Día Cuarenta y Cinco

Confinarse en los libros.

Carlo B. está sentado frente a mí, con la mirada perdida en el infinito. Su alma regresa a su cuerpo súbitamente.

— Sin comentarios.

— No eres precisamente un hablador, Carlo — dije — . Pero me agrada conversar contigo.

— Tu sabes que es mutuo el sentimiento. Te tengo estima. Y, de vez en cuando, dices cosas inteligentes, para variar; esos momentos hacen que nuestra amistad valga la pena — dice Carlo. Intenta esbozar una mueca graciosa para hacerme entender que está bromeando.

— Ja, ja, ja. Dejando de lado la anécdota de aquella vez que mi hermano y yo robamos alcohol y destilados varios de condominios de lujo a la orilla del mar, voy a contarte una historia.

— ¿Involucra bares de mala muerte y peleas con hombres ebrios?

— No. Es una historia de aquellas, una verdadera lección de vida.

— Intrigante.

— Todo comenzó hace un mes. Me encuentro registrado en una página web de freelancing y de vez en cuando consigo un billullo extra redactando textos y haciendo ghostwriting. Un sujeto me contactó y me pidió una cita en persona. Normalmente lo hubiera mandado al carajo; si por algo me hice freelance fue para no tener contacto con gente insulsa y odiosa. Pero ofrecían buena pasta. Y, si se trata de mucho dinero, por regla general, es un trabajo grande, y muy específico. Una obra completa, quizás. Nos vimos en este mismo café, en esta misma mesa…

— ¿Por qué aquí?

— El sujeto me dio a elegir. Y me gusta el café de aquí.

— Oh. Continúa — dijo Carlo.

— Mi empleador era Wilhelm Callahan, un millonario cuya salud decaía rápidamente. Callahan envió a su asistente a reunirse conmigo. Miranda, la asistente, me explicó la situación: el Sr. Callahan tenía poco tiempo de vida, y quería una autobiografía. Cabe en mención que los médicos diéronle un mes de vida, a lo sumo, y que Callahan sufría de demencia senil. Muchos freelance y escritores rechazaron el trabajo por esas complicaciones. De suma urgencia, me dijo, redactar la autobiografía, ya que el Sr. Callahan quiere leerla.

— ¿No te olió a gato encerrado?

— Sí. Digo, si el sujeto sufría demencia senil, ¿por qué rayos molestarse en cumplir su último deseo? Además, un mes es muy poco tiempo.

— ¿Qué te convenció, entonces?

— El reto — contesté con una sonrisa — . Es un reto esclarecer la vida de una persona, más aún dilucidar la de un vejete senil. Además, mis honorarios serían generosos.

El mesero irrumpió en la mesa para entregarnos nuestras bebidas. Una pareja ocupó la mesa contigua. Comentaban acerca de la calidad del café, su sabor robusto y penetrante. Se veían felices.

— ¿Y luego?

— Después de establecer mi comisión con Miranda y que me pagara un enganche se fue ella, sin despedirse. Visité a Wilhelm Callahan al día siguiente, en el 1587 de la avenida Queensland. Su mansión era imponente, ciertamente se trataba de un sujeto acaudalado, mas sobria, nada de elementos decorativos. Todas las entrevistas con Callahan se efectuaron en su alcoba debido a su estado de salud, entubado y limitado por las esquinas de su colchón. Llevaba tiempo sin levantarse de su cama, se notaba debido a su forma física. Hombre rollizo, tenía una triple papada y manos enormes, con uñas largas como las de una fiera salvaje.

— ¿Era gordo redondo o gordo Jabba The Hutt?

— Mmm… Yo diría gordo al estilo de Jabba. Hablaba ronco, su voz era cavernosa y no se le entendía nada. Fue difícil, más de lo que pensaba. Callahan podía pasar horas sin abordar el tren del pensamiento, como en condición vegetativa; otras se ponía a balbucear, no le conectaban los sesos con la lengua. Pero había ocasiones, Carlo, en las que el cerebro de Callahan carburaba correctamente, y esas ocasiones hacían valer la pena mi tiempo. El Callahan lúcido era fascinante. Hombre culto, como tú. Durante los interludios de pensamiento coherente tuvimos buenas conversaciones. Me recordaba a mi abuelo, ¿sabes? Franco pero no tosco al hablar y chapado a la antigua.

