Cinco otoños.

Brújula Averiada
Sep 4, 2018 · 3 min read

Es otoño de mediodía, él -como todos los días — reposa en la esquina de lo habitación, casi no hay luz, hace rato pasa los días ahí, sin propósito alguno, viendo pasar los días, en ese lugar, nadie lo comprendía del todo, así que lo dejaban solo, incluso cuando (rara vez )en la cena se acordaban de él, decían que querían echarlo, nadie lo ayudaba, él de cierta forma no funcionaba, pero nadie lo ayudaba, nadie.

Era jueves por la tarde, se notaba que hacía lindo día porque desde los agujeritos que tenía la cortina se observaba la fuerte influencia del sol, lástima que no llegaba ni un mísero rayo de sol donde él estaba, para disfrutar de algo por un rato al menos.

Se comenzaron a oír voces desde el exterior de la fría habitación, como si alguien estuviese corriendo y riendo, de pronto se escucha un chirrido emitido por la vieja puerta de madera y en menos de tres segundos ya hay alguien dentro abriendo las ajadas cortinas, el resplandor del sol entra con fuerza dejando ver esos puntos móviles en el aire y al mismo tiempo algo de polvo. Se fija quién es el intruso o la intrusa que había mejorado su dia y resulta ser una niña, que por primera vez lo ve tímidamente y le extiende su mano, saludándolo.Con solo el roce, siente que vuelve a existir, hace tanto tiempo no lo hacía ¡que bien se sentía! la niña comienza a jugar, él aún con desconfianza hace lo mismo y así, crecen juntos a cada dia.

Pasan los años y ambos son adultos ya, o al menos eso decía ella cada vez que le contaba sus problemas, el no emitía palabra, no era buen consejero, pero como ella no era muy sociable, no le quedaba de otra que charlar con él.

Siguen pasando los años y ya viven juntos. Ella lo conoce desde que tiene memoria, realmente lo ama. Al llegar a su hogar tras un día agotador de oficina, con solo reposar en su regazo, se siente mejor y él disfruta cada caricia, cada roce, su atención y cariño que ella le brinda es lo único que espera durante el dia porque es lo único que lo hace volver a hablar, es lo único que lo mantiene de cierta forma vivo, la necesita. Juntos forman una hermosa melodía.

Ambos envejecieron, pero juntos parecen adolescentes, escucharlos alegra el alma de cualquiera.

Es ya de noche y él ansioso la espera, ya tenía que estar por llegar, hoy tenían una cita especial y hasta de gala iban a estar, pasó una hora y ella no llega “quizás un pequeño retraso” pensó.

Ese retraso se convirtió ya en días sin ella.

Ya no la oye llegar. Echa de menos sus suaves manos, su alegre voz y el brillo en sus ojos al pasar tiempo juntos, no sabe que pasa y siente que poco a poco se debilita.

Ya pasaron cinco otoños desde el último día en que la vió, ya no la espera, la habitación vacía y oscura volvió, la cortina se cerró.

Emma enciende la lámpara que tiene en su la mesita de luz, se pone su bata y alpargatas procurando hacer el menor ruido posible, por fin salió de esa camilla, esa camilla de sábanas duras que la mantiene presa, no quiere despertar a ninguno de sus hijos, sabe que su corazón está por dejar de latir, el diagnóstico había sido bastante preciso y lo comprende, pero quiere despedirse de él.

Con gran dificultad se escabulle por los pasillos, entra en la habitación, enciende la luz y lo ve, su respiración se acelera y le duele el pecho por la conmoción, le extiende la mano, como la primera vez de niños, y encaja de una forma perfecta, al igual que hace años, él no puede estar más feliz.

Juntos demuestran todo el amor que se tienen y lo cuanto se extrañaron, cada lágrima se convierte en una nota y ambos se pierden en la mejor melodía de todos sus días, justos se sienten vivos.

Al finalizar, ella débilmente musita “ah, te extrañaba tanto querido amigo” lo mira con cariño y pierde su último aliento sobre su querido piano.

    Brújula Averiada

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    Escribo lo que siento, nada bueno.

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