Nuestro hermano mayor

Las dos caras del nuevo Dios

“Weiches Hart”, Wassily Kandinsky (1927)

Desde que la Humanidad existe, jamás había producido tanto conocimiento como en este momento. De hecho, ninguna etapa histórica nos llega siquiera a los talones, porque los humanos generamos conocimiento de manera exponencial. Hasta comienzos del siglo pasado, la información generada por los humanos se duplicaba cada siglo. Luego de la Segunda Guerra Mundial, comenzó a duplicarse cada veinticinco años. En la actualidad, duplicamos la cantidad de información generada por nuestros antepasados cada trece meses.

Tanto conocimiento ha cambiado radicalmente nuestra manera de vivir la vida. Y también, nuestra manera de entender el mundo que nos rodea. Por milenios, las doctrinas religiosas fueron la respuesta a todas nuestras interrogantes, porque dependíamos de que los dioses nos mandaran lluvia para que hubiera una buena cosecha y pudiéramos comer. Pero poco tienen los dioses para decir en un mundo en el que trabajamos por e-mail y comemos comida congelada. Dios ha muerto, dijo Nietzsche hace casi un siglo y medio.

Y en el vacío que dejó Dios, creció otra figura igual de omnisciente y omnipotente, el Gran Hermano. Como buena deidad posmoderna, el Gran Hermano es contradictorio. Tiene dos caras incompatibles, que nos aterran y fascinan por igual. Es una especie de híbrido entre Apolo y Dionisio; de a ratos presentándose lógico, científico y estéril, otras veces mostrandose desenfrenado, embriagado, lujurioso. Con estas dos facetas inunda nuestra vida política, cultural, y privada, y nos envuelve en esa ambigüedad. Mientras con una mano nos controla y nos despoja de nuestra condición humana, con la otra nos exalta y genera una versión hipertrofiada de nuestra propia singularidad.


1. La cárcel

En una de sus caras, el Gran Hermano se nos presenta como lo describió George Orwell, en su novela 1984. Allí, el Estado totalitario de Oceanía cubre sus ciudades con afiches que le recuerdan a la población que están siendo observados. El gobierno, personificado en la figura del gran líder al que todos llaman Gran Hermano, sabe absolutamente todo, y es capaz hasta de cambiar la Historia. El acceso a la información está tan monopolizado que pensar distinto es un crimen.

Desde que Snowden reveló al mundo que el Gobierno estadounidense lee todos nuestros mails, es imposible no sentirse de a ratos en 1984, donde la población era vigilada mediante pequeños aparatos colocados en las casas de todos. La tecnología logró extender a la sociedad entera la idea del Panóptico de Jeremy Bentham: en el siglo XVII el filósofo británico concibió una cárcel ideal, donde el carcelero puede observar desde un mismo lugar las acciones de todos los presos en todas las celdas. Hoy en día, el gobierno puede controlar a distancia las acciones de sus ciudadanos: hay cámaras que detectan automáticamente si no respetamos la luz roja, y otras cámaras en el centro que reducen las rapiñas. En el siglo XXI, la infrmación es piedra angular del poder.

Panóptico, el diseño de cárcel ideal según Jeremy Bentham.

Según las paginas que visito, Google sabe de antemano que publicidad mostrarme; y según mis likes en Facebook se puede predecir a quien votaré las próximas elecciones. Las Ciencias sociales, en su afán positivista y objetivo, han desarrollado indicadores de prácticamente todo: PBI para la economía, Gini para la desigualdad, las pruebas PISA para la educación, el puntaje de Freedom House para la calidad democrática. Esa cosa abstracta llamada sociedad se volvió cuantificable: podemos medir y comparar tanto el nivel de confianza de un país como qué tan buena es una película según los usuarios de IMDB.

Desde que vivimos interconectados, vamos dejando a nuestro paso una huella de datos personales que nos delatan. Claro que de poco sirven los datos de una sola persona, pero si se agregan los datos de millones se pueden predecir ciertos eventos casi que con certeza. Y no en vano, cada vez son más las empresas que se dejan seducir por los encantos del Big Data: es común por ejemplo, que las cadenas de supermercados analicen las compras de sus clientes para catalogarlos en distintos nichos de consumidores. En Minneapolis, un hombre fue a quejarse a un local de la cadena Target porque le habían enviado a su hija adolescente cupones para productos de embarazadas. Resultó que la hija aún no le había contado del embarazo precoz: analizando los productos que ella compraba, el supermercado se había enterado antes que el abuelo.

