Día Sesenta

La muerte de otro año.

Muerte. El fin.

La medianoche. Momento excelente para abandonar el bar en el que bebiste media botella de whisky — botella de cortesía, por tu cumpleaños —, e ir a aquel club nocturno en el cual todos tus camaradas te esperan, listos para celebrar un año menos de vida para ti. Es el momento para asaltar la alacena, un botín de palomitas y frituras. Es un instante corto, te golpea como una almádena al impactar una roca monumental. Caes en cuenta que llevas más de ocho horas en Netflix, viendo la serie de BoJack Horseman de principio a fin. Quizás te identificas con él, quien sabe.

Pero quiero mencionar una medianoche muy especial. La de hoy.

Nochevieja.

La medianoche de la Nochevieja es para comer uvas, comer un plato de lentejas, usar ropa interior roja, vestir de blanco, esparcir flores, romper platos en la entrada de tu odioso vecino, quemar trozos de papel con deseos escritos en ellos. Es para besar a tu platónico/platónica, utilizando de pretexto la última campanada. Es para prometer cosas que no cumplirás. Para pronunciar las jaculatorias: “Nuevo Año, Nuevo Yo”; “Me pondré en forma”; “Comeré más sano”; “Dejaré *inserte un vicio/adicción aquí*”… todo esto, seguramente, con las mejores intenciones.

Hoy muere otro año.

Y con él una parte de todos nosotros. Ya sea en sentido figurado o en sentido literal, algo murió dentro o fuera de nosotros. Podemos hablar de las millones de células que perecen anualmente en nosotros, cual hojas en un bosque caducifolio; o podemos hablar de los amigos que perdimos, los noviazgos que terminamos, etcétera.

Más que para celebrar — y aunque sea nostálgico y pesimista — la Nochevieja debería de ser para luto. Nada de fiesta, nada de cena con familiares y amigos, nada de ir a hincharse en alcohol o la droga de tu preferencia. Es noche solemne. Dejaremos todo un año atrás, lo enterraremos en el neocórtex, con esperanzas de nunca volverlo a ver…

Aunque muchos de nosotros somos asalta tumbas, y recurrimos a nuestros recuerdos cuando no deberíamos, justamente para revivir los momentos, buenos o malos.

En fin, no hay nada que festejar en Nochevieja…

Ya tendremos la madrugada del Año Nuevo para celebrar el porvenir. Para hacer promesas, y cumplirlas. Un Año Nuevo para vivir, mentir, embriagarse con drogas que no son drogas… y aquellas que sí lo son.

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