Día Cuarenta y Dos

Cómo (fingir) ser un crítico de arte.

Era el segundo mes que pretendía ser un crítico de arte cuando sucedió.


Por casualidad, durante uno de mis paseos dominicales a través de las aceras del centro de la ciudad, me topé con la recién inaugurada galería de arte contemporáneo. Un espacio para los neonatos artistas que empezaban a florecer cual botones de magnolias en mayo. El edificio, antigua casona barroca restaurada, lucía una fachada principal decorada con diseños que explotaban sin descanso a los claroscuros. Un magnífico portón enmarcado por pilastras anchas y un dintel coronado por una repisa. Numerosas orlas a lo largo de los muros. En el segundo nivel estaban ubicadas seis ventanas rectangulares con barandales de compleja herrería. El frontón habitado por leones alados de bronce centelleaba vigorosamente. Varias gárgolas apostadas cerca del techo, en espera de las lluvias para echar torrentes de agua a través de sus gargantas. La antigua casona no me llamó la atención por ninguna de las estructuras y decoraciones arquitectónicas, sino por un trozo de papel colgado sobre la puerta que rezaba “WhiskEy GratiS”.

Resulta que “WhiskEy GratiS” era el seudónimo de un artista cuyas obras se exhibían en la galería temporal, según lo que la recepcionista Marta Elena me indicó. Salí. Me olvidé de ella —de la galería de arte contemporáneo, no de la recepcionista. Sus ojos fríos quedaron grabados en mi cerebro.

Fue el miércoles cuando mi amigo Malcolm Quintana me dijo que el periódico local ocupaba reseñas y críticas de las exposiciones temporales. “Necesitan un crítico de arte que escriba palabrejas para hacer publicidad a la galería” me dijo. Malcolm — pariente lejano mío — era un joven arquitecto de profesión, pero tenía una vena de literato que surgió de vez en cuando. Tenía contactos en el hampa editorial, reñía con editores y columnistas de varios periódicos. Me retó a hacer crítica de arte. El periódico me pagaría unos módicos honorarios si se publicaba mi crítica. Malcolm Quintana quería probar un punto: que lo contemporáneo en materia de arte es una mierda y que cualquiera puede ser crítico de arte.

Al día siguiente…

No, no. Dos días después, regresé a la galería de arte. La recepcionista Marta Elena me lanzó una indiferente mirada de soslayo al pagar la entrada — nada de parroquianos aquí. En contraste con la fachada, el interior de la galería era sobrio, solamente un friso blanco adornaba las paredes. Como la mayoría de las casonas barrocas, tenía un zaguán. A diferencia de la mayoría de las casonas barrocas, en el zaguán había una estatua de cinco punto siete metros de altura; su forma era rectangular y tenía cuerpos geométricos incrustados a lo largo de la base. La planta baja la ocupaba la galería temporal y la alta las piezas de la colección. Con libreta y pluma en mano, con la mente en blanco, estaba listo para la apreciación del arte.

No fue lo que esperaba. La muestra era individual y mostraba los trabajos de Kris Knight, casi en su totalidad retratos de adolescentes, perdidos entre la adultez y la infancia. Las pinturas no eran explícitas ni eróticas en lo absoluto, pero yo sentía una connotación sexual, una intimidad tácita en ellas. Los mancebos tenían las facciones suaves, rozando en lo andrógino.

Fui dos veces al Yūgen — curioso nombre para una galería en casona barroca — para analizar las obras de Knight, la segunda vez evité la cuota con mi nuevo alias, Adán Bruguera: graduado de la Carnegie Mellon, con extensos estudios de hermenéutica, algunos títulos que lo acreditan como un conocedor de la historia del arte. La farsa funcionó. Me otorgó la recepcionista Marta Elena, a regañadientes, un gafete para entrar las veces que quisiera, libre de costo.

Entonces Adán Bruguera comenzó a escribir la crítica. Y terminó. Adán Bruguera mandó su crítica de arte al periódico. Y fue publicada.

Decidí seguir con esto de la crítica de arte aunque la apuesta con Malcolm Quintana se había terminado. Visitaba cada muestra dos veces, en ocasiones tres. Investigué muchísimo acerca de la historia del arte, las biografías de los virtuosos autores, algunos tecnicismos artísticos. Hasta cambié mi imagen; me dejé un bigote agresivo que Tom Selleck envidiaría y vestí mis atuendos más extravagantes — ya saben, hay que contribuir al cliché del crítico. Me acostumbré a las miradas gélidas de la recepcionista Marta Elena — ¿ella veía a través de mi engaño? — y a las discusiones con alguno de los frecuentes en la galería. Fuera de los curiosos y fisgones que entraban al Yūgen por primera y última vez en su vida, muchos aficionados y artistas locales me acompañaban en mis visitas. La muestra duraba quince días, y cada quince días veía las mismas caras, los habituales; teníamos charlas esporádicas sobre la nueva muestra, el artista, su técnica, su inspiración.

El arte contemporáneo cae en un estereotipo vulgar. Las masas, al oír “arte contemporáneo”, les viene a la mente un trozo de basura, objeto de adulación por parte de los críticos que usan palabras obtusas para darle un significado profundo a un lienzo pintado por un niño de cuatro años. Verdad a medias: por un lado, gracias a los movimientos de contracultura, subjetivismo, relativismo y un mal uso de la hermenéutica se conciben en úteros íntegras aberraciones, como si no se molestaran los artistas en esforzarse por superar a los grandes de todos los tiempos y contribuir al legado artístico. Al contrario, bajo mi opinión, se están empeñando en manchar el arte, jugarle una broma. Y usted, querido lector, será juez y verdugo cuando visite algún museo de arte contemporáneo. Habrá piezas — porquerías — que no despierten su lívido, pero lleven a interrogantes. ¿Esto es arte? ¿Es una broma? Tiene que ser una broma. ¿Es una sátira a la vida real, quizás al buen gusto? ¿Quién carajos decidió exhibir esto en un museo? Por otro lado, existen los que yo considero “verdaderos” artistas, heterodoxos, ingeniosos, que no ocupan sinsentidos y pseudo análisis para darle razón a sus obras. Hablan por sí mismas. Las muestras de Kris Knight, Hsiao Ron Cheng, Marcel Dzama, Jessie Makinson, entre muchos otros, son arte “verdadero”, fascinante, lleno de ingenio, cautivador.


