Día Veintiséis

Margotte/Luz Verde

Mientras camino por las calles de la colonia Margotte, que hace décadas era hogar de las mujeres pomposas, los hombres de dinero, las damas de alcurnia, los caballeros de abolengo, unos pocos poetas sin fama, varios pintores de época; en fin, la gente de clase y cultura, me inunda una nostalgia. Las construcciones ostentosas con imponentes fachadas de varios metros de altura evocan a tiempos distintos, traen a la memoria una época en la que estos barrios encerraban luz y vida. Hace poco más de sesenta años Margotte era sinónimo de provenir de una familia acaudalada y tener un apellido francés.

Ahora, si bien no tengo ni los doblones ni los blasones, ya no es requisito para habitar o transitar por estas cuadras. Hace tiempo que la oligarquía huyó de Margotte.

Mi “expedición” a las ruinas de la ciudad de los ricos, el barrio francés o simplemente Margotte, tenía como objetivo inspeccionar un inmueble. Lo gané en un juego de Omaha, a un pobre diablo cuya tatarabuela fue la mismísima Margotte Archambault, antigua dueña de las calles por las que transito. Para su mala fortuna, su tataranieto y yo coincidimos en el mismo casino, en la misma mesa, y en la misma partida no-limit. Si bien no me embolsé toda la herencia, un apartamento de doce pisos no es cosa despreciable.

No me dí cuenta de haber llegado a Margotte hasta que topé con un semáforo descompuesto, un bucle infinito de luz roja parpadeante. Volví a mis sentidos. Probablemente mi auto era el primero que circulaba en mucho tiempo; las marcas del polvo que curbía el asfalto eran prueba de ello. Los únicos traseúntes de las aceras, las cuales estaban llenas de suciedad y basura, eran perros callejeros, flacos hasta los huesos y más que de pelaje parecían recubiertos por cuero viejo y desgastado. Me estacioné a un par de cuadras de mi destino, para deambular un poco. Un perro se detuvo a olfatearme, me miró con sus ojos amarillos, levantó las orejas en señal de alerta, se olisqueó el trasero y siguió su camino.

Margotte sufrió una invasión muchos años atrás. Todo comenzó cuando una temporada de bonanza sacudió al país. La periferia de la colonia se empezó a fraccionar, se construyeron casas baratas, sencillas, humildes. Los invasores provenían de la capital, trabajadores de clase media en búsqueda de una menos ajetreada. La provincia sin bullicio que había sido atractiva para los ricos deseosos de un estilo de vida menos acelerado llegaba a su fin. Entre los soldados de la clase trabajadora emergieron huestes demoníacas: les nouveaux riches. Las murallas de Margotte no pudieron mantener a raya a las hordas invasoras, ya que los nuevos ricos igualaban en poder adquisitivo a los nativos. El éxodo de la xenófoba y clasista élite fue inevitable, paulatinamente abandonaron la colonia.

El barrio lleva más de veinte años abandonado, sin embargo no ha menguado su belleza. Los remates de las fachadas, al estilo art decó, centellean débilmente la luz del sol, gracias a la lluvia ácida que su brillo ha corroído. Las ventanas con diseños geométricos, que representan elementos fitomorfos, ahora se encuentran rotas, pero con un poco de imaginación puedo recrear su estado original, al menos en mi mente. Los sensibles colores rosa, cadmio, cobalto violeta y verde esmeralda están marchitos sobre las paredes de las mansiones, pero con una lavada y sacudida de polvo relucirían de nuevo. Las columnas de una vieja biblioteca, con capiteles escalonados de cromo, sostienen el techo derrumbado donde antes se resguardaban del clima los anales del saber y la literatura. No hay palabras para el sentimiento que me producen los escombros de Margotte. O quizás las hay, nunca he aprendido a expresarme como me gustaría.

Llegué a mi destino. Ni un alma en todo el trayecto. Antes que vender sus propiedades a la siguiente generación de habitantes del barrio, o coexistir con sus nuevos vecinos, los ricos de abolengo prefirieron abandonar sus mansiones y desmantelar lo que se podía, dejando atrás construcciones de lujo en cuasi ruinas.

Beauchene”. Mi nuevo inmueble. Bautizado con el apellido de los dueños originales, el edificio de doce plantas se ergía frene a mí, con una considerable alturra teniendo en cuenta los pocos pisos que eran — ¿quién no quiere vivir a sus anchas? El edificio era una estructura simétrica cercenada a la mitad por los elevadores y escaleras; en su esplendor debió haber sido de un color amarillo claro. La pintura de una dama opulenta y desconocida cubría la pared opuesta a la entrada principal. Los pasillos tenían un tapiz con diseño romboidal en blanco y negro. Era deprimente, colgaban por las paeredes trozos de tapiz gastado, dejando al descubierto imperfecciones producidas por la humedad y el moho. Chequé la primera planta, en busca de indigentes que hubiesen invadido los apartamentos. Vacíos. Llegué después de revisar todos los pisos en busca de inquilinos del lujoso penthouse.

