«Trabaja de lo que amás», o cómo condenarte a una ansiedad eterna

«Trabaja de lo que amás» parece una frase muy motivadora. La veo en miles de páginas de inspiración, en Pinterest, en tazas, en cuadros, en epígrafes de posteos de gente a la que cierta cantidad de seguidores la convirtió en influencers, aunque lo que más influencien muchas veces sean las frustraciones de la gente por jamás poder repetir ese estilo de vida. Los infruencers.

Sin embargo, detrás de esa premisa hay una presión inmensa, impuesta e innecesaria. No solo necesitamos encontrar una industria, rubro y trabajo que nos desafíe creativamente, tenga que ver con lo que somos y deseamos; no solo tenemos que encontrar el lugar donde hacerlo; no solo debemos definirlo entre nuestros 17 y –como tarde– 30 años; no solo nos tenemos que sentir capaces de hacerlo bien durante mucho tiempo; no solo nos tiene que satisfacer económica, social y mentalmente; sino que, además de todo, debemos amarlo.

Dicen que el trabajo y el disfrute jamás estuvieron ligados hasta hace algunos pocos siglos. Que antes, trabajar era visto como algo humillante. Por alguna razón negocio significa «algo que no tiene ocio». Muchos de los pintores que conocemos, por ejemplo, no se guiaban tanto por una vocación de retratar la realidad, sino por una profesión que les permitía alimentarse.

Image for post
Image for post

Somos de una generación pionera en millones de comportamientos, culturas y paradigmas del mundo. No nos van a llamar a los 16 años para ir a pelear a una guerra. En muchos casos, no tenemos que mantener a una familia con nuestro sudor y fuerza a esa edad. Las mujeres no tienen que quedarse obligadas por una sociedad a cuidar de la casa o los hijos. Ya no tenemos –casi– que cumplir con ese estigma llamado mandato familiar. Aunque aún conozco personas que empezaron carreras por sus padres, que al abandonarlas encontraron cosas que les gustaban más, y ninguno de sus padres las abandonó. Y conozco otras personas que empezaron y terminaron carreras para contentar a alguien, pero jamás estuvieron contentas con eso.

Somos de una generación con millones de cosas resueltas. Por eso nos señalan, con una facilidad hollywoodense, que encontremos el empleo que amamos. Así, tan simple. Tan difícil. Como si el amor fuese una materia que aprendemos en el colegio. Como si no existiese la suficiente presión ya para encontrar a una persona medianamente sana, que coincida en un espacio-tiempo con nosotros en algún momento, que no esté (ni nosotros) con la mente en otra persona en ese instante, que no cometamos errores lo suficientemente significantes en todo el proceso de conocerla –ni en todos los días, meses o años siguientes si fluyese; que ninguno de los dos (o más) cambie tanto en ese tiempo de modo tal que las coincidencias persistan; que además la admiremos, nos desafíe, atraiga, guste, entienda referencias a chistes de los Simpson, encontremos puntos de conexión y por sobre todo sepamos comunicarlos de una manera atractiva. Pero ni siquiera termina ahí: también tenemos que esperar que al otro le suceda EXACTAMENTE LO MISMO.

Ahhh, el amor. Tan simple como elegirlo, decidirlo y vivirlo. Tan simple como una frase de una taza.

Quizás deberíamos entender que gran parte de nuestra vida laboral va a ser más parecida a una planilla de Excel que a una película de Disney.

Quizás la ansiedad por elegir UNA profesión dentro de aproximadamente medio millón de las que hay en el mundo y no equivocarnos sea una cuestión bastante más compleja que una frase en un marco vintage con una pareja saltando al mar.

Quizás debamos bajar las expectativas un cachito. Y entender que antes que amar, es más importante conocer, sentirnos atraídos, gustar, desear, indagar, querer; y recién ahí permitirnos descubrir que ya estamos amando.

Quizás el amor tiene que ver con algo que uno elige día a día; aceptando que se puede terminar, y sin embargo celebrándolo a cada momento mientras lo experimentamos. Y si sucede que se apaga, debamos ser lo suficientemente fuertes para aceptar que nuestra vida es más grande que solo eso. Que podemos descubrir que esa profesión que nos apasionaba ya no lo hace, y nada cambiará en el resto del mundo por hacerlo.

Quizás toda esta cuestión no tiene que ver con encontrar, sino con buscar.

Y quizás esa exploración dure toda nuestra vida. Que lo que debamos amar no es encontrar el resultado, sino el proceso de conocer qué es eso que nos hace sentir más cerca de quienes queremos llegar a ser. Poder sentir que lo que hacemos cada día nos acerca, aunque sea un cm en 24 horas, a dónde queremos estar.

Quizás, más que encontrar el trabajo o la persona que amar, lo que debamos amar primero sea a nosotros mismos, con nuestros miedos, inseguridades e imperfecciones.

Ahí es donde todo empieza. Y las posibilidades son infinitas.

Ah, tengo una idea para una taza: «Amá lo que buscás».

Written by

Internet es el mejor país del mundo.

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store