Mi experiencia en la peluquería

Hoy he ido a la peluquería Unisex Marta y Belén. Una peluquería de mujeres que no renuncia a nada. No iba a una peluquería desde hace al menos tres o cuatro años. Mis peinados son sencillos, y con una maquinilla del pelo me apaño. Me ahorro el viaje y el dinero que cuesta.

Nunca me han gustado las peluquerías, y tengo muchas razones para ello. Hoy ha sido la enésima vez en la que he comprobado por qué nunca voy a una peluquería. No me ha pasado nada extraordinario, pero merece ser contado desde la perspectiva de quien no le gustan.

Primer acto: El Lavado

Me voy a cortar el pelo, y sin embargo, sin preguntármelo o informarme de las tarifas o suplementos, me indican que me siente en un sillón junto a una pila para lavar cabezas.

El Sillón parece cómodo, y nada más sentarme compruebo que de repente la peluquera empieza a elevarme e inclinarme remotamente desde su puesto de control. Todo perfecto hasta que apoyo mis cervicales en la dura y fría porcelana del lavabo. Antes de que me de cuenta, el sillón empieza a masajearme con unos rodillos internos mientras la peluquera me vierte agua templada sobre mi larga melena.

Lo que podría ser una buena experiencia masajeadora en un sillón espacial y relajante con lavado del cuero cabelludo, se ve cercenada por el corte que me produce en el cuello la porcelana. Sufro y disfruto en una mezcla ambigua.

No uno, si no dos, y hasta tres lavados de cabeza con masaje craneal incluido, y todo esto sin haberlo pedido. Y mientras manejan mi cabeza, tengo tiempo de pensar en lo complicado que sería alcanzar un servicio que satisfaga mis deseos a la perfección. Por ejemplo, el agua con la que me lava, está templada, y está bien, pero sería perfecto si estuviese un pelín más fría, pudiendo sentir cierto frescor, y luego calentita. Para hilar tan fino, sólo puede hacérselo uno mismo.

Por fin acaba con mi cabeza. El sillón recupera su posición y el masaje corporal cesa. Me seca ligeramente con una toalla y me indica que vaya a una silla frente al espejo.

Segundo acto: El corte

Sentarse frente a un espejo mirándote de frente durante media hora a los ojos, es un ejercicio de introspección mejor que la meditación. Estás ahí, mirándote, mientras otro también te mira, enfrentándote a ti mismo y al cambio estético que te espera. Sin duda, es lo más duro de irse a cortar el pelo.

Me coloca un largo babero de lycra blanca en la que es visible claramente los pelos abandonados de todo el pueblo. Me pregunta cómo lo quiero.

Como casi siempre hago, le digo que corto, pero que me fio de ella y matizo, como mejor me quede. De eso trata una peluquería ¿no? Son expertos en estética capilar, que mejor que ellos para saber lo que me pueden hacer, además, soy el cliente perfecto, no exijo nada, soy un lienzo en blanco para desatar su creatividad, y supongo que por eso se hicieron peluqueros. Pero su cara de peine de carey no refleja eso.

Me pide que me quite las gafas, y es entonces cuando entro en la habitación llena de niebla y humo que es la miopía. Mi cabeza es un borrón y todo lo que me hace es una mancha de Rorschach en movimiento.

Me mueve la cabeza hacia un lado y otro, me la inclina, me la recoloca. Me hace sentirme como un muñeco de Mari Carmen o Jose Luis moreno.

Tras un buen rato cortando de aquí y allí, me pregunta que cómo me veo. Me pongo las gafas y observo que sentado en mi sitio hay un señor de 38 años que trabaja en Correos de 9 a 14:00 y de 16: a 20:00. Con un hijo y felizmente casado. No soy yo.

No se si ha visto mi mueca al ver ese repeinado voluminoso tipo cespino que me ha hecho, pero creo no se ha fijado que entré siendo un chico modernete con camiseta, y moño samurai, y que quizás, ese no es mi estilo.

Le pido un poco más corto, menos volumen, más…pero desisto. Yo quería que fuera ella quien lo decidiese y me asesorara, así que termino diciendo que ella sabrá mejor que yo lo que me hace más guapo y mejor. Sucumbo a la tentación de los débiles de decir a todo que si.

Me quito las gafas rápidamente para volver a no ver nada, huyendo de la realidad antes de enfrentarme a ella. Ella sigue cortando, repeinando, hasta que llega el mejor momento del corte, cuando usa la navaja para pasármela por el cuello. Me encanta esa sensación y disfruto imaginando que ella es el Drácula de Coppola y yo un ingenuo Jonathan Harker.

Secador, gomina y cepillo de crin de caballo por toda la cara para limpiármela de pelos. Retira la lycra que me protegía el cuerpo y me confirma que ha terminado. Me pongo las gafas y me observo furtivamente en el espejo. El señor de 38 años sigue ahí.

Acto final: El desenlace

Me pregunta que tal. Miento y digo que bien, forzando una sonrisa, que probablemente me haga pedir cita para el maxilofacial.

Son 14,50. Me mata.

Claro, si me has incluído tres masajes de cabeza con lavado, y el repeinado con tres gotas de gomina, y todo sin preguntarme si lo quería, lógico que me cobres eso.

Pero es que además, cuando a uno le cortan el pelo, le quedan pelos sueltos por ahí, y tendría que lavarme la cabeza otra vez para limpiarlos, así que me has peinado para nada.

He pagado por servicios que no quería para un resultado que no quería.

Y así acaba mi triste historia. Lejos quedan los felices días en los que iba a aquella peluquería de caballeros y simplemente me cortaban el pelo como el que esquila a una oveja.

Espero que en los próximos días, el señor de 38 años que me acompañó desde la peluquería se vaya de mi casa, me empieza a incomodar.