La puerta estaba atrabancada. Busqué entre los escombros del pasillo algo para destrozar la puerta, abrirme paso. Ya oscurecía y ni de chiste esperaría la noche en estas cuadras. Encontré un trozo de viga suficientemente pesado — qué conveniente. Con todas mis fuerzas golpeé la puerta, se rompió como el cascarón de un huevo, astillas por doquier. Ni hablar del estruendo. Di mi primer paso dentro del pent, los trozos de madera crujían debajo de mis botas. Escuché un suspiro nervioso. Quise girar mi cabeza, sentí el frío acero del cañon de una revólver antes de poder hacerlo, una mano huesuda sujetaba mi hombro.

Desafortunadamente para el pistolero, mi memoria muscular entró en acción: con una mano desarmé al individuo y una combinación de movimientos coordinados de mi brazo libre y mi rodilla derecha lo derribaron. Antes de que pudiera incorporarse le patié las costillas. El intruso — en el sentido estricto de la palabra, yo era el intruso que irrumpió — hizo una seña con sus manos, esto para evitar de que empezara la lluvia de golpes. Lo dejé respirar por dos minutos, y luego le dije que se levantara. Se puso de pie y pude verle la cara. Su cabeza perfectamente afeitada tenía una forma redonda que me hizo recordar a los niños con cáncer. No pasaba de los treinta años de edad, pero aparentaba más con su cabeza pelona. Sus ojos parecían observarlo todo, se movían rápido, en busca de información, a la espera de señales de más golpes. Una boca pequeña. Nariz aguileña. Pómulos puntiagudos que acentuaban la delgadez de su cara. Remataba en su rostro una cicatriz a lo largo de su mejilla izquierda, un corte transversal que terminaba en el mentón. Era flacucho, vestía con ropa holgada.

“¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi recinto?”

Agité unos papeles en el aire, el título de propiedad para ser exactos.

Este es mi penthouse, así que esas preguntas van para tí.”

“Ya veo. Perdone mi rudeza, no son pocos los drogadictos violentos que buscan posada en este viejo edificio. Mi nombre es Noel Jauregui, y mi profesión, astrólogo. Este es mi estudio, lugar de invesigaciones.”

¿Por qué no he de sacarte a patadas, o mejor aún, hecho trocitos en una bolsa de basura?” Acto seguido desenfundé mi cuchillo.

“Claro que podrías, tienes el derecho y el poder, pero permíteme enseñarte algo antes. Si todavía quieres sacarme después de mostrártelo, me iré voluntariamente.”

Su acento y su forma de hablar me ponían nervioso. Intentará engatuzarme y después me atacará por la espalda utilizando la oscuridad como ventaja, me dije. Me arriesgaría de todas maneras, tenía su revólver y sabía cómo usarlo. Muy bien, le dije, enséñame, a lo que respondió con señas para seguirlo.

Me llevó a la terraza del pent, y a lado de una piscina seca se hallaba un telescopio de bronce. Parecía antiquísimo y probablemente había pasado por muchas manos, esta hipótesis basada en las marcas de corrosión a lo largo del tubo y de la montura. La curiosidad se apoderó de mí: me acerqué y con presteza ajusté la declinación y la inclinación del aparato, dí una ojeada al ocular. A simple vista — sin instrumentos ópticos que ayuden a percibir con más detalle los objetos del firmamento — se veían unas pocas decenas de estrellas; bajo el lente, se veían cientos. Esferas de hidrógeno, puntos que se unen para formar dibujos de héroes mitológicos y bestias del abismo. Ni siquiera en las fotos del telescopio Hubble he visto tal cantidad de estrellas. En verdad que me quedé sin habla.

Magnífico.”

“Establecí mi observatorio en Margotte debido a una cualidad específica del barrio. Ya que aquí no vive nadie, el gobierno dejó de proveer electricidad para el alumbrado público. Una oscura ventana para osbervar el cosmos. Este pent no es un simple apartamento, es por casualidad el punto más alto de Margotte.”

No tuve comentarios, sus motivos para allanar este edificio eran… nobles. Este sujeto tenía el corazón en el lugar correcto, sólo quería estudiar y contemplar el cielo nocturno y por coincidencia el pent era lugar idóneo. Llegué a pensar que incluso podríamos ser amigos.

Intenta con este ocular, me dijo, en lo que depositó un objeto metálico en mis manos. Enseguida hice intercambio con el ocular anterior y volví a mi puesto de observador. Qué extraño, pensé, no se ve absolutamente nada. Ajusté la inclinación, giré varios grados a la izquierda hasta que avisté un punto. Estrella verde. Taciturna, sobre un fondo negro profundo.

“Ya la encontraste. Tu estrella.”

¿Mi qué?

Noel Jauregui tenía una maliciosa sonrisa en los labios.

“He ahí tu estrella. Eres dueño de ella. Tú la encotraste, ahora te pertenece. Cuida bien de ella.”

Me despedí del astrólogo. Conducí — Escapé de Margotte.


En mis noches de insomnio salgo a mi balcón. Y ella está allí arriba. Nunca hablamos. Yo la miro y ella me mira.

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