El café es el templo de la lucidez

Tres colores: azul (1993) Dir. Kristoff Kieslowski, DP Slawomir Idziak.

Originalmente publicado en www.paolagarza.com

No soy creyente pero eso no me exime de satisfacer la necesidad diaria de entrar a un templo sin importar cuál sea su fachada exterior. Una vez dentro todo transcurre con una lentitud deliciosa, es como observar la desintegración de un terrón de azúcar cuando una de sus puntas toca la superficie hirviente de una taza de café. Sin afán de blasfemar o predicar mi herejía, supongo que eso es lo que sienten los creyentes cuando por fin terminan el último rezo que les libra de sus pecados pretéritos y les permite devorar la vida venidera. Entonces adentrarse en los confines de un templo nos permite comenzar de nuevo, resucitar del error cadavérico. Por eso creo que el café es el templo de la lucidez y en él me hidrato con pequeños sorbos que me tornan impulsivamente productiva.

La productividad prestada por el café y la adicción que ésta causa existe porque desde sus orígenes ha funcionado como un líquido polisémico. A través de la historia el café se ha asociado con la espiritualidad, el dinero, el comercio, el poder y la socialización. Véase como se quiera ver, la existencia del café ha mejorado en gran medida la nuestra. Para comprender la importancia de esta bebida más negra que las almas de los descafeinados[1] vale la pena analizar brevemente sus orígenes.

Existen registros del cultivo de la planta de café desde el siglo XV en Yemen, ubicado en oriente próximo, aunque seguramente se cultivaba con anterioridad en alguna otra región del mundo. Con previsión y astucia los árabes prohibieron la exportación de los granos de café para tener un cultivo exclusivo y por lo tanto más ganancias. Las primeras casas de café fueron lugares de encuentro, donde se jugaba al ajedrez, se conversaba sobre temas ordinarios y de cuando en cuando se escuchaba o se bailaba al son de la música en vivo. Eran locales donde existía la posibilidad de intercalar la cotidianeidad con los negocios, costumbre que se ha esparcido hasta la actualidad. Hoy en día es común observar gente cerrando tratos, firmando contratos o incluso realizando entrevistas de trabajo en compañía de una humeante taza de café.

Estos locales, que funcionaron como modelos para las cafeterías modernas, se volvieron puntos de encuentro para activistas y la predicación de ideas contrarias al status quo, así que sin dilación fueron prohibidas y más tarde clausuradas. Sin embargo, tal como hicieron los bootleggers de los años veinte en Estados Unidos, hubo quién volvió a abrir casas de café de manera clandestina porque a pesar de su calidad como objeto social, el café siempre ha gustado con igual intensidad que un buen whiskey de una sola malta o un buen bourbon de centeno. He ahí la prueba de que a pesar de la existencia de un Volstead Act o prohibición similar cualquier local puede volverse un templo sin importar el aspecto de su fachada.

Más tarde las casas de café partieron de oriente próximo y comenzaron a esparcirse alrededor del mundo, esto fue gracias al ingenio de los holandeses, quienes comenzaron a cultivar café en los Países Bajos y en algunas de sus colonias para más tarde comercializarlo. La popularidad del café se debió en gran medida al ambiente que siempre ha girado a su alrededor. En este periodo también se tomaban otras bebidas calientes en Europa: el chocolate traído de América por los españoles y el té. Sin embargo, existió una hegemonía del café tal como la existe hoy. No es casualidad que la cafeinomanía se predique como religión actual, ese súbito amor por las neo casas de cafés, los baristas y la extracción perfecta del café proviene de las espectrales casas de café del Yemen del siglo XV. O también puede ser que no sea así, que el gusto por el café sea porque sí, por el único afán de beber como lo hace Bill Murray, Iggy Pop y demás personajes en Coffee and Cigarettes (2003). En este filme el café funge su papel de objeto social, de vinculo entre los interlocutores mientras la historia y la vida transcurren simultáneamente.

Coffee and Cigarettes (2003) Dir. Jim Jarmush.

Es verdad que a los templos se va en comunidad, pero en la vida, la muerte y la resurrección se va sólo. Así comienzo mi ritual mañanero, rodeada de compañeros de trabajo mientras pienso en como lo privado y lo público se asemeja a lo cóncavo y lo convexo de mi taza. Toda frontera se desvanece una vez que el café oscurece la porcelana y bebo con pequeños sorbos la lucidez que me hacía falta para ponerme a escribir.

[1] Mi desconfianza hacia estos seres se asemeja a la que causan los ateos a los creyentes.