Que alguien me explique cómo llegamos a esto

Por Jude Infantini.

Once de la noche y la calma con la que me espera Hope St. solamente es interrumpida por el ensordecedor sonido del tren de Melbourne.

Por la calle, y varios metros a la redonda, no se percibe ni un alma salvo ese nostálgico eco espiritual que queda en un lugar donde hace solo unos minutos, hubo un gentío como en las cafeterías del lugar.

Las cafeterías en Melbourne se cuentan por montones e incluso en calles pequeñas como Hope St. –en la mitad del barrio de Brunswick– puedes encontrar una tras otra sin que ninguna de ellas tenga que sacrificar audiencia. El café en Melbourne se toma a caudales y tanto cafeterías de barrio como grandes cadenas de especialidad se pueden ver repletas desde las 7 u 8 am hasta bien entrada la tarde.

La última vez que tuve ESE sentimiento fue probablemente cruzando San Ignacio, la puerta trasera de Quilicura y lugar en el que solía correr para poder escuchar un rato mi cabeza. Más de 10 años han pasado desde entonces y tal como ocurrió en muchas ocasiones, frente al tren, tengo unas ganas profundas de llorar.

La delgada línea que marca la diferencia entre estas ganas de llorar, y las que me invadían durante la montaña rusa emocional que fueron los 21, es que ahora lloraría de felicidad.

El tren sigue allí avanzando infinitamente mientras veo en cámara lenta cada pasaje de mi vida. Cada solitaria y oscura caminata en San Ignacio cuestionándome si el acto mismo de existir valía la pena.

De alguna forma, todos los obstáculos que me puso la vida, se convirtieron en oportunidades. Las oportunidades en logros y los logros en privilegios.

Si no hubiese recordado San Ignacio, quizás la palabra privilegio daría vueltas en mi cabeza, y me escupiría de vuelta con ese peligroso sentimiento de culpa que me invade cada vez que las cosas me salen bien.

¿Me lo merezco? Obviamente no. Parece que ese eje de mi cabeza tan millenial que nos dice constantemente que nadie es lo suficientemente bueno jamás me abandonará.

Pregunto nuevamente.

¿Me lo merezco? ¿Qué es lo que me merezco?

ESTO. ESTE SENTIMIENTO.

Logro aligerar la culpa y vergüenza, porque sí me merezco “ESTO”. Todos lo merecemos. El simple hecho de respirar, nos hace merecedores de ese sentimiento tan puro.

Cuando pasé los 26 años me di cuenta que la felicidad no se alcanzaba marcando más y más logros o teniendo más y más cosas. Cuatro años después me di cuenta que lo único que realmente tengo y tenemos, es a nosotros mismos. A nuestro cuerpo, ese sustrato sobre el cual posamos la semilla llamada espíritu y el único logro que debemos alcanzar es ayudar(nos) a que entre todos seamos un bosque gigante.

Quisiera llorar de felicidad, pero decir que lloré de felicidad sería describir con mucha austeridad lo que realmente siento, pues se trata de algo más, un sentimiento para el que no conozco aún los adjetivos.

Son las once con un minuto, y la calma que abunda en Hope St. solo parece interrumpirse por la sonrisa de un tipo que por fin dejó de sufrir.

Por la calle, y varios metros a la redonda, no se ve ni un alma, pero de alguna forma logro escuchar la voz de todas las personas que alguna vez se han cruzado por mi vida y que son parte fundamental para que a mis 31 años de edad, haya llegado a este punto, ese en el que la belleza de las cosas te hace reír mientras lloras.