Día Veintiuno

Tétrada

PapaJuan
PapaJuan
Feb 23, 2017 · 5 min read

La monogamia tiene unas fundaciones muy extrañas, ¿sabes? Se cree que nuestros ancestros neandertales y demás homínidos disfrutaban de orgías, los hijos eran criados en comunidad, no existía el concepto de pareja. De alguna manera la monogamia es egoísmo y supervivencia: querías que el/la más apta para sobrevivir en el medio fuera la madre/el padre de tu progenie. ‘El más apto’. No existe tal cosa ahora. Hay muchos prospectos. Antaño era simple. El mejor marido era: 1)el más atractivo y/o de mejor aspecto físico, musculatura, etcétera, 2)el mejor en su oficio, dígase pastor/guerrero/cazador. De igual manera, escojer mujer era hazaña sencilla: raptabas o seducías a la más bella o yo qué sé. Pero ahora es diferente. No hay absolutos. Un buen marido puede ser mal padre/confidente/amante. No existe la persona ideal o príncipe azul. Además, ¿quién dice que no puedo tener más de una mujer, y asimismo que mis mujeres no pueden tener otros maridos?”

El discurso de mi amigo había terminado. Vaya, pensé, si que será una cena interesante. E incómoda.


Siendo honesto, yo esperaba que Magno Estoico se casara con su primera y única novia. Cuando lo golpeó la pubertad, Magno — Mags para los amigos — sufrió una tremenda metamorfosis, de ser el grotesco de mi grupo de amigos pasó a convertirse en un tornado sexual y un pícaro sin provecho ni beneficio. En algún punto de su alocada vida sexual debió tocar fondo. Ocurrió su segunda metamorfosis, y esta vez de la crisálida emergió una persona insegura y vacía, necesitada de afecto.

Desde que sales de la universidad hasta que consigues tu primer trabajo real — seamos honestos, trabajar en la empresa de tu padre no es un trabajo real — es un periodo de tiempo muy turbio para los recién graduados. Para Magno, fue terrible. Su madre lo hechó de su casa. Fui el único que lo recibió. Nunca fuimos tan íntimos, pero cuando se mudó conmigo no pudimos evitar hacernos cercanos. Magno se convirtió en uno de mis mejores amigos, y en mi confidente predilecto. Nos conocíamos íntegramente, no teníamos secretos.

Después de vivir conmigo por diez meses, conoció a Sonia Ferrez. Sonia era una verdadera belleza, un modelo 1990. Era la chica ideal de cualquiera. Cuerpo escultural. Ojos azules y risueños. Sonrisa perfecta. Ferviente filántropa. Artista marcial. Rabiosamente antimperialista. Ex-bailarina de ballet. Amante de la música. Viajera frecuente. Políglota… la lista podría continuar. Debo reconocer que sentí algo de envidia hacia mi amigo.

Sonia y Mags eran dependientes. Eran tan cursis y empalagosos que si Sonia no le hubiera exigido a Mags que se cambiara a su depa, yo me mudaba a otro. Pasaban cada minuto de cada día juntos. Debo confesar que me sentí celoso. Sonia me quitó a mi mejor amigo, pero aún así nunca le tuve resentimientos de ninguna clase. Mags era inconmensurablemente feliz, y no merecía menos que eso.

Magno fue empleado después de estar por una multinacional, y lo transfirieron al poco tiempo al extranjero. Perdimos contacto, hasta que regresó al país y me marcó para vernos. Cité a la feliz pareja en el mejor restorán de la ciudad. Pero asistieron cuatro personas a la cena: Magno Estoico, Sonia Ferrez y dos desconocidos.


El silencio era sepulcral. Creí conveniente hacer otra pregunta, para romper el hielo.

“¿Entonces ustedes cuatro son swingers?”

“Esa es una palabra ofensiva. Los swingers son animales promiscuos que se cogen a todo lo que se mueve.”

