Este texto también puede escucharse, o escucharse y leerse en simultáneo, acá:

Recuerdo casi inmaculadamente el día en que descubrí que por el resto de mis días, jamás volvería a ser niño.

Desde mis 3 años fui al colegio del Arce. Era un edificio gigante en Arce y Arévalo, en el barrio de las cañitas, antes de que fuera Las Cañitas. Nunca entendí bien, cuando volví dos décadas más tarde, cómo un edificio podía haberse achicado tanto.

Había una barra en la puerta principal (y única) entre las dos ventanas, que recordaba de esas veces en las que tenía que esperar durante años a mamá o a Norma, la señora que nos cuidaba. Ese travesaño metálico me tapaba los ojos. Cada vez que me agachaba y miraba a la calle, sin Mamá ni Norma viniendo a buscarme, cobraba fuerza la teoría de que me habían abandonado para siempre. Lo más extraño de haber vuelto de grande es que ahora esa barra no me llegara ni a la cintura.

Cuando terminaba sexto grado, sin embargo, nos teníamos que mudar de Arce al edificio de Jorge Newbery, donde estaban todos los grandes. «Séptimo secundarizado», le decían. Ni la bruja de Blair Witch me hacía temblar tanto como escuchar esas dos palabras juntas.

Una noche llegó Mamá e hizo tangibles mis mayores miedos. Me contó que a partir del año siguiente iríamos más tiempo, entraríamos a las siete y media de la mañana, tendríamos 12 materias, más profesores, más exigentes y con cero compasión; tendríamos un libro de faltas contadas, como un cuaderno donde unos encargados de nosotros nos marcarían cada error y forjarían un estricto régimen disciplinario. En otras palabras, al año siguiente tendría que ir a la cárcel.

Mamá me hablaba y ya ni la escuchaba. Sentía que mi estómago, mi corazón y mis pulmones se cerraban en una densa angustia. Empecé a llorar, desconsoladamente. No se trataba de séptimo secundarizado, al fin y al cabo lo atravesaría con mis mejores amigos, que conocía desde analfabetos. Sucedía que en mi mente, a partir de unos meses y por el resto de mi vida sería esclavo de instituciones donde jugar sería casi un crimen.

Atormentado le quise explicar a mi mamá, que no me entendía. Le dije que el séptimo secundarizado era solamente la punta del iceberg de una estafa piramidal de dimensiones incalculables. Que al año siguiente empezaría la secundaria en serio, con más profesores, más materias, más tareas y tardes llenas de obligaciones, con más sanciones, más disciplina, menos sueño y menos playstation. Que año tras año subsiguiente ese nivel de dificultad se iría duplicando. Que toda la vida había jugado en fácil, pero jamás volvería a hacerlo. Porque inclusive después, la diversión sería sepultada por completo teniendo que ir a la facultad, el modo imposible de la educación. Y ni siquiera terminaría ahí, porque eso era únicamente el prólogo. Después me enfrentaría a la forma más oscura del alma humana: el trabajo. Y solo tras cuatro o cinco décadas oscuras, al fin saldría en libertad. Pero ya sería demasiado tarde. Ese día supe que mi infancia había llegado a su fin. Lloré. Y sufrí.

Años más tarde descubriría que el panorama distópico que me planteaba no distaba casi nada de la realidad. Pero entendí que el verdadero motivo del llanto había sido una confusión de personajes. Quien tendría que enfrentar todos esos niveles cada vez más difíciles de la vida ya no sería ése yo.

El miedo es el mayor invento del hombre para frenar prácticamente todo avance. Temer a conocer cosas nuevas o diferentes es en realidad miedo a que esas experiencias nos hagan cuestionar la verdad del mundo que creemos tener. Que nos hagan dudar de nuestro conocimiento, que quizás lo que les habíamos dicho a otras personas sobre nosotros no era tan cierto.

No es difícil encontrarse a alguien que afirme que “no prueba tal droga” porque sabe cómo es y tiene miedo de que se vuelva adicto. Me parece un mecanismo de defensa fantástico. Porque ni siquiera se trata de un miedo, sino su deseo, no tan inconsciente, de que eso les suceda.

En mis largos años trabajando en publicidad, siempre se repetía una expresión que odiaba. Para expresar una opinión, generalmente de gusto, decían “Me da miedo…”, completada con cosas como “que no se pueda leer bien el texto”, “que la foto parezca más de pareja que de amigos”, “que el hashtag no se entienda”. Miedo no. Miedo te pueden dar otras cosas, no si la gente va a entender una frase sobre una foto de dos amigos sonriendo con una botella de cerveza perfectamente transpirada, colgada en una gigantografía sobre la General Paz.

No hay manera de escaparle al miedo, ni siquiera de rodearlo. Por más que lo intentes, siempre te lo vas a encontrar atrás de una esquina, esperándote. Como todo, solo puede superarse atravesándolo.

Hay gente que tiene miedo a crecer, al séptimo secundarizado, a las alturas, a las arrugas; o hasta a conocer a alguien a quien ofrecerle el poder de alegrarle la vida o arruinarla en igual medida.

Muchos tienen miedo a volar. Se imaginan al avión cayendo en el medio del océano, volando en pedazos, no teniendo una última oportunidad de decirle a alguien que lo quieren, que lo odian, que lo aman o que lo deberían haber matado de haber sabido su fatal destino.

Otros tienen miedo a viajar a países en los que no hablan su idioma, usan su moneda, quedan lejos de su casa o aparecieron alguna vez como locación de noticias terribles en algún medio amarillista. No solo es natural, es lógico. Pero al miedo solamente se lo desactiva hablando con él. Entendiéndolo. Yendo a la fuente. Descubriendo que nació de una persona, no de un ente fantástico invencible y todopoderoso. Abrazándolo, es posible cambiarle la carga. Y en vez de que sea el fin de todas tus historias, puede ser el incidente incitador de la película de tu vida: ese punto al que después de vivir, nunca más vas a volver.

Hay un gran error en pensar que la contracara del miedo es la valentía. Ella es simplemente un complemento a ese enemigo invisible, eterno y presente. El verdadero opuesto del miedo es el aprendizaje.

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Este texto es un fragmento de Solo ida, mi primer libro (aunque todavía no exista físicamente). Vamos allá.

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