Este texto puede leerse, o verse, o escucharse, o escucharse y leerse, desde acá:

Escribo esto desde el día 15 de cuarentena. Por delante quedan al menos 20. Y, contrariamente a lo que pensaba al principio, cada día se siente más llevadera.

Los primeros días, era la cárcel. Me sentía ansioso, inquieto, encerrado por fuera y por dentro. No eran solo las paredes del departamento. No podía escribir, pensar en otra cosa, me resultaba imposible salir de las páginas de noticias actualizando cifras. Ni siquiera podía distraerme trabajando: cualquier otra cosa que tuviera que hacer me parecía completamente ínfima e irrelevante frente a la sustancia de esta crisis y transición hacia no-sabemos-dónde que estamos viviendo los humanos en el mundo.

Sin embargo, creo que es justamente eso lo que me calmó. No la incertidumbre ni la crisis, sino el ser humano. El formar parte de una especie que hace 200.000 años viene desarrollando una capacidad infalible: la de adaptarnos. La de poder acostumbrarnos en tiempo récord, aún hasta a los contextos más hostiles.

Leo a mis amigos de Argentina y es como mirarme en un espejo con delay. Los veo y me veo hace una semana. Con los mismos miedos, el mismo insomnio, las mismas preocupaciones. Y no es que afuera haya cambiado algo significativo para bien. De hecho, todo lo contrario: cada vez hay más infectados, más muertos, menos trabajo, menos estabilidad, menos certezas. Así y todo, cada día me siento mejor. Es completamente anti-intuitivo, lo sé. Pero creo entender la razón. Son dos, en realidad.

La primera es el haber transitado las emociones con su debido costo. No haber esquivado nada. Pasé por las estaciones de la ansiedad, la angustia, la tristeza, el miedo y la preocupación. Creo haberme quedado dormido en el bondi, porque pasé varias veces por cada una. De repente, hoy siento que esta cuarentena ya es familiar. Es un tipo de casa por algún tiempo. Sé que no puedo hacer absolutamente nada contra ella, así que entendí que era mejor tenerla de amiga. Hoy disfruto de dormir sin despertador, de quedarme hasta tarde viendo una película o leyendo, de releer y reescribir mi libro, de cocinar y comer las espectaculares recetas que estamos haciendo con Delfi. Hoy disfruto del placer de no hacer nada sin ningún tipo de culpa, y también de hacer cosas pensando hacia más adelante.

La otra razón, la más profunda y que sostiene a la primera, también tiene que ver con la humanidad. La humanidad no como ente de miles de millones de personas, sino como la esencia humana que todos llevamos de fábrica. Creo que una de las cosas más importantes que heredamos de miles de años de especie superviviente es el yo comunitario. Está en nuestros genes. Así como individualmente logramos adaptarnos, colectivamente logramos cooperar para sostenernos.

Esta extraña calma que siento ahora nace de saber que arriba, abajo y a los costados de las paredes de mi casa hay otras personas. Hay familias enteras, parejas, gente mayor, hay un grupo de compañeros de piso. No conozco a ninguno de ellos. Ellos no me conocen a mí. Y a pesar de eso, todos estamos de acuerdo en no salir a la calle para cuidarnos. Por eso nos indigna el triple el egoísmo de quienes siguen con su yo individual a todo volumen: los que se escapan a la playa, los que se quedan atascados en los médanos por intentar esquivar un control policial, los que tienen síntomas y hasta un diagnóstico positivo y se meten en un barco con 400 personas.

En el día a día celebramos el individualismo, y está buenísimo. Las libertades nos trajeron hasta acá, me permiten escribir esto. Pero en estos momentos, de a poco vamos apagando nuestro yo individual y dejando prendido solo el colectivo. Por eso estamos todos encerrados en nuestras casas. Aunque podríamos darlo vuelta, también: estamos todos sanos y salvos en nuestras casas. Estamos todos aplaudiendo a la misma hora, estamos todos compartiendo nuestras debilidades, mostrándonos frágiles, permitiéndonos llorar frente a una cámara digital, un puntito negro que es la única filtración hacia el mundo que tenemos. Desearíamos estar todos abrazados, compartiendo la misma copa de vino con alguien porque no alcanzan para todos, porque la casa es chica y el corazón es grande. Desearíamos volver a bailar, a saltar, a ir a la cancha a cantar todos juntos al mismo tiempo la misma canción.

Es lindo desear eso, porque un día, tarde o temprano, lo vamos a lograr. No vamos a volver a la normalidad, porque esto es solo de ida. Vamos a salir con más ganas que antes, valorando el aire libre, el sol, la textura de la remera arrugada de la fuerza del abrazo que le vamos a dar a aquel que durante tanto tiempo extrañamos y solo podíamos ver pixelado.

El otro día pasó por la puerta de casa una camioneta de policía con el tema de Rocky a todo volumen, sacando los brazos por la ventana, por el megáfono gritando “Ánimo España, ánimo que vamos a salir de esta”. No sé si vaya a suceder así, pero me gustó imaginarme el día en que por primera vez en muchos meses no haya un solo muerto por coronavirus. El día que salgamos a la calle, no festejando un mundial, no festejando el fin de una guerra, sino el día que entre toda la humanidad hayamos vencido a una enfermedad. Nada individual nos llenará tanto el pecho como lo que habremos logrado en comunidad.

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Este es el segundo texto que escribí desde esta situación tan extraña que estamos viviendo. El primero era Hay dos caminos, y se puede leer acá.

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