En la campaña presidencial estadounidense, Hillary Clinton era la personificación de este mito apolíneo posmoderno: sus discursos estaban plagados de datos e información objetiva, y la candidatura misma estaba cuidadosamente moldeada para mostrar aquello que las encuestas y focus groups preferían. Su comando de campaña constaba de un Ejército de analistas que estudiaba qué Estado debía visitar, cuándo, y cómo, gracias a un algoritmo que generaba 40.000 simulaciones de la campaña al día.

Esta compleja red de Big Data, vigilancia masiva e indicadores sociales se teje en bambalinas, y va creando modelos cada vez mas precisos de la sociedad. Lo cual genera un dilema: si nuestras acciones son perfectamente predecibles según nuestros datos, ¿somos realmente libres? ¿No estamos en verdad condicionados por un puñado de variables demográficas que predecirán nuestros gustos e inclinaciones? Según el gurú de Silicon Valley Elon Musk, las chances de que no vivamos en una simulación de computadora (como en la película Matrix) es de “una en billones”. Es decir, no somos más que programas informáticos dentro del procesador del Gran Hermano que todo lo sabe.

Es entendible que esta idea nos angustie, porque nos niega la posibilidad de decidir por nosotros mismos. Y si recordara todo el tiempo que cada mail que escribo podrá ser leído por Trump y por Google, probablemente termine decidiendo volver a la vida análoga y autoexcluirme de la sociedad. Por lo que prefiero fijar los ojos en el escenario, en lo que se ve a simple vista y sin necesidad de softwares de estadística. En ese otro aspecto de la tecnología que no deja de maravillarnos cual espejito de color, devolviéndonos nuestra propia imagen pero mejorada, editada, a través de un filtro de Instagram.


2. El teatro

La otra cara del Gran Hermano es el reality show. Quizá su mejor personificación sea Christof, el personaje de Ed Harris en la película The Truman Show. En la pelcíula, Christof es un visionario director que concibe la mayor produción televisiva jamás ideada: una telenovela que sigue la vida de una persona, Harry Truman, sin que el sepa que su vida está siendo filmada y guionada. Al ignorarlo todo, Truman vive una vida auténtica, aunque para el público se trata de una actuación. Así, el doble rol de persona y personaje, hacen de Harry Truman una estrella mundial.

Los reality show llevan al extremo la idea de la Sociedad del Espectáculo, propuesta en 1967 por el francés Guy Debord. Según Debord, en las sociedades contemporáneas “todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación”, y la vida de todos es un gran escenario. En la posmodernidad, las apariencias mandan.

No se trata de que estemos siempre fingiendo ser algo que no somos, porque eso implicaría que la vida fuera algo más que un escenario. Una selfie en el asado certifica que en verdad ocurrió, una foto mía junto a la Torre Eiffel se vuelve el fin mismo de mi viaje a París. Si sucede algún evento fuera de la rutina, como una catástrofe natural, la entrega de los Oscars, o una revolución, mi manera de vivirla es teléfono en mano, tuiteando mis opiniones y reacciones en tiempo real.

Los posmodernos estamos siempre actuando, incluso cuando estamos solos. En la casa de Gran Hermano, hay cámaras hasta para que la audiencia vea como te lavás los dientes. Y claro, no es que realmente haya nadie mirándonos lavarnos los dientes, pero pasamos tantas horas en un personaje frente a los demás que nos queda la sensación de que la audiencia nos persigue hasta el baño. Porque de hecho, si se me canta puedo sacarme una selfie con el cepillo de dientes en la boca, subirla a Facebook y voilà, el escenario se volvió a materializar.