Han pasado dos meses desde que Malcolm me habló sobre escribir crítica artística. Han publicado mis cuatro escritos que ilustran las cuatro muestras individuales de cuatro artistas extranjeros. Es la onceaba vez que visito el Yūgen.

Algo no está bien.

La recepcionista Marta Elena esboza una sonrisa. Siempre me había observado con desprecio, hasta ese momento. Al cruzar el zaguán unos aficionados me saludan por mi alias. Buenas tardes, señor Bruguera. Espero discutir más tarde sobre la nueva muestra. ¡Adán! No hemos acabado de discurrir acerca del arte político. Te busco al rato. La galería está a reventar — bueno, ni cerca — pero perciben mis sentidos que no estoy solo. Entonces, lo veo. Un auténtico crítico de arte.

El sujeto estaba taciturno, apreciando un ensamblaje de Tyrrell Winston. Se trataba de colillas de cigarro en un fondo verde, puntos para Winston por originalidad e ingenio. Sus gafas de lectura con montura estilo aviador refractaban la luz. Si no hubiera sido por su gafete, igual al mío, colgando de su pantalón, hubiéselo confundido con un visitante cualquiera, con su chaqueta de aviador amarillo patito y sus botas de cuero morado fluorescente. Me aposté a una distancia prudente, para observarlo. Qué curioso, pensé, me hice pasar por uno y ahora me encuentro con uno real.

— Vaya que curioso, ¿no le parece? — preguntó el crítico al aire, como si leyera mis pensamientos, sin despegar su vista de las colillas.

— ¿Perdón?

— Dos graduados de la Carnegie Mellon, en la misma galería. Una imposible coincidencia.

— Vaya que sí. Y, usted es…

— Abelardo Barvier. Tenemos un amigo mutuo, Malcolm Quintana.

— Ya veo — dije entre suspiros. Maldito Malcolm. Sabía que seguí frecuentando la galería, y decidió ponerme otro desafío…

— Perdone si no le doy la cara, pero me encuentro ensimismado, descifrando esta pieza… Perdone mi atrevimiento, pero me gustaría saber que ve usted, aquí, en este ensamblaje — dijo Barvier.

Pura paja tu “perdone mi atrevimiento”, sabes de mi teatrito y quieres desmontarlo, pensé. Era la oportunidad para probarme como falso erudito del arte.

— Conozco algo acerca del señor Winston — dije de manera casual — . Vive en Brooklyn, en un vecindario acechado por la violencia y las drogas. Allí mismo tiene su estudio. Visita los cestos de basura ajenos para conseguir material para sus obras. Los objetos más vulgares, grotescos, corrientes, no-artísticos en lo absoluto, son su materia prima.

— Buen contexto, señor Bruguera. Ingenioso, ¿no cree usted? “La basura de un hombre es el tesoro de otro”, ya lo habían dicho. Arte ecológico, ¿quizás? No, no. Para nada. Y entonces…

— Quiero deducir que el fondo prásino podría representar la terra mater, contaminada por los vicios del hombre, las colillas, o no. El verde pudiese simbolizar la marihuana sintética K2, que hace un tiempo causó la sobredosis de treinta y tres jóvenes en su vecindario, desplazando a la cannabis convencional, las colillas, o no. Sea el caso, es hermoso por la simplicidad íntegra. Es historia humana, sociología artística. Engañosamente cautivador.

— El arte está abierto a cualquier interpretación — dijo Abelardo Bravier, soltando un suspiro. El tufo que manaba me era familiar. Me acerqué para susurrarle al oído.

— ¿Acaso está drogado, Bravier?

— Completamente — respondió tranquilamente — . Sé que usted no es un crítico real — dijo ahora en voz baja.

— ¿Qué me delató?

— No que, sino quién. Si no fuese por el comentario que hizo la señora Marta Elena acerca de usted, yo lo hubiera tomado como auténtico.

— Caray. Supongo que no volveré al Yūgen en un tiempo.

— Supone mal. Ni Marta Elena ni yo queremos sacar a la luz su fraude. Marta Elena no le quitará su gafete, señor Bruguera, mientras pague la cuota, como todos los visitantes normales. Sospecho que se quiere llenar los bolsillos con su dinero, ya que no avisó a la gerencia. En cuanto a mí, no se preocupe. Me da lo mismo si sigue pretendiendo. Al contrario, me parece fascinante.

— No pienso darle un centavo a la recepcionista Marta Elena. Prefiero no volver, o venir como un aficionado más.

— Como prefiera. Por si no volvemos a coincidir aquí, tenga mi número.

Dejó de encarar la obra. Le vi el rostro. Ojeroso, menudo, con labios resecos y morados. Me hizo pensar en un adicto a la heroína. Tenía el cabello corto, posiblemente se afeitó hace poco y le estaba creciendo de nuevo. Me sonrió, mostrando blancas y centelleantes.

— Por si gusta tomarse un café, algún día.


Ese día no ha llegado, aún. La infame recepcionista Marta Elena se esfumó y no la he vuelto a ver. Sigo visitando la galería con la esperanza de encontrarla en su pequeño escritorio, y así preguntarle qué fue lo que me delató.