cualquier maceta de flores que pongas en el patio. Costales de arena deberán hacer un dique desde el que observes como la corriente crece un poco cada día, un poco cada año para que tus días sean poner más y más costales sin terminar.

Matar a alguien, no importa el motivo, es comprar muy cara con todos tus tesoros una señal, un tatuaje, un aura, que dice que lo hiciste, que tú fuiste, que nada cambiará.

Matar a alguien es ponerse en medio de la calle para que te atropelle un camión y ver cómo te rodea y la cara del chofer que se asoma por la ventana y te dice: quédate ahí en medio para siempre.

No importa si el fallo lo dio un juez o si la persona que murió te señaló, o hubo un testigo, o sólo tu conciencia lo dice, matar a alguien no se calla, ni se habla, se lleva puesto todos los días y también por las noches, como un hueso más, como otro dedo, o un tercer ojo que mira hacia adentro.

Matar a alguien es como viajar al pasado y aplastar una mariposa para luego regresar y ver que transformaste el mundo, que lo hiciste horrible. Es matar la semilla para unos hijos que pudieron haber formado un pueblo, una estirpe, un viaje a otros universos.

Matar a alguien es una depredación, un incendio, una extinción, la desolación, la sequía, el vacío.

Matar a alguien no tiene precedente, ni consecuencias que sirvan para despertar contento en la mañana y hacer tu portafolio y escoger tu ropa y mirarte al espejo y no estrellar tu frente contra él.

Matar a alguien no se expía, ni se exculpa. No se perdona, no se condena. Porque condenar o perdonar no está en la mano de quien mata sino del que muere y el que murió no está.

Paloma Guzmán.

Junio 2016