Día Cero

Cómo (no) asistí al aniversario de exequias de mi abuelo.

La mañana empezó como cualquier otra. Me desperté de un delicioso sueño, me corte seis veces al afeitarme mi barba de tres días, desayuné en diez minutos, sufrí un poco en el tráfico… Todo coditiano en mi vida cotidiana.

Dejemos correr el tiempo hasta la hora de comer. A esa hora me enteré de que, hoy, cumplía mi abuelo, el padre de mi padre, 15 años muerto.

Me sentí extraño. Nunca llegué a conocerlo. Las fotos que he visto lo muestran serio, distante.

En ocasiones, mis tías-abuelas — y mi padre algunas veces — elogian sus virtudes. Me hablan de él como si fuera protagonista de una epopeya, que sacrificó todo por el bienestar, el porvenir y el futuro de su raza, que gracias a su inteligencia y su habilidad nata para hacer negocios logró amasar una fortuna, que sin estudios y sin blasones se codeaba con los ricos de abolengo… una verdadera figura idealizada.

Otras veces, más bien parece el antagonista de cualquier historia. Descrito como un hombre disoluto y de mente cerrada, mi abuelo es recordado por mis tíos — y en momentos mi padre — por su falta de cabales y sus graves problemas de ira y manejo de emociones. No son pocas las historias de mi abuelo cometiendo imprudencias por culpa de su temperamento.

La perspectiva de mi padre me parece la más objetiva. Siempre es consistente con su opinión de mi abuelo. Un hombre duro, recto y estricto. Tenía como afición la caza y el cognac (me heredó a mi, su primer nieto, rifles y alcoholismo). Se disfrutaba su compañía en una charla. Era buen peleador, su izquierdazo era una leyenda en su natal San Miguel el Alto, alguna vez tumbó a quince borrachos en una riña. Estaba chapado a la antigua, y sufrió de constantes abusos y maltratos de mi bisabuelo. Generoso. Iracundo. Impulsivo. Su mayor vicio — el alcohol — lo llevó a la tumba.

No había pensado en el por mucho tiempo. Nunca me he imaginado a él dentro de mi vida. Hoy quise acercarme a él, a su historia, a su legado. Me decidí por honrar su memoria.

Pero, ¡oh sorpresa!

No estaba invitado. Mis consanguíneos no querían mi prescencia.

Increíble cómo me negaron la entrada a algo tan banal como el quinceavo aniversario de la muerte de mi propio abuelo.

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