Carlo tenía esa mirada. Con sus ojos negros, como de venado, parece que está observando a su interlocutor, y a su vez alerta, en busca de señales de peligro o depredadores. Hice una pausa para confirmar que seguía el hilo de la historia.

— Todavía no llego a lo bueno de la historia — aclaré — . Apenas comienza.

— Okay… Y supongo que Callahan tuvo una vida alocada o memorable de la que vale la pena escribir, o al menos fácil de exprimirle jugo para una biografía — dijo Carlo.

— No. Cuando tuvimos la entrevista más larga, dos horas en las que no se desconectó de la realidad, me enteré de dos cosas. Uno: tuvo la vida más aburrida de la historia. Proveniente de una familia de clase media, trabajó arduamente en una empresa, ascendiendo por los escalones hasta llegar a la cima. Nunca viajó, nunca salió siquiera de la ciudad. No tenía amigos, reñía con algunos parientes, sus primos. Se pasó la vida leyendo novelas.

— ¿Consideras que fue tiempo mal invertido?

— Sí. Hay experiencias igual o más enriquecedoras acá afuera, en el mundo real. No puedes confinarte en los libros.

Nuestros vecinos de mesa subieron su tono de voz. Discutían. No supe de qué, debió de ser algo importante porque la mujer azotó su puño contra la mesa. El hombre trataba de calmarla.

Dos: no sabía nada acerca de la biografía — continué — . Las biografías son para gente ilustrada que dejó gran huella, no la merezco, me dijo. Callahan no pidió que lo entrevistaran, no quería una biografía.

— Ya veo…

Probablemente el vejete no se acuerda de eso; no lo puedo tomar en serio, pensé. Pero, ¿y si era cierto? ¿Quién más quisiera un recuento de su aburrida vida, y con qué propósito? Las únicas que tenían contacto con Callahan desde hace tiempo eran las sirvientas y Miranda, según lo que me comentó ésta última. El señor Callahan había estado casado, su esposa murió el verano pasado, y hasta donde sabía no existían herederos. Alguien buscaba conocer algo importante del pasado de Callahan, y era muy flojo como para entrevistarlo él/ella mismo/misma, u operaba desde las sombras y deseaba mantenerlo así. Como fuere, yo estaba haciendo el trabajo sucio.

— Miranda.

— Miranda Carajillo. Asistente de un anciano decrépito. ¿Para qué carajos ocuparía un asistente el señor Callahan, en su estado? Fue hora de investigar: la invité a salir a tomar un trago.

— La emborrachaste… eso es muy bajo, hasta para ti — me dice Carlo. Suelta una risita al final, la imagen de Miranda Carajillo ebria le causa gracia.

— Pude haberle inyectado pentotal sódico, pero la última vez que interrogué a alguien se me pasó la dosis y lo sedé por horas. El alcohol funciona casi igual.

— Brutal. Entonces, rompecorazones, ¿me contarás cómo fue tu cita con Miranda?

— Es irrelevante. Pero te diré algo: esa chica sí que tenía aguante. Casi caigo inconsciente antes de que acabara el interrogatorio.

— ¿Qué averigua…

La pareja de la otra mesa. La mujer le reclamó acerca de su desempleo, le llama vago asqueroso, lo grita a todo pulmón. El hombre no se inmuta. Está acostumbrado a ese tipo de discusiones, el gerente no. Les pide que se calmen o que se larguen; la pareja opta por la primera opción. Ambos suspiran, como niños fastidiados por sus padres. La mujer respira hondo. Inhala. Exhala. Una lágrima cruza a lo largo de la mejilla izquierda de él.

— Averigüé que Miranda creía ser la hija de Callahan. La madre de Miranda era empleada doméstica de los Callahan, en su lecho de muerte le narró a su hija toda una historia romántica cliché acerca de ella y el señor Callahan. Miranda quería hacerse con los millones, eso pensé.

— Oh — murmuró Carlo. Estaría agradecido conmigo por seguir discurriendo con la historia y no comentar acerca de la peleona pareja. Le disgustaba la gente necia e iracunda, que a la menor provocación se descontrola y alza la voz o escupe majaderías. Pero entre la gente que detestaba estaban los indolentes, que despertaban en Carlo un odio profundo.

