De víctima a victimaria: Acoso laboral.

Cuando comencé a darme cuenta de lo que estaba viviendo, me costó trabajo aceptarlo: “¿Acoso laboral?, pero…¿cómo podría ser eso?, no, no…seguro estoy exagerando…”

No lo estaba.

Exageración, drama, “hacer las cosas más grandes” son unas de las primeras cosas que aparecen en tu mente cuando te das cuenta de que estás siendo víctima de un acoso. Quizás por ello, hoy aún siento unas cuantas cenizas de aquellas palabras que me dije a mí misma en una forma de auto-convencimiento y negación, y que sobre todo, algunas personas que me rodeaban también me dijeron.

El acoso laboral no es una cuestión que muchas mujeres logren distinguir, y no podemos juzgar a quienes lo viven, pues aún frente a las conductas más obvias, nos aferramos a la creencia de que eso no nos va a pasar a nosotras, que eso sólo es algo que se escucha por ahí o que le pasó a la amiga de una amiga.

Mi historia no debe ser tan ajena a la de algunas otras mujeres que seguro han pasado por esta situación. Quizás no son las mismas circunstancias, pero sí los mismos sentimientos.

Comencé a conducir un programa en línea. Un pequeño noticiero para un portal; en otras palabras, uno de esos nuevos frutos empresariales que para algunos superiores funciona como una propuesta más, mientras que para otros significa una pequeña esperanza para ser tomados en cuenta en la empresa y conseguir un ingreso extra. O sea, “mírame hacer algo nuevo y súbeme el sueldo”.

La aceptación fue buena, y aunque en un principio el trabajo era pesado, parecía rendir frutos.

Con el tiempo — y al decir tiempo, me refiero a dos meses — , la presión comenzó a levantar impulsividades. Las emociones mezcladas con estrés, terminaron por destruir la capa de tolerancia y paciencia, y también la de cordialidad. En poco tiempo, una amistad forjada en el trabajo no sólo se desvaneció entre la cotidianidad, sino que mostró su repulsiva misoginia.

Comentarios como “si quieres putear, pues vas”, “ya mejor da el noticiero desnuda, a ver si así sí vendes”, “voy a padrotearte”, “dile a tu wey que te pague unas chichis” entre otras más, se vislumbraban entre risas en el foro.

Jamás me sentí más incómoda, humillada y despreciada. Quizás lo peor no sólo fue escuchar las frases dentro una habitación azul bien iluminada rodeada de cámaras y reflectores, lo peor fue saber que en ese mismo foro había personas que de pronto también habían perdido la palabra.

Una persona puede observar y no decir nada, no los culpo, a veces tenemos tantos problemas en nuestra vida cotidiana que lo que menos queremos es inmiscuirnos en asuntos complicados, pero eso no convierte al silencio en una acción justificada, lo hace un cómplice.

Herida y entre el tumulto de la humillación, intenté levantar la voz, pero el apoyo no se puso de mi lado. Tras una breve confrontación, la manipulación y la negación de sus acciones no se hicieron esperar. Al final, fui yo a la que le pidieron que aprendiera a colaborar con él, a llevar un mejor trabajo por el bien de todos.

No escribo esta nota para hacer acusaciones, tampoco para exigir respuestas. En términos generales, lo escribo para que otras mujeres quienes se han sentido humilladas, despreciadas y pisoteadas, sepan que sólo se tienen a ellas mismas y que por ello tienen que ser fuertes.

Lo escribo porque el machismo es más común de lo que creemos, porque no sólo está en los lugares con menos educación, también está en los ambientes laborales, en los hogares, en la mente de quienes menos te lo esperas.

Lo escribo porque no debes sentirte culpable, porque ¡sí!, estás confrontando violencia de género, porque ¡sí!, la gente no te va a creer, tus amigos te dirán que exageras, tus jefes no van a enfrentar una situación que exponga a su empresa, y entonces ¡sí!, te darás cuenta que sólo te tienes a ti misma.

Esta situación me hirió de formas inimaginables, me lastimó sin darme cuenta y cuando me di cuenta de ello fue demasiado tarde. Desconfié de mi misma, desconfié de mis capacidades laborales, me sentí humillada y peor aún, avergonzada de haber pasado una situación así. Mi productividad bajó y también mi anhelo de crecer profesionalmente.

Hoy que me siento fuerte para levantar la voz, te digo a ti mujer mexicana que el acoso laboral sí existe, que está cerca de nosotros. Que seas fuerte y que no dejes de creer en ti, porque la gente hará todo lo posible por menospreciar tus capacidades, porque la gente nunca va a defenderte, porque sólo te tienes a ti misma.

Y a ti, que estás leyendo esto, te digo que levantes la voz y que si notas un abuso, confrontes.

Hoy los mexicanos nos necesitamos más que nunca. El racismo y la misoginia nos acorralan. Hoy a nosotros los mexicanos nos aplastan como nación, nos hacen menos por el simple hecho de ser mexicanos, pero yo me pregunto, ¿cómo es que nos uniremos como mexicanos para enfrentar los siguientes años, si nosotros mismos nos pisoteamos?

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