Esas palabras me dieron gracia, y escupí mi whisky cual caricatura animada. Martín Espinoza era uno de los desconocidos que trajo Magno. Un hombre de pequeña estatura, con una prominente frente que hacía juego con sus cejas pobladas. Hasta ahora no había pronunciado palabra, pero su respuesta me dejo en claro que le provocaban asco los swingers. Y que él había sido uno en el pasado, probablemente.

Preferí dejar el tema de la relación que compartían los cuatro para después. Hablamos de cosas banales: el clima, el fútbol, el trabajo, posiciones sexuales, la decoración del restorán, sobre viejos amigos de la facultad, libros de filosofía, sobre si el cereal era sexy o no, las mejores maneras de cocinar el salmón, acerca de si era más poderoso Hulk que Superman — no llegamos a consenso — , sobre cuál había sido el mejor papel de Brad Pitt, etcétera. Gradualmente el par de desconocidos se fueron integrando a la conversación, y poco a poco desapareció la tensión del nudo en nuestras lenguas hasta ser desatadas. En algún momento hicimos trueque con el mesero: vasos vacíos de destilados misceláneos por tragos de brandy.

Volvió a salir a colación el asunto de su relación como… cuarteto.

Dibujé la sonrisa más sincera que pude.

“Así que, mis viejos amigos, mis nuevos amigos, ustedes comparten un vínculo entre los cuatro. Y se refieren a sí mismos como…”

El par de Martín Espinoza, Hilda Calderón, me respondió con energía que los cuatro eran una Tétrada. Hilda parecía una chica promedio. No pasaba de los veinte años. Tenía una cara que fácil se olvida, y su participación en la conversación se limitaba a asentir lo que decía Martín Espinoza. A veces, parecía que iba a hablar y aportar algo interesante a la plática, pero se quedaba callada, suspirando en las últimas instancias. No recuerdo que Hilda pronunciara cosa alguna en toda la noche, aparte de “Si, claro.”

“Oh, una Tétrada, claro — dije mientras me servía más brandy —y, ¿cómo funciona eso?”

“La explicación es muy larga, ¿sabes? Pero…” — decía Mags antes de ser interrumpido por Sonia.

Creo que eso lo dejamos para después, exclamó Sonia Ferrez mientras le lanzaba una mirada de soslayo a Magno.

“¡Ja! Yo te lo puedo explicar corto. La misma relación que tienes con tu novia, pero con otras tres personas.” vociferó Martín Espinoza.

Los cuatro soltamos una risa nerviosa. Estaba claro que Sonia no se sentía cómoda hablando de su relación.

La cena había terminado, pero la noche aún era joven, así que nos fuimos a seguir la borrachera a un bar.

Por azares del destino, llegamos antes que los demás Magno y yo — los demás se habían atorado en el tráfico o yo que sé. Pedí una botella de brandy para ambos. Al fin podía tener a mi amigo sin la correa de sus mujeres…y su hombre.

“Así que, Magno, ¿ustedes cuatro son bisexuales?”

“¡Claro que no! Martín y yo somos muy buenos amigos… o algo así. Voy a sonar hipócrita, sobre todo después del discursito que di en la cena pero…Te seré honesto, nunca me he sentido cómodo con aquellos dos. Digo, les tengo confianza, sé que aman a Sonia tanto como yo… Pero no me acostumbro. Había empezado como un jueguito entre todos, pero Sonia está en serio… Ya anda planeando una boda, hermano.”

Tal y como lo dijo alguna vez Guillermo Fadanelli, el brandy te suelta la lengua, tarde o temprano. Magno había sucumbido al alcohol y no podía mentirme o mantener la compostura.

“Y…¿Tú cómo te sientes hombre?”

No pudo contestarme. Sonia había llegado. Hizo el molesto cliché de taparle los ojos y susurrarle algo al oído. El resto de la noche no vale la pena contarlo…

Desafortunadamente para Mags, el poliamor no es para él.

PapaJuan

PapaJuan

Perdóname si no te sigo, pero me aburre caminar.

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