— Tomé muestras bucales de ambos, para comprobarlo.

— ¡Vaya! Todo un detective saliste.

— Puede que me haya involucrado demasiado.

— Espera. ¿No se necesita sangre para una prueba de paternidad?

— Nop. Se ocupan células bucales. Es sencillo; tomas un cotonete y raspas en el interior de la boca. Ahora que recuerdo, ya deberían estar listos los resultados. No deben salir a la luz, tengo que hablar al laboratorio.

Callé porque esperaba que Carlo B. me interrumpiera con una pregunta, pero no pronunció palabra.

— Hace cinco días fui a entrevistarme con Wilhelm Callahan, como de costumbre — continué — . Eran las siete de la mañana. Llovía mucho, sin truenos ni relámpagos. Miranda no se encontraba; una sirvienta me escoltó hasta la alcoba. Debí olerme algo cuando no encontré al anciano en su cama, sino sentado en un sofá. Se encontraba fumando un puro que sostenía con elegancia entre sus regordetes índice y pulgar. Observaba las gotas de lluvia impactar la ventana con violencia. Tenía unos ojos que ya había visto antes, esos ojos sin esperanza que temen al descanso sempiterno. ¿Sabes de qué hablo? Cuando ya sientes a La Parca muy próxima. Según mi padre se manifiestan como pasos, escuchas el sonido de pisadas, de ultratumba. Lo llamé por su nombre:


— ¿Señor Callahan?

— Ah, eres tú, muchacho. Ven, siéntate conmigo.

— ¿Qué está pasando? ¿Qué hace fuera de la cama? ¿Qué carajos hace fumando?

— ¿Qué un hombre no puede disfrutar del goce que producen los habanos? Había guardado estos Montecristos para una ocasión especial, pero nunca llegó — dijo Callahan soberbio.

— Deje esas porquerías, Callahan — dije, furioso — . Hace dos días le dio fallo respiratorio, ¿recuerda? Usted necesita el oxígeno y el suero intravenoso para vivir. ¿Qué carajos le pasa?

— Ya. Quiero morir con dignidad. Hace tiempo que vivo solamente por el capricho de una mujer, que me tiene atrapado en esta alcoba cuando mi alma ya podría estar liberada, surcando el firmamento.

— Carajo…

Me senté a lado suyo. Dejé de fumar hace tiempo, pero acepté uno de sus habanos. Le dábamos chupadas en silencio a nuestros respectivos tabacos.

— Me hubiera gustado tener un amigo como usted — dijo después de varios minutos.

— ¿Por qué no hizo uno cuando pudo?

— No sé.

— ¿Por qué se pasó la vida leyendo, señor Callahan? Había un mundo por descubrir que lo estuvo esperando allá afuera, lejos de la dura pasta de los libros.

— No sé. Nunca me armé de valor. Tuve miedo.

El anciano comenzó a llorar. Me dieron ganas de darle un discurso, hablarle con crudeza, sacarlo de ese estado de depresión, mentirle y asegurarle que sobreviviría lo suficiente para viajar y conocer. Pero no fui suficientemente valiente. La cobardía es contagiosa.


— Qué deprimente.

— No te sientas así, Carlo. Wilhelm Callahan admiró las maravillas de Egipto antes de morir.

— ¿Eh?

— Miranda Carajillo. Le mentí. En efecto, le dije, Wilhelm Callahan me confesó que es tu padre, y desea que, antes de nombrarte heredera de sus millones, viajen juntos, en un viaje para recuperar el tiempo perdido e hilar un vínculo de padre e hija. Boba.

— Te equivocaste respecto a Miranda, detective — dijo Carlo — . Ella no quería el dinero del viejo. Si así hubiera sido ella habría hecho una prueba de paternidad, o mejor aún, falsificado un testamento. Ni siquiera se hubiera molestado en prolongarle la vida o en contratar a un imbécil como tú. Miranda Carajillo quería realmente al señor Callahan como a un padre.

Dejamos la historia de Callahan a un lado para hablar de sinsentidos. La pareja peleonera se fue poco después. Hicieron las paces. Se despidieron con un beso vulgar, lleno de pasión, se prometieron nunca volver a pelear.