¿Por qué?

¿Alguien conoce una pregunta más incómoda? yo no. Evidentemente, no es lo mismo un ¿por qué? que te pregunta un niño de tres años que si te lo pregunta tu jefe.

Pero muchas veces no es una pregunta incómoda por la respuesta, la mayoría de las veces se soluciona con un ¿y por qué no?. Lo que realmente hace incómoda a esa pregunta es todo el proceso que lleva a que construyamos esa respuesta. Es todo un proceso de desnudado mental que puede ser muy duro. Existe el riesgo de exponer tu yo más íntimo, pero no hacia los demás, sino hacia ti mismo, y eso, queridos amigos, es muy violento. O al menos puede llegar a serlo.

Imaginaos, por ejemplo, que alguien me pregunta a mí “¿Pablo, por qué escuchas la música que escuchas?”. La respuesta que más habitualmente doy es “porque me gusta”. Pero en realidad, eso no es una respuesta, es un regate.

Una respuesta mucho más auténtica sería decir que esa música me lleva a unos sitios adonde no he ido jamás. No me aporta demasiado que otra persona me hable de sitios que conozco, pero sí me aporta que me hablen de sitios desconocidos para mí.

Pero no he venido a hablaros de música, vengo a desmontar el proceso de desnudado que supone contestar a un ¿por qué?.

Según lo oyes, y tu cerebro recibe la información, zas, empieza el desmadre. No estamos buscando una respuesta que pueda valorarse con verdad o mentira, sino el motivo. En primer lugar valoras quien te ha hecho la pregunta, y no nos engañemos, las consecuencias que puede implicar tu respuesta.

Y eso es complicado, porque quien nos pregunta va a juzgar tu respuesta con su escala de valores, y esa no la podemos usar, por mucho que la conozcamos. Nos tratamos de poner en su lugar, juzgamos con nuestros valores, y con eso procesamos la información.

Analizas, mides, no tienes claro por dónde anda tu cerebro, las circunstancias en que te encontrabas cuando hiciste lo que desató el ¿por qué? pueden ser diferentes a las circunstancias en que te encuentras en el momento de tener que responder. Pero claro, eres incapaz de reconstruir tu estado en aquel difuso momento.

El cerebro sigue en su tormentoso viaje, ha pasado por la parte de la ética, has visitado la memoria “emocional” y aún no tienes ni idea de porque pasó aquello que te han preguntado. Pero la pregunta sigue ahí, moviéndose por todas las regiones de tu cerebro.

Hay otro elemento fundamental que nos lleva a hacer aquello que hacemos. Y ese es un gran desconocido. Los impulsos. O lo que es lo mismo, la emotividad, que no conoce razones. Pero claro, ahora eso no te vale, ¿sabéis ese momento en que os quedáis con cara de eeeeeeeh, mmmmmmm? pues justo en ese momento, vuestro desnudado interior se ha tropezado con la parte emotiva de vuestras motivaciones. En el fondo, en todo lo que hacemos, siempre hay una parte de impulso, unas veces pesa más que otras, pero está ahí. Y casi siempre que la cagamos, es por culpa de esa parte.

Pero, ¿cómo verbalizas ese impulso? no puedes, así que toca un eeeeeeeh, mmmmmmmmm muy revelador. Mal que bien, logras interpretar las señales que te mandan esos impulsos, y de repente, ese proceso de respuesta, se encuentra con otro “amiguito”. La empatía, ese gran filtro. Muchas veces, es en este momento cuando te sale el “porque sí” o el “¿y por qué no?”. Pero no porque no queramos responder a esa persona, sino generalmente porque ya estamos a punto de llegar al centro de la respuesta.

Ya lo ha superado todo, la ética, las emociones, los impulsos, la empatía, y sólo nos queda una parte de la respuesta. Bueno, de hecho ahora llegamos a “la razón”. Está escondida en lo más profundo de tu cabeza, y si has llegado hasta aquí, ya estás completamente desnudo, no hay retorno posible.

En ese momento, una vez que la ves, sin más, la sueltas. Escupes tu razón. Y generalmente, si has llegado hasta aquí, lo que has soltado es lo más cercano que puedes dar en ese momento a la verdad. Sí, la respuesta que des no es una verdad absoluta. Pero en ese momento, sí es la verdad.

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