Hay algo democrático en todo esto: el hecho de que todos vivamos en un escenario implica, en cierta forma, que todas las vidas merecen ser narradas. Todos mantenemos con esmero nuestra propia biografía en Facebook, y cada diciembre Mark Zuckerberg nos prepara una pequeña película personalizada con los mejores momentos del año. Vivimos protagonizando nuestro propio Truman Show, excepto que somos los directores de nuestra propia telenovela. Nosotros decidimos qué perfil nuestro van a ver los demás, y al hacerlo nos convertimos en nuestro propio Christof, nos convertimos en el Gran Hermano.

Esta manera de vivir la vida, como si de una película se tratase, está siempre buscando un gran giro narrativo, impredecible. Todos fantaseamos con conocer al amor de nuestra vida en una circunstancia inesperadamente romántica, o con dejar el trabajo y las obligaciones para emprender un viaje espiritual removedor. Le agarramos gustito a “salir de la zona de confort”, a la curiosidad de zarpar hacia aguas desconocidas.

En el 2016 observamos a sociedades enteras comportarse así. Nadie, absolutamente nadie, sabía a ciencia cierta qué implicaría ni cómo podría hacerse un Brexit. Las propuestas de Donald Trump en campaña eran completamente disparatadas e incoherentes, pero atraían a los votantes por ser diferentes. Se presentaba como lo opuesto a Hillary, auténtico y sin una personalidad moldeada por un ejército de analistas. Como en una película hollywoodense, el sólo se enfrentaba a todas las adversidades y salía victorioso. La democracia estadounidense hace rato se había convertido en un reality show, en puro circo. Y para ganar un reality es necesario mostrarse auténtico, algo que bien sabía la estrella principal de El Aprendiz.


Aunque el Gran Hermano tenga dos caras bien distintas, no deja de ser Uno. El hiperindividualismo de las redes sociales es la reacción más que entendible a la catarata de información que nos asedia cada día. Nos abruma ser parte de la masa, nos negamos a ser un número más, así que nos convertimos en Narciso, y nos concentramos exclusivamente en una imagen idealizada de nosotros mismos. Nos imaginamos protagonistas de una función de teatro, con todos los ojos del público fijos en nosotros. Como ya no existe Dios, nos creamos el propio a nuestra imagen y semejanza.

Siempre existió esta tensión entre el Reino de lo Real (lo material, tangible, cuantificable y predecible) y el Reino de las Ideas (el teatro, lo idealizado, lo imposiblemente perfecto). Es lo que nos hace humanos, vivir en esa ambigüedad. Pero la tecnología la exacerba, la sobredimensiona. Y en el proceso, nos deja cada vez más solos, más aislados, en nuestro propio laberinto de likes y retuits. En la serie Black Mirror, que trata sobre nuestra relacion con la tecnologia, el factor común en todos los episodios probablemente sea la terrible soledad de sus protagonistas.

No se trata de volver a nuestra vida pre-digital, de apagar todos los dispositivos. Sería absurdo intentar bajarse de la montaña rusa de la era digital, porque no tiene botón de apagado. La sociedad de las máquinas y el Big Data llegó para quedarse, nos guste o no. Ahora bien, nuestra caverna de Platón, nuestro Truman Show personal, ese sí tiene puerta de salida.

Por nuestra propia cordura, quizá debamos bajarnos del pedestal de nuestro propio ego, y asumirnos completa y orgullosamente como un número más. Ahí afuera nos espera un mundo automatizado y semi-orwelliano, pero también la riqueza de la red social, de conectar con el Otro para intentar crear un Nosotros. Es angustiante, abrumador, pero también de infinitas potencialidades.

La vida es horriblemente imperfecta, y no hay filtro de Snapchat que valga. Una selfie puede ser retocada hasta la perfección, las relaciones interpersonales no. La existencia de ese Otro que escapa a nuestro control, que tiene voluntad propia y pensamientos que nos son ajenos, es angustiante. Lo que nos hace humanos y no deidades es que jamás podremos entender completa y definitivamente a los demás.

Y sin embargo, lo que nos diferencia de los animales es nuestra capacidad para intentarlo, para crear lenguajes con los que podamos comunicarnos con nuestros pares. Todas las cosas hermosas que hemos creado, el Arte, la Ciencia, son intentos por generar un sentido de pertenencia, una identidad común. Y en esa comunicación, en el trascenderme para tratar de llegar al Otro, en el amor más allá de las apariencias, sigue estando